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INVESTIDURA DE PODER NO GARANTIZA MADUREZ Y PUEDE ACABAR EN ESTANCAMIENTO Y CEGUERA, Sebastián Liendo

 




AVANZANDO HACIA EL 2026

El transcurso del tiempo, por sí solo, no garantiza la madurez; sin la muerte al yo, el individuo simplemente envejece sin experimentar una transformación real. La narrativa de Sansón es una ilustración gráfica de este peligro: un hombre con investidura espiritual que termina en la ceguera, caminando en círculos y agotándose en una labor que no produce avance alguno. El deseo para este tiempo es la apertura de los ojos del entendimiento para abandonar la circularidad del esfuerzo humano (la "Rotonda del Activismo", ver "FINIS-TERRE AL BORDE DEL JORDÁN") y hallar reposo en el yugo ligero de Cristo.

Al reflexionar sobre el cierre del periodo anterior y el inicio del presente, es imperativo distinguir entre la palabra que se recibe como "semilla" para otros y aquella que constituye el "pan" para el sustento propio. En el análisis del relato de los diez leprosos, se observa que la sanidad se manifestó de manera progresiva mientras ellos obedecían la orden de marchar. Al inicio, su apariencia externa permanecía inalterada, pero al creer en la palabra pronunciada por Cristo, la regeneración comenzó a operar. Esto subraya la importancia de comprender la obra consumada de Cristo; es una realidad eterna que se despliega estación tras estación. De la misma manera que el pueblo de Israel avanzaba conforme al movimiento de la nube, descubriendo en cada nueva etapa la impureza de su estado anterior, nosotros transitamos de gloria en gloria a través de procesos de formación espiritual.

En este 2026, debemos comprender que el cambio de año no posee la facultad de purificarnos; solo la Palabra de Dios encarnada en Jesucristo tiene ese poder. Para quienes aún luchan con los vestigios de la vieja naturaleza y enfrentan la condenación, es vital recordar que la plenitud no depende de la percepción personal, sino de la declaración divina. Todo proceso de restauración se activa en el acto de "ir". Bajo esta premisa, la historia de José se presenta como una tipología de la gracia y la administración fiel.

Es pertinente recordar la instrucción divina respecto a la edificación del altar: este debía carecer de ornamentos humanos. En el momento de la liberación, lo único que debe prevalecer es el Cordero sacrificado. A menudo, el ser humano intenta embellecer el Evangelio con añadiduras culturales o preferencias personales, pero la cruz es una realidad cruda e inalterable que no admite competencia. Como afirma el apóstol Pablo, la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los salvos es poder de Dios. En este poder se encapsula la victoria sobre cualquier crisis, sea económica, política o personal.

José, el hijo predilecto, recibió una revelación a través de sueños que anticipaban su destino de gobierno. No obstante, Dios le mostró el fin del propósito, mas no la severidad del proceso. La semilla de la Palabra requiere ser quebrantada para germinar. José fue víctima de la envidia de sus hermanos, quienes no odiaban al hombre, sino a la simiente y la revelación que portaba. Esta ha sido la batalla constante desde el Edén: una guerra contra la herencia espiritual que ha de prevalecer.

El camino de José hacia Egipto comenzó en Dotán, un punto de inflexión donde la traición de los cercanos y el silencio de Dios parecieron contradecir la promesa. En la cisterna de Dotán, José fue despojado de su túnica, símbolo de identidad y favor paterno. El mundo siempre intentará atacar la identidad del creyente, buscando arrebatar la investidura externa; sin embargo, aunque puedan quitarse los bienes materiales o el reconocimiento social, el Cristo eterno formado en el interior es inalienable. A pesar de la soledad y la injusticia, la Escritura enfatiza una verdad absoluta: "Yahweh estaba con José".

La prosperidad de José no se manifestó inicialmente en la libertad, sino en su capacidad de ser fiel como esclavo y como prisionero. Sin poseer recursos propios ni reconocimiento, su administración causaba que todo su entorno prosperara. Esta es la verdadera prosperidad: el carácter de Cristo expresado en nosotros a través de la formación de sus atributos.

José entendió los secretos de Dios en la oscuridad de la cárcel, demostrando que la plenitud del Espíritu no depende de las circunstancias externas.

Finalmente, el acto de comer el Cordero en la Pascua simboliza la participación en la muerte de Cristo para acceder a su vida. La instrucción de comerlo con los lomos ceñidos y calzado en los pies representa una disposición inmediata al éxodo; es el abandono definitivo de la vieja creación. El desierto es el escenario donde Egipto debe ser erradicado del corazón, siendo la sepultura necesaria antes de ingresar a la Tierra Prometida, donde la provisión no es una demanda, sino una realidad completa en Cristo. Correr la carrera propuesta implica un despojo continuo del viejo hombre para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra realidad presente.


SEBASTIAN LIENDO

[Gentileza de E. Josué Zambrano Tapias]

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