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DIOS SE GLORIFICA EN NUESTRAS AFLICCIONES, Octavius Winslow

 



Por: 

Octavius Winslow (1 de agosto de 1808 – 5 de marzo de 1878)

"Glorificad por esto al Señor en los valles; en las orillas del mar sea nombrado el Señor Dios de Israel". Isaías 24:15

Grande es la gloria traída a nuestro Dios encarnado mediante las aflicciones santificadas de sus santos. Cuán profundas son estas a menudo, y muchos las atestiguan. Y, sin embargo, cuanto más profunda es la aflicción, más profunda es la gloria.


He aquí la gloria traída a Dios por Daniel en el foso de los leones, por Sadrac, Mesac y Abed-Nego en el horno de fuego, y por Pablo y Silas en la prisión. ¿Y cuál es su historia, sino un ejemplo de todos los miembros afligidos de la familia de Dios?


El Señor será glorificado en Su pueblo. Por lo tanto, Él los aflige, los prueba y los disciplina. «El Señor prueba al justo» (Sal. 11: 5). Él tiene su foso, su prisión y su horno. Él tiene su propio modo y su manera designada de demostrar su obra en sus corazones; y, ya sea en el foso de los leones, la prisión, o el horno, Él es glorificado en ellos.


Cristo puede cerrar la boca del león, puede atemperar la llama devoradora y puede destrabar las puertas de la prisión, ¡cuán glorioso se muestra de esta manera su poder! Señalar la voluntad resignada, el espíritu sometido, la sumisión quieta, la conformidad alegre en la aflicción más profunda, ¡cuán gloriosa se muestra de esta manera su gracia! Contemplar la fuerza diaria impartida, las preciosas promesas aplicadas, las reconfortantes consolaciones experimentadas, ¡cuán glorioso se muestra de esta manera su amor! Ver la paja esparcida, la escoria consumida y el espíritu en perfecta armonía con la voluntad de Dios, para decir con David: «Como un niño destetado está mi alma» (Sal. 131: 2), ¡cuán gloriosa se muestra de esta manera su sabiduría! ¡Oh, si estas son las bendiciones que florecen mediante la vara, entonces bienvenida sea la vara!


¡Si esta es la gloria traída al nombre de Jesús por un proceso de aflicción santificada, entonces bienvenida sea la aflicción! Solo procuren que Él sea verdaderamente glorificado en ustedes por la aflicción. Procuren que Él sea glorificado mientras se encuentran en el horno, mediante sus gracias pasivas; procuren que Él sea glorificado cuando hayan salido del horno, mediante sus gracias activas.

 «Cuando me haya probado, saldré como el oro» (Job 23: 10).


(Gentiliza de E. Josué Zambrano Tapias)

OCTAVIUS WINSLOW, Biografía



Octavius Winslow - Wikipedia


Octavius Winslow, también conocido como “El compañero del peregrino”, se destacó como uno de los predicadores más importantes del siglo XIX en Inglaterra y América. Fue ministro Bautista durante la mayor parte de su vida, contemporáneo de Charles Spurgeon y J. C. Ryle. Sus obras se centraron en mostrar a Cristo con pasión, en un sentido práctico y excelencia.

Sus escritos son ricamente devocionales y calientan el alma e inflaman el corazón con amor sincero, en reverencia y alabanza a Cristo.


Vida familiar:
Octavius fue descendiente directo de John Winslow y de Mary Chilton quienes le hicieron frente al Atlántico para viajar a América en el Mayflower en 1620. La historia cuenta que Mary fue la primera mujer del pequeño grupo en poner pie en el Nuevo Mundo. Y en 1624 Mary se casó con John, hermano de Edward Winslow (1595-1655), un célebre líder peregrino.

La madre de Octavius, Mary Forbes (1774-1854) tenía raíces escocesas, pero nació y fue criada en Bermuda y era la única hija del Dr. Robert Forbes. El 6 de septiembre de 1791, cuando apenas tenía 17 años, se casó con el teniente del ejército Thomas Winslow del 47º Regimiento. Poco después de esto, ella llegó a tener convicciones espirituales y fue llevada a la salvación del evangelio mientras suplicaba la promesa, "lo que pidiereis ... lo recibiréis" (Mt. 21:22). El mismo Cristo poderosamente le dijo a su corazón: "¡Yo soy tu salvación!" Y ella fue salva.

Mary y Thomas Winslow pasaron a vivir a Inglaterra y Octavius nació en Pentonville, un pueblo cerca de Londres, el 1 de agosto de 1808. Él era el octavo de 13 hijos. Octavius parece haber recibido su nombre porque él era entonces el octavo hijo sobreviviente.

El padre de Octavius era de una familia adinerada, pero para 1815, después de su retiro del ejército, sufrió de mala salud y la pérdida de su fortuna, debido a uno de varios desastres financieros nacionales que ocurrieron en ese período. Pronto se tomó una decisión en cuanto a trasladarse a Estados Unidos, pero antes de que Mr. Winslow pudiera reunirse con su esposa y sus hijos en New York, murió. Octavius tenía sólo 7 años para ese entonces.

Viuda a los 40 años, responsable de una familia numerosa y apenas establecida en América, la vida de la señora Winslow se vino boca abajo. Lo peor de todo, fue la oscuridad espiritual y desaliento que la abrumaron durante muchos meses. Ellos eran una familia profundamente espiritual y Octavius más tarde escribió un libro sobre sus experiencias desde la perspectiva de su madre en un libro titulado Vida en Jesús (Life in Jesus).

Mary y sus hijos vivieron en la ciudad de Nueva York hasta 1820. Luego, después de una visita de cuatro meses a Inglaterra, se trasladarían a Sing Sing, Nueva York, en el río Hudson, para "cuatro años de descanso agradable". En 1824, regresarían a la ciudad de Nueva York para una temporada de "avivamiento especial", en donde los hermanos de Octavius, Isaac y George se convertirían y más tarde se convencerían del llamado de Dios al ministerio.

Winslow fue salvo bajo el ministerio de Samuel Eastman, pastor de la Iglesia Bautista de Stanton Street (Stanton Street Baptist Church) en la ciudad de Nueva York. El 11 de abril de 1827, un miércoles, Octavius compartió su testimonio y profesó su fe en su Salvador. Más tarde sería bautizado en el río Hudson el 6 de mayo, un Día del Señor, a las 4 p.m.

María más tarde escribiría esto:
"Mis hijos están empeñados de todo corazón en traer a los pecadores en donde el Espíritu Santo está mostrando Su inmenso poder. Visitan de casa en casa, tratando fielmente a todos los que se encuentran que no conocen a Dios".

Educación y ministerio en América:
Se sugiere que Winslow comenzó su formación ministerial en Stepney, Londres, pero luego se trasladó a Columbia College, Nueva York. Dos veces se le concedió el privilegio de recibir títulos honoríficos. La primera fue una Maestría en Artes (M. A.) en la Universidad de la Ciudad de New York (NYU) en 1836. En segundo lugar, en 1851, Columbia College en la ciudad de Nueva York se le confirió el grado honorario de Doctor en Divinidades (D. D.). El segundo grado le fue dado principalmente debido al cuerpo y el alcance de sus trabajos escritos. La ordenación oficial de Winslow sería más tarde el 21 de julio de 1833 en la Iglesia Bautista de Oliver Street.

Después de completar un corto servicio como moderador en una iglesia de Stanton Street, fue desestimado el 18 de mayo de 1831, entonces procedió a fundar o "plantar" la Iglesia Bautista de los 20 Miembros que se organizó en marzo de 1833 y se reunió en Military Hall en Bowery. Después de reunirse en este lugar durante un año, se trasladaron a Broadway Hall y renombraron la Iglesia como Iglesia Bautista Central (Central Baptist Church). Estos años traerían a la iglesia un "grado moderado de prosperidad" y le traerían pruebas de depresión a Winslow.

Cuando Winslow dejó más tarde este rebaño, no habría registros escritos de por qué se fue.Se dice que ministró en la recién inaugurada Segunda Iglesia Bautista (Second Baptist Church) en Brooklyn en la esquina de las calles Tillary y Lawrence en 1836 y 1837, la obra tristemente se cerró en 1838 y la iglesia fue vendida a la congregación Presbiteriana Libre (Free Presbyterian). En 1839 volvió a Inglaterra donde se convirtió en uno de los ministros más valiosos de su tiempo. Esto se debió en gran parte a la seriedad de su predicación y a la excelencia de sus prolíficos escritos.

Matrimonio e Hijos:
El 2 de abril de 1834, Winslow se casó con la señorita Hannah Ann Ring, única hija de Roland Z. Ring. Ellos tendrían 11 hijos: John Whitmore, (1834 América), Hannah (1835 América), Mary (1837 América), James (1840), Thomas (1842), Emma (1845), Ann Bruce (1846), Sarah Johanna (1848), Octavius Evans (1850), Georgiana Lyndhurst (1853), Lyndhurst (1855).

Su hijo, John Whitmore Winslow, murió en 1856 a la edad de 21 años y Octavius pasó a publicar algunas de las cosas que había escrito como adolescente. Su hija Sarah Johanna moriría el 3 de julio de 1848 y también otra de sus hijas, Ann Bruce, moriría el 22 de octubre de 1848. Luego, años más tarde, el 3 de octubre de 1854, su amada madre Mary pasaría a la eternidad. Hannah Ann, su fiel esposa, moriría más tarde el 9 de octubre de 1866. Octavius nunca volvería a casarse.

Ministerio en Inglaterra:
Winslow pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra. Él pastoreó una iglesia bautista en Warwick Road en Leamington Spa, Warwickshire (1839-1858) donde le siguió el Rev. D. J. East. En 1858 se convirtió en el fundador y primer ministro de la capilla de Kensington (Chapel Kensington), Bath. En 1865 la iglesia se convirtió en una Iglesia Unida (mixta, credobautista y paidobautista). Este último caso probablemente marca un cambio de actitud en Winslow quien en 1867 dejó el pastorado bautista y en 1870 fue ordenado diácono y sacerdote anglicano por el obispo de Chichester. En sus años restantes se desempeñó como ministro de la Iglesia Emmanuel, Brighton, en la costa sur. En 1868 él había producido un libro de himnos para esta misma congregación. Esta iglesia fue destruida en 1965 y una iglesia bautista erigida en su lugar.

A continuación, encontrará un resumen de todos los pastorados que Winslow realizó a lo largo de su carrera ministerial:

Bowery/Central Baptist Church, New York, New York (1833–1835) Second Baptist Church, New York, New York (1836–1838) Warwick Street Chapel, Leamington Spa, England (1839–1858) Kensington Chapel, Bath, England (1858–1867) Emmanuel Church, Brighton/Hove, England (1868–1878)

Muerte:
Winslow murió, resultante a una breve enfermedad, el 5 de marzo de 1878, en Brighton a la edad de 69 años. Su obituario atribuyó su muerte a una enfermedad cardíaca. Fue enterrado en Abbey Cemetery, Bath junto a su esposa Hannah Ann Winslow y su hermana Emma.

Resumen: 
Winslow escribió más de 40 libros, en los que promovió un conocimiento experiencial de las preciosas verdades de Dios. Varios de sus libros han sido reimpresos en los últimos años. En su tiempo, Winslow era un orador popular para ocasiones especiales, así como la reunión celebrada para la apertura del Tabernáculo Metropolitano de Charles Spurgeon en 1861.

Las declaraciones de Spurgeon sobre él es importante tenerlas en cuenta. Él dice al comentar la obra de Winslow: “Ninguna condenación en Cristo” (No Condemnation In Christ):
“El Dr. Winslow es siempre sensato y dulce; pero sus obras se adaptan mejor para los lectores en general que para los estudiantes. Él es extremadamente difuso”.
En su comentario sobre “Las Profundidades del Alma y Alturas del Alma” (Soul Depths and Soul Heights), bastante antipático, sin embargo, dice:
“No muy profunda ni muy alta, pero agradable lectura espiritual”.
Se cree que hubo algún antagonismo en los últimos años entre los dos, con Winslow "tratando de ser más amplio de lo que Spurgeon pudiera permitir" sobre la Iglesia de Inglaterra y su postura sobre la regeneración bautismal.

Por último, dejo el comentario del Dr. Joel R. Beeke contando su experiencia al leer las obras de Winslow:
"Octavius Winslow ha sido uno de mis autores favoritos por más de cuarenta años. Leí su “Vida en Jesús” (Life in Jesus) cuando era adolescente, me conmovió profundamente y me hizo celoso de la espiritualidad madura de él y de su madre. Su "Declinación y Despertamiento Personal de la Religión en el Alma” (Personal Declension and Revival of Religion in the Soul), es uno de los primeros libros a los que me dirijo cuando siento que mi vida espiritual se desliza a las primeras etapas de retroceso. Me he beneficiado mucho de su "Obra del Espíritu Santo” (Work of the Holy Spirit), que es uno de los tratos más experimentales y prácticos de este tema cardinal. Y sus “Cosas preciosas de Dios” (Precious Things of God), junto con sus obras diarias de devoción, han reforzado mi alma muchas horas de la medianoche durante años antes de irme a dormir. Tengo un gran honor y privilegio de haber tenido la oportunidad de traer de nuevo a la impresión varios de los libros edificantes de este ministro piadoso. Me encanta el optimismo espiritual y la integridad de Winslow. Para mí, representa la escritura devocional en el mejor de los casos. Siempre me lleva a Cristo y suscita mi alma para amarlo con fervor. Sus escritos son siempre bíblicos, espirituales, profundos e inspiradores. Involucran al corazón mientras transforman la voluntad y nos guían con seguridad a la buena batalla de la fe en el camino a la gloria".

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

CRISTO ES EL TODO Y EN TODOS, Octavius Winslow


All In All In Christ (devotional)

"Cristo es el todo, y en todos".
Colosenses 3:11


Cerramos estas devotas meditaciones con una Doxología maravillosa —¡Cristo es todo, y Cristo en todos! Es un epítome, el fundamento, la consumación y cima de todo. Cada tema ha sido una apertura más amplia del estuche de la joya divina, ofreciendo otro vistazo más cercano de la preciosa e invaluable gema que contenía. Ahora, levantemos y removamos la cubierta, y, ¡mirad! Se presenta ante nosotros en toda su grandeza, fulgor y plenitud —CRISTO, TODO Y EN TODOS. El vocabulario se agota, las imágenes suministran su ultimo símbolo, la imaginación deja caer sus alas, puesto que la inspiración no pueden portarla más alto —¡Cristo es todo, y en todos!

“¡Bendito Jesús! Eres todo en todos, en la creación y redención, en el perdón, gracia y gloria. Eres todo en todos en Tu Iglesia, y en los corazones de Tu Pueblo —en todos sus gozos, toda su felicidad, todas sus labores, todos sus privilegios. Eres todo en todos en Tu Palabra, ordenanzas, medios de gracia, la suma y sustancia de la Biblia entera.

¿Hablamos de promesas? Eres la primera promesa en la Santa Palabra, y la totalidad de cada promesa que le sigue; ya que todas en ti son ‘SÍ y Amén’ (2 Cor. 1:20)

¿Hablamos de la Ley? Eres el fin de la Ley para justicia a todo  aquel que cree.

¿Hablamos de sacrificios? Por tu único sacrificio has  hecho perfectos para siempre a los que son santificados.

¿Hablamos de las profecías? De ti dan testimonio todos los profetas, que todos los que en ti creyeren, recibirán la remisión de pecados.

¡Si! Bendito y santo Jesús, eres todo en todos. Que seas para mí, Señor, el todo en todo lo que necesito en su momento, y entonces, sin duda, ¡serás mi todo en todo para toda la eternidad!

¡Alma mía! ¡Todo lo que Jesús tiene es tuyo! ¡Toda perfección de Su naturaleza, todo latido de Su corazón, todo pensamiento de Su mente, toda gota de Su sangre, todo ápice de Su justicia, todo átomo de Su mérito es tuyo! ¡Cuán rico y vasto inventario! ¡Cuán preciosa e infinita riqueza!

Echa mano grandemente de Su Verdad, sumérgete profundamente en Su plenitud —Él suministrará para toda necesidad— “porque todo es vuestro”.

Pero, alma mía, Jesús no es únicamente todo para ti, sino que Él está en todo lo que tiene que ver contigo. Él está en cada evento de tu historia, y Él está en toda circunstancia de tu vida. Él está en cada aflicción —santificándote; Él está en cada pena —endulzándote; Él está en cada nubarrón —dándote brillo; Él está en cada carga —sosteniéndote; Él anda sobre toda tormenta y camina sobre toda oleada, diciéndole a los vientos y a las olas, “¡Calla, enmudece!” (Mr. 4:39). Oh, nunca recibas un evento o circunstancia en tu vida diaria, triste o jubiloso, sino deja que tu fe exclame: “¡Jesús está en esto! ¡Él lo envió, Él viene con ello, Él lo controlará, y El demostrará la plena suficiencia de Su gracia, y tendrá toda la adscripción de mi alabanza!”

Y si el Señor ha visto conveniente quitarte algo que amabas—la bendición que valorabas, el suministro que necesitabas, el sostén sobre el que te apoyabas— es únicamente para que Él pudiera ser tu todo en todo. ¡Jesús puede llenar todo vacío, reemplazar toda pérdida, y ser infinitamente más para ti que el más grato y más vital tesoro que Él alguna vez dio o quitó!

Cristo será todo en todos cuando la eternidad se esté acercando, y el ojo se esté cerrando, y el corazón se esté enfriando, y el pulso esté extinguiéndose, y el semblante esté cambiando, y la Tierra esté desapareciendo, y el Cielo esté abriéndose, y los amigos estén llorando.

¡Oh! entonces y solo entonces, ¡JESÚS será TODO EN TODOS! Por el valle de sombra, a través del creciente diluvio, en lo alto de las colinas celestiales, adelante hacia el Trono alto y elevado —la gloria bañándolo, los santos y ángeles rodeándolo, himnos emitiéndose alrededor de Él— Jesús entonces aparecerá como nunca antes —EL TODO Y EN TODO de Su Iglesia.
“Mi carne y mi corazón desfallecen;
Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre”.

(Sal. 73:26). 

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI ESPERANZA, Octavius Winslow


Versículos Biblicos


"Alma mía, espera solamente en Dios, 
porque de Él procede mi esperanza".
Salmos 62:5


Es pecado, así como es mortificación, del creyente, esperar demasiado de la criatura, y muy poco del Señor. En un caso, la decepción, usualmente penosa y humillante, es el resultado inevitable; en el otro, un
cumplimiento precioso de la divina promesa llena de gracia: “Los que esperan en Mí no serán avergonzados” (Is. 49:23). 

Cuán sublime y bendita la experiencia de David, expresada en la porción que sugiere nuestra presente meditación, “Alma mía, reposa solamente en Dios, porque de Él procede mi esperanza”. Mira, primero, el OBJETO de la esperanza del alma del creyente —que es Dios.

La fe, esperanza y amor no podrían extender sus alas más alto. Y a pesar de todo, ¡Por más divino que sea este Objeto de la esperanza, por más elevado y excelso que sea el lugar de Su morada, por más santo y radiante que sea Su naturaleza, el alma más humilde que cree y espera, elevando su mirada anhelante puede alcanzarle, y así hacer realidad su mayor y más plena esperanza! ¡Oh, cuán ligeramente abordamos la suficiencia de Dios! — ¡Cuánto limitamos al Santo de Israel! — ¡Cuánto nos confinamos a desconfiar de Jesús! 

¡Alma mía! ¿Alguna vez Dios en Cristo te ha fallado, alguna vez te ha decepcionado? ¿Alguna vez ha habido —puede haber alguna vez— algo confuso en Su sabiduría, algo desconcertante en Su poder, alguna disminución en Sus recursos, algún agotamiento en Su bondad, fidelidad, y amor? ¡Nunca! Entonces, oh Alma mía, deja al hombre, cesa de poner carne por tu brazo (Jer. 17:5), abandona tu esperanza de ayuda, provisión y simpatía en la criatura, y espera solamente en Dios.

Y estudia, alma mía, la ACTITUD —de espera. Esta es la postura de la fe, la disposición de amor, la expresión de paciencia y esperanza. Somos a menudo muy impacientes con las demoras del Señor en nuestro favor. Podemos de hecho orar, “no te tardes” (Sal. 40:17); y sin embargo la expectativa puede demorarse en su tiempo determinado, pero, aunque se retrase, sin duda vendrá. El Señor puede mantenerte largo tiempo esperando ante el Trono, para poner a prueba tu sinceridad y tu fe, y probar tu amor, pero, en definitiva, Él se manifestará —tu oración es escuchada y será contestada.

Y observa la EXCLUSIVIDAD de esta esperanza. “Alma mía, espera solamente en Dios” —únicamente en Él. ¡Ah! ¡Cuán dura lección! ¡Cuán firmemente e idolátricamente nos adherimos a la criatura! Con la criatura en una mano, y con el Creador en la otra, pensamos abrir camino a través de todas las oposiciones, dificultades y necesidades. ¡Pero, no! Esto no debe ser así. El Señor debe tener nuestra simple, honesta, y exclusiva confianza. Él no consentirá que esperemos del hombre lo que solamente puede ser encontrado en Él. Él es un Dios celoso, y poseerá nuestros corazones honestos e indivisos. 

¿Estás buscando salvación? Abandona toda esperanza de encontrar perdón, paz, y esperanza en algo de tus obras; y simplemente y únicamente aférrate con fe a Jesús, y tu esperanza de ser salvo —salvo sin ninguna obra tuya, salvo del poder, la culpa y condenación del pecado, salvo ahora, salvo inmediatamente, salvo para siempre— nunca será avergonzada.

¿Y qué, ¡oh alma mía!, podrías esperar? ¡Todo! No hay limitación. La promesa de Dios es, “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal. 81:10). ¿Podría la lengua ser más simple y explícita, o la promesa más plena y preciosa? Espera, oh alma mía, grandes cosas de Dios. Espera grandes provisiones de gracia de parte de Jesús. Deja que tu esperanza sea elevada como Su ser, amplia como Sus recursos, inmensa como Su amor. Espera Su respuesta a tu oración; espera el cumplimiento de Su Palabra; espera Sus suministros providenciales para tu necesidad; espera compasión y consolación en tu aflicción; espera salvación en el monte del peligro; espera, en el último momento angustioso, fortaleza, apoyo, y rescate; gracia para ayudaros en todo tiempo de necesidad. Y cuando el corazón y carne desfallezcan, y pases el valle de sombra solitario, espera que Jesús estará contigo allí; y tu esperanza no será defraudada ni avergonzada. “Alma mía, espera solamente en Dios, porque de Él procede mi esperanza”.

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI ACREEDOR, Octavius Winslow




"¿Cuánto debes a mi amo?"
Lucas 16:5

No hay más grande deudor en el universo que el creyente en Jesús. El hombre natural le debe a Dios mucho —diez mil talentos— pero el hombre regenerado le debe a Dios diez mil veces más —una deuda de amor, gratitud y servicio que cual cifra más elevada no se puede calcular, o pagar en la más extensa eternidad. Es muy sano mantener en mente constantemente nuestra deuda para con Cristo. Somos propensos a olvidarla.

Somos tentados en ocasiones a imaginar que, algún pequeño servicio de amor, o acto de obediencia, o época de sufrimiento, ha anulado, en cierta medida, la inmensa obligación que tenemos hacia Dios; no, más aún, estamos tentados incluso a apreciar el engaño que, por este mismo sacrificio de nuestra parte de servicio de abnegación y tenacidad en el sufrimiento, ¡En efecto hemos hecho al mismo Señor nuestro deudor! Pero esto no siempre será el reflejo de una mente verdaderamente espiritual y un corazón que ama a Cristo; de uno que, en vista de lo que Jesús ha hecho por él —el Infierno de donde es rescatado, y el Cielo al que es elevado— exclama:
“Si todo el reino de la naturaleza fuera mío,
ese sería un presente demasiado pequeño.
Amor tan sublime, tan maravilloso,
Que demanda mi alma, mi vida, mi todo”.
Le debemos a Jesús amor supremo, obediente y abnegado. ¡Oh, si hay un ser en el universo de quien debe ser, sin ninguna exageración, el afecto de amor de cada latido de nuestros corazones es JESÚS! Esta suprema  concentración de amor en un objeto no supone ninguna ruptura de lazo, o disminución de cariño hacia los demás. Hay un amor propio, natural y adecuado; hay amor conyugal, santo y profundo; hay amor paterno, tierno y duradero; y hay un amor filial, ordenado y galardonado por Dios —todos estos lazos de afectos pueden existir en armonía con un amor supremo hacia Jesús, que, si bien se los reconoce y consagra, este se eleva por encima, trasciende y los opaca como el sol a los planetas inferiores que giran alrededor de este, su centro.

Le debemos a Jesús servicio incansable. La verdadera cristiandad es práctica. La gracia de Dios en el corazón es difusiva. El amor divino en el alma constriñe. El servicio a Cristo, el cual nuestro agradecido amor nos apremia, es libertad perfecta y un deleite supremo.

¿Estas, alma mía, dedicándote al servicio de tu Señor, quien a sí mismo consagró Su vida entera, por ti? ¿Estas dándole una mano amorosa e incondicional a Sus Pequeños —vindicándoles, alentándoles y ayudándoles? ¿Estás buscando la conversión de las almas, y de este modo contribuyendo en aumentar Su Reino? ¿Qué estás haciendo por Jesús?

Le debemos a Jesús nuestros talentos, tiempo, y posesiones. Si reconocemos el hecho de que no somos nuestros propios dueños, se deduce, entonces, que no hubo nada exagerado en la entera devoción de los primeros cristianos, de quienes se registró: “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía” (Hch. 4:32).

¡Si! No somos nuestros, sino de Cristo. Y si ocultamos de Él nuestro único talento, enterrándolo en la tierra; nuestro tiempo, desperdiciándolo en meras tonterías y vanidades de la vida; nuestras  posesiones, malgastándolas en autocomplacencias, le estamos robando a Cristo lo que por derecho de creación, redención, y voto de consagración le pertenece a Él, demostrando que somos mayordomos infieles.

¿Podríamos alguna vez hacer o sufrir demasiado por Aquel que pagó toda nuestra gran deuda de obediencia, y tribulación, y muerte tanto para la Ley como para la justicia, para que pudiéramos quedar libres? ¡Oh no! ¡Alma mía! ¿Cuánto “le debes a mi Amo”? ¡Señor! ¡Le debo mis talentos, mi rango (clase), mi riqueza, mi tiempo, mi todo! —cuerpo, alma y espíritu, a lo largo del tiempo y por toda la eternidad.
“Cuando este mundo pasajero se acabe,
Cuando haya descendido aquel sol radiante,
Cuando estemos con Cristo en las alturas,
Mirando el relato de amor de la vida;
Entonces, Señor, conoceré plenamente –
No hasta ese momento– cuánto debo.
Cuando esté de pie ante el Trono,
Vestido en belleza, no mía;
Cuando te vea cómo eres
Al servirte con un corazón sin pecado;
Entonces, Señor, conoceré enteramente–
No hasta ese momento– cuánto debo” .
(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI CÁNTICO, Octavius Winslow


La importancia de la alabanza a Dios, Pastor Hector I ...


"El Señor es mi cántico".
Salmos 118:14

Un espíritu gozoso es un espíritu rebosante de alabanza; y Aquel, alrededor de quien nuestras alabanzas más nobles y dulces se acopian, para el fomento de este santo ejercicio, ha dicho: “El que ofrece sacrificios de alabanza me glorifica” (Sal. 50:23). El que haya, como hemos señalado, muy pocos creyentes gozosos, explica porqué hay muy pocos creyentes que rebosan de alabanzas delante de Dios. La alabanza es una de las Gracias más santas, así como es una de las ocupaciones más dulces del alma del creyente. En cuanto a los goces de los santos glorificados se revela —que  la puerta del Cielo solamente se entreabre, con el fin de que esa visión no pueda en ningún grado afectar la simplicidad de la fe— para que aprendamos que, la alabanza es la principal ocupación y recreación de los santos en la gloria. 

Lee atentamente las revelaciones del Cielo, aunque difusas sean, en el Apocalipsis, y este hecho te acercará a Casa con gran poder —en que, ‘el Arpa de Oro,’ y el ‘Cántico Nuevo,’ y los potentes ‘Aleluyas’ del Cielo, que todos señalan esa música, o alabanza, es la magnífica recreación de los santos glorificados que se encuentran en el Monte Sión, y sobre el mar de cristal, tocando las arpas de Dios; su himno alto y transportador, “¡El Cántico de Moisés siervo de Dios, y el Cántico del Cordero!” (Ap. 15:3).

Alma mía, coge tu arpa del sauce, donde demasiado tiempo ha colgado en silencio, y, desvelando sus notas más bajas, alaba a tu Dios por las misericordias providenciales, por las bendiciones de esta vida: el alimento y la vestimenta, el hogar y los amigos, su cuidado diario y consideración hacia ti.

Alábale por la gracia soberana que llama y convierte. Oh, ¿al menos nos dimos cuenta de lo que es la conversión? Y, ¿estuvimos más claramente seguros de que fuéramos verdaderamente convertidos? ¿Acaso el simple pensamiento no encendería nuestra alma con la más profunda acción de gracias, y avivaría nuestras arpas a la más potente alabanza?

Alábale por la gracia que preserva. Necesitamos el mismo poder divino que nos llamó a la gracia, para guardarnos de caer de la profesión de la gracia. A causa de la posesión de la gracia, el creyente nunca puede caer. “El justo se mantendrá en su camino, y el de manos limpias más y más se fortalecerá” (Job. 17:9). “No perecerán jamás” (Jn. 10:28). Pero la historia del Pueblo de Dios demuestra que ningún poder puede guardar al mejor de los santos de caer en el peor de los pecados, sino el poder de Dios. ¿Has sido por tal motivo guardada, oh alma mía, de muchas tentaciones, peligros y tropiezos? Entonces, reanima tu arpa con la gran alabanza acerca del poder, fidelidad y amor de Cristo. “Guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación” (1 Pe. 1:5).

El Señor, también, es nuestro cántico en vista de las consolaciones y consuelos de Su gracia. Has sido conducido a través de profundas penas, has recorrido muchos tramos oscuros, y días nublados de tu peregrinaje terrenal; pero tus consolaciones no han sido pocas ni pequeñas. "El Dios de toda consolación nunca te ha abandonado", “la consolación de Israel” (Lc. 2:25) nunca te ha fallado, y el Divino Paracleto, El Espíritu Santo, el Consolador, ha estado siempre preparado para aliviar, enternecer, y curar tus heridas con el vino y el aceite de la gracia divina y la simpatía humana—ambas fluyendo del corazón de Jesús.

Entonces, elevad vuestras alabanzas con la luz de cada mañana y la sombra del anochecer. Alabadle con un cántico nuevo por cada nueva bendición

Alabadle por todo; por la nube que da sombra, por el rayo de luz que ilumina, por las misericordias recibidas, por las misericordias denegadas; por todo lo que quita, por todo lo que concede. Alabadle por cada aflicción que envía, por cada cruz que designa, por cada angustia que mezcla, por cada tentación que permite. Alabadle por la enfermedad y sufrimiento presente, el duelo y la perdida; puesto que una bendición se encuentra en todo ello, y todo demanda nuestra alabanza de agradecimiento

Oh, cultiva un espíritu agradecido y rebosante de alabanza. Alegrará muchas sendas solitarias; endulzará una prueba amarga; hará menos pesada una carga llevada a lo largo del camino polvoriento y fatigoso, de casa hacia Dios. Pronto las alabanzas terrenales serán intercambiadas por las alabanzas más elevadas, más santas y más perdurables del Cielo. Y entonces vendrá “el cántico nuevo” de gloria, honor y de agradecimiento "a Aquel que está sentado en el Trono, y al Cordero", por los siglos de los siglos. 

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI GOZO, Octavius Winslow


El gozo del Señor es vuestra fuerza | CristiaNotas


"Con todo, yo me alegraré en Yahweh, 
Y me gozaré en el Dios de mi salvación".
Habacuc 3:18


Del retoño humilde de paz ahora ha surgido la flor fragante del gozo—una gracia más elevada y de un estado más avanzado en la vida dichosa del creyente. De modo que esta es una consecución en la vida divina al que ¡desafortunadamente! nada más que pocos cristianos llegan, y que ya se han confraternizado. Y, sin embargo, es una gracia análoga del Espíritu, que crece en el mismo “árbol de la vida,” aunque, como señalamos, se encuentra en sus ramas más altas y más iluminadas por el sol. El precepto apostólico, “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Fil. 4:4), es tan personalmente y tan solemnemente impuesto como ningún precepto santo de la Palabra de Dios. ¡Oh, alma mía! Este precepto podría ayudarte a alcanzar en cierta medida este estado alto y santo, si consideraras alguna de las razones por que el hijo de Dios debiera ser un cristiano gozoso, ¡sí, siempre gozoso!

En primer lugar, debiéramos regocijarnos de que Dios es nuestro Dios en un pacto eterno. ¿Puede el ala de la fe elevarse más alto? ¿Hay además de ésta otra, una más noble o más rica fuente de felicidad? ¡Seguramente no! Para ser capaces de decir, en el ejercicio de la fe humilde y filial, “Dios es mi Dios, mi Padre, mi Porción, mi Todo” debemos arrancar el fruto más rico y dulce que crece en el árbol de la vida. 

¡Oh, elévate a este, alma mía! ¡Alza tus alas demasiado caídas y sube a lo alto! Escucha las palabras del mismo Dios con respecto al remanente, o a la tercera parte dejada en Jerusalén, a quienes el meterá en el fuego, y los refinará como se refina la plata, y los probará como se prueba el oro —diré: “Este es mi pueblo”, y ellos dirán: “Yahweh es mi Dios" (Zac. 3:19). ¡Oh, que gozo colocar la mano de la fe en el Señor y exclamar: Este Dios es mi Dios! Todas Sus perfecciones me sonríen, todos Sus atributos me rodean, todas Sus riquezas están a mi disposición; Él es mi Dios por siempre y para siempre, y será mi guía hasta la muerte.

¡Oh, alma mía, qué rica e insondable fuente de gozo es Jesús! Todos los oficios que Él ocupa, todos los parentescos que Él conserva, todas las provisiones que Él posee, te pertenecen. Sus pensamientos se entrelazan sobre ti, Su corazón palpita por ti, Sus ojos están sobre ti, Su mano te guía y guarda momento tras momento. ¿Quién podría no estar gozoso al poder decir: “Cristo es mi hermano, mi Goel (pariente más cercano), Cristo es mi Amigo, que siempre me ama; Cristo es mi Redentor, que me rescata de la condenación; Cristo es mi Sumo Sacerdote, que hace constante y favorable intercesión por mí dentro del velo? ¡Oh, comprende qué porción, qué tesoro, qué socorro tan presente, qué poderoso, compasivo, y pleno Salvador, Jesús es; y así el agua de vuestra pena será transformada en el vino de vuestro gozo.

Oh, qué gozo debería de ser el que poseas un trono de gracia al que puedas acudir en cualquier momento. El que conoce por experiencia personal y dulce el privilegio y poder de la oración, debe ser un cristiano gozoso. ¿Existe un privilegio más alto, santo, dulce a este lado de la gloria? Aunque oscuro el nubarrón esté, aplastante la carga, amarga la pena y apremiante la necesidad, el momento en que el creyente se levante y se entregue a sí mismo a la oración, el nubarrón se desvanece, la carga se cae, la pena se alivia, la necesidad es satisfecha y más que proporcionada. “Los que miraron a Él fueron alumbrados” (Sal. 34:5). ¡Oh, qué gozo es este — ¡Acceder, por la sangre de Cristo, a la más santa y absorta gloria resplandeciente que rodea el trono del amor del Padre! ¡Y qué gozo saber que somos salvos! Entendiendo este hecho, no sería para nada exagerado si nuestro gozo lo proclamáramos desde las azoteas: “¡Soy salvo! ¡Soy salvo! ¡Para siempre salvo!” 

¡Considera lo que es el Infierno! ¡Reflexiona lo que es el Cielo! Para así entonces saber y estar lo bastante seguro de que somos arrebatados del uno y que pronto llegaremos al otro. ¡Oh, esto es “gozo inefable y glorioso” (1 Ped. 1:8)! La consideración de estar en el Cielo para siempre con el Señor —sin más pecado, ni más sufrimiento, ni más lágrimas, ni más muerte, ni más separación— oh, es lo suficiente para levantarnos mejor de la tribulación presente, y para hacer que en el desierto a través del cual viajamos resuene de nuestros cánticos de gozo, hasta que ascendamos para cantar para siempre el nuevo cántico ante el Trono de Dios y el Cordero.

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR NUESTRA PAZ, Octavius Winslow - TRILOGÍA DE LA PAZ, José


Cristo es nuestra paz. | Te Amo Mi Dios



10-01-2020

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)


Efesios 2: 14

"Él es nuestra paz".


Hay una hermosa gradación en el desarrollo de la gracia del Espíritu en el alma del creyente: primero la paz, luego el gozo. Es una provisión caritativa y bondadosa de nuestro Dios. Tristemente, no hay sino pocos cristianos regocijados; y a pesar de todo, en la carencia de gozo (el tema de nuestra siguiente meditación), qué gran consuelo que podamos llegar a un estado de paz, siendo este un fruto del Espíritu que crece en lo más abajo del árbol que, “produce toda clase de frutos” (Ap. 22: 2), y, así pues, más accesible que la más elevada gracia del gozo, un fruto situado en las ramas más elevadas, y que crece en una región soleada, “El reino de Dios no es… sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14: 17).


Por tal motivo, frecuentemente escuchamos la experiencia agonizante de la expresión de los santos de Dios —“No estoy gozoso, pero estoy en paz; no tengo gran éxtasis o transportación de sentimientos, pero mi alma descansa de manera grata y con fe en Jesús, soy guardado en perfecta paz”. [Bueno, este no es ningún pequeño logro cristiano y bendición divina; y si nuestra paz es (parte del) fruto genuino del Espíritu, que brota de la fe sencilla en Jesús, el efecto de su sangre, que comunica la paz sobre la conciencia, vale incontables mundos, y “sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4: 7)] (ver comentario de José abajo). Unas pocas reflexiones pueden ayudarnos en el pleno entendimiento de este bendito estado.


En primer lugar, debemos tener siempre presente la gran verdad esencial de que, Cristo no solamente puede hacer la paz, darnos paz, y transferir su paz como un precioso legado, sino que, Jesús mismo es nuestra paz. Cristo es nuestra paz” (efectivamente, pero Cristo formado en nosotros). Este pensamiento nos eleva, por encima de un mero dogma, a una Persona: por encima de la verdad de Cristo, a Cristo mismo.


Dios dice del pecador que discrepa con Él —“Que él acuda a mi fortaleza, para que haga la paz conmigo, que conmigo haga la paz” (Isa. 27: 5). Ahora, “Cristo es poder de Dios” (1ª Cor. 1: 24), o, la fortaleza de Dios, apoderándose de quienes, en fe, estamos en paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (esto es distinto de la paz DE Dios) (Rom. 5: 1). Por este motivo la expresión tan general, “él hizo su paz con Dios”, como se aplica a muchos que salen de este mundo sin ninguna prueba Bíblica de conversión, involucra una ilusión espantosa y error fatal. El pecador no puede por sí mismo hacer su paz con Dios. Cristo ha hecho ya la paz, o más bien, Cristo es, Él mismo, nuestra paz; y hasta que creamos en Cristo, y hayamos recibido a Cristo, nuestra paz de la que hacemos alarde es falsa —es paz, no de vida, sino de muerte— la paz de Satanás, fácilmente concebida; no la "paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (creo que aquí Winslow debiera referirse más bien a la paz DE Dios).


Sí, Jesús es nuestra paz. Él se paró en la brecha, llevó el pecado, soportó la Cruz, y sufrió la condenación. Sobre Él cayó el golpe que doblegó su santa alma en angustia en la Tierra, y que también aseguró nuestra reconciliación con Dios. “Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1ª Tim. 2: 5), Jesús “El príncipe de paz” (Isa. 9: 6).


Y entonces la obra expiatoria de Cristo en sus secciones distintivas —la sangre que perdona, y la justicia que justificaes el canal a través del cual la paz fluye hacia el interior de nuestras almas. La primera se designa como “la sangre que comunica la paz”, la otra es representada como situándonos en un estado de justificación gratuita y plena, y también llevándonos a la experiencia de paz CON Dios (distinta de la paz DE Dios) mediante nuestro Señor Jesucristo. Admira, pues, oh alma mía, el medio por el cual tu verdadera paz corre —la sangre de Cristo aplicada a la conciencia, y la justicia de Cristo colocada en ti por el Espíritu. El Señor puede darte paz (paz DE Dios) en la aflicción.


Cuando la tormenta se enfurezca y las aguas estén oscuras y agitadas, debajo de la superficie, vuestra paz que proviene de Dios a través de Cristo, puede correr como un río (paz DE Dios). Vosotros estáis firmemente anclados en la fe sobre Dios. “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isa. 26: 3).


Ponte en guardia contra aquello que comprometería tu paz, oh alma mía. No juegues con la tentación, ni trates con ligereza la conciencia, ni camines alejado de Jesús. Lávate diariamente en la Fuente, y tu paz será como un pozo que mana siempre.


Job. 34: 29

Si él diere reposo, ¿quién inquietará?”.


2ª Tes. 3: 16

Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera”.


(Los comentarios parentéticos en letra gruesa azul más pequeña son de José)



Comentario de José: TRILOGÍA DE LA PAZ


Me regocijo porque esta es la primera vez que escucho a alguien decir que los componentes del fruto del Espíritu se alcanzan en hermosa gradación; es decir, gradualmente o escalonadamente. Al menos lo es el crecimiento y la maduración del fruto, porque cuando Cristo ha sido formado en nosotros, teniéndole a Él tenemos el fruto completo. Esto, efectivamente, lo confirma mi propia experiencia.


Sin embargo, creo que es conveniente hacer algunas matizaciones: Primeramente, hemos de distinguir entre la paz que viene con la justificación (salvación del espíritu), nuestra Pascua en "Egipto", que nos otorga consciencia de que nuestros pecados han sido perdonados. Esta es la PAZ CON DIOS, en la que Cristo nos hace descansar (… "Yo os haré descansar", Mateo 11: 28).


Pero no podemos quedarnos ahí, sino proseguir hasta el final de nuestro camino pentecostal muriendo al yo, a la carne, en el cruce de nuestro particular Jordán, para que Cristo, el Amor, sea formado en nosotros. Cristo es el único fruto del Espíritu, porque Dios es Amor. Este fruto viene de una vez, cuando damos a luz al Cristo que fue engendrado en nuestro espíritu. Esta culminación de nuestra etapa pentecostal nos saca del desierto anímico (salvación del alma), para acampar en la tierra prometida de Tabernáculos, que es “Cristo formado en vosotros”. Así conquistamos la PAZ DE DIOS (el Reposo o Shalom de Dios), una paz que nosotros hallaremos si la buscamos denodadamente (… "hallaréis descanso", Mateo 11: 29), como primera manifestación del fruto ÓCTUPLE del Amor formado en nosotros.


Según el texto de Romanos 4: 17, citado arriba por Winslow, establecida la Justicia, después viene la PAZ y, sobre la base de la paz, a continuación el GOZO. Esta
justicia no es la justicia posicional o imputada que se nos da al creer, sino la justicia experiencial, la que se corresponde con los tipos de la obra de la segunda paloma y el segundo chivo de Levítico, con los que el pecado es quitado. Con la primera paloma y el primer chivo el pecado solo había sido cubierto, ahora es quitado, llevado lejos de nosotros. Cuando cruzamos el Jordán y nacemos al Reino, Cristo, nuestra justicia, ha sido dado a luz en nosotros.


Más adentrados en Tabernáculos, además de la PAZ y el GOZO, después seguirán las otras características del fruto del Espíritu: PACIENCIA, AMABILIDAD, BONDAD, FIDELIDAD, MANSEDUMBRE y DOMINIO PROPIO. Parece que la gradación u orden en el texto de Gálatas 5: 22-23 es inversa a la de Romanos; es decir, de las ramas más altas del Árbol de Vida, a las más bajas.


También creemos que a la PAZ CON DIOS (Pascua) y a la PAZ DE DIOS (al final de Pentecostés-inicio de Tabernáculos, cuando el holocausto ha sido totalmente consumido en el fuego del altar) le continuará la "PAZ QUE SOBREPUJA TODO ENTENDIMIENTO" (paz propia de la plena madurez o filiación, al final de la tercera fase de Tabernáculos).


Esta paz que sobrepuja el entendimiento, a mi entender, es una paz sobrenatural, que algunas personas tal vez puedan degustar coyunturalmente por medio de alguna experiencia extática, que Dios pueda haberles concedido, a modo de preparación para enfrentar algún tiempo de prueba especialmente fuerte y dolorosa; o como un regusto premonitorio de lo que les aguardará en la plena madurez.


Al menos, este fue mi caso y sé que la autora Maite Melendo, en su libro "Soledad Acompañada", relata una experiencia semejante. Tal vez este tipo de paz PROFUNDA E IMPERTURBABLE, CAPAZ DE DORMIR EN MEDIO DE LA TORMENTA, pueda ser un estado permanente para los Vencedores en la plenitud de su madurez y, sin duda, lo será cuando éstos reciban sus cuerpos glorificados.



EL SEÑOR MI SALVADOR, Octavius Winslow


#Mateo 1:21 #RVR60 @ibcrd | El versículo del día


"Llamarás su nombre JESÚS, porque Él salvará a su 
pueblo de sus pecados".
Mateo 1:21

Es de este frasco de alabastro de bálsamo precioso que la fragancia más dulce y santa se respira en la Iglesia y en todo el mundo, en cualquier sitio y por quienquiera que invoca el nombre de Cristo, que es como un ungüento derramado, para quien lo proclama. Pero, ¿De dónde radica el gran encanto, poder y dulzura de este Nombre Único? Está en el hecho de que Él: SALVA. 
“Llamarás su nombre JESÚS, porque Él salvará ...”. 
De todos los puntos de luz en los que el Señor, nuestra porción, es contemplado, no hay ni uno igual a este —el Dios encarnado— mi SALVADOR. Todas las otras visualizaciones gloriosas y preciosas se engullen en este nombre.

Si Jesús no fuera el Salvador, Él no sería nada para nosotros. Pero si podemos pronunciar Su nombre JESÚS, aunque sea con la lengua más  balbuceante y los acentos más vacilantes de la fe, podemos presentar una declaración personal y segura a todo a lo que Jesús es, y a todo a lo que Él ha hecho. Existen muchos de cuyos labios este precioso nombre habitualmente y musicalmente susurran, pero quienes, aunque se inclinan de rodillas ante ese nombre, siguen siendo siervos del pecado y esclavos de Satanás sin haber nunca experimentado en sus almas el poder salvífico que este nombre comprende, o de la emancipación (liberación) que fue planead que confiriera. Ellos conocen el nombre de Jesús de manera histórica, intelectual y teórica; pero nada de manera personal, espiritual y salvadora. Multitudes le vieron, le oyeron, conversaron con Él, le siguieron, y vociferaron sus “Hosannas” cuando Él estuvo sobre la Tierra, y quienes, a pesar de todo, lo menospreciaron y rechazaron, y murieron una muerte sin Cristo, sin gracia y sin esperanza, y que no tuvieron ninguna otra prospección que la del impío Balaam: “Lo veré, mas no ahora; Lo miraré, mas no de cerca” (Núm. 25:17). 

Pero, oh alma mía, que gran deudor le eres a la gracia divina, libre y discriminatoria; para ti el nombre de Jesús es vida, gozo, paz, y esperanza; sí, es “todo nombre precioso en uno”, el más estimado y dulce nombre en la Tierra o en el Cielo. Tú no has escuchado solo de oídas, sino que has sido atraído hacia Él con cuerdas de amor, o impulsado por una sensación abrumadora de tu condición caída como un pobre pecador, encontrando salvación en ningún otro nombre sino en el de Él. Pero, si atraído o impulsado, Jesús es precioso para ti, señalado entre diez mil, todo Él codiciable; si, Él es para vuestra fe, esperanza, y amor “el todo, en todos” (Col.3:11) vuestro Alfa y Omega, vuestro primero y último, vuestro jubileo resonante e interminable. 

Pero, ¿Qué hace exactamente Jesús por nosotros?

Él nos salva de la culpa del pecado. Esto lo consigue por el derramamiento de Su sangre preciosa. “Esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados” (1 Cor. 6:11). “El que está lavado” (Jn. 31:10). “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). Camina, oh alma mía, en la constante realización de esto, por una aplicación diaria de la sangre a la conciencia. No retengas la culpa del pecado ni por una hora, sino que, el momento en que la mancha angustie, la nube oscurezca, la herida se inflame, ve inmediatamente a la Fuente abierta, y lávate y serás limpio.

Jesús nos salva, también, del poder del pecado. “Él … sujetará nuestras iniquidades” (Mi. 7:19 RVA). Esto es lo que el alma verdaderamente salva jadea: la liberación de la tiranía del pecado. No podemos ser felices mientras un pecado permanezca sin someterse, mientras una corrupción tenga predominio. Pero, por Su gracia conquistadora Jesús nos salva del dominio del pecado, rompiendo su cuello, sometiendo su principio, debilitando su poder, capacitándonos para gritar: “A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Cor. 2:14).

Jesús nos salva también de la condenación del pecado. Se condenó a Sí mismo como nuestro fiador por el pecado, condenó el pecado en la carne, para que, “ninguna condenación haya para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). ¡Oh, qué salvación completada, aceptada y gloriosa es la nuestra! Pero no solamente somos salvados de la condenación del pecado, sino que, somos salvados para la vida eterna. Jesús no dejará la obra que ha emprendido incompleta, ni estará satisfecho hasta que haya traído, de manera segura, a todo el pueblo que Su sangre compró, lavó, y salvó, a Casa : La Gloria. 

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI ALIMENTO, Octavius Winslow


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"Porque mi carne es verdadera comida, 

y mi sangre es verdadera bebida".
Juan 6:55

El creyente en Jesús está diversificada y abundantemente alimentado. Él se alimenta más que del pan de los ángeles. Conocemos no  más que un poco de lo que es esa comida, pero sabemos esto: “Los ángeles en el Cielo nunca han probado, la gracia redentora ni el amor sacrificial”.

Ese maravilloso banquete fue reservado para el hombre —el hombre  caído y pecador condenado a morir. Acércate en fe, oh alma mía, y siéntate otra vez ya que por amor electivo y soberana gracia un banquete celestial es provisto para ti. Escucha la descripción del Festín dado por Aquel que es tanto su Fundador como su Substancia: 
“Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí  permanece, y yo en él” (Jn. 6:55-56).
Escucha otra vez, a la misma voz de gracia que te invita a la comida: 
“Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados” (Cnt. 5:1). 
¿Alguna vez hubo tal proveedor, tal provisión y tales invitados? 

Consideremos en pocas palabras los dos elementos que componen este Banquete Real. La presente meditación incluirá, primeramente:
“Porque mi carne es verdadera comida”. 
El lenguaje es obviamente figurativo, y debe ser interpretado como han sido Sus palabras en otras ocasiones, “Yo soy la puerta” (Jn. 10:9) o como aquellas palabras empleadas por el profeta, “Toda carne es hierba” (Isa. 40:6). Esta es la única interpretación racional y correcta de las palabras de nuestro Señor que admitiremos, y que a la vez refuta la noción de una presencia corpórea o real de Cristo en los elementos de la Cena de Señor —una noción sostenida religiosamente por el romanista genuino, y adoptada de manera encubierta por el semi-romanista— aunque aún afirmen la profesión y dignidad de un cristiano y un protestante. Tal es el pan divino, el verdadero alimento del alma renovada. 

El Señor nunca pretendió que Su pueblo viviera de algo inferior que de Él mismo. La vida dentro de nosotros es divina, por lo tanto, su sustento debe ser divino. Viene del Cielo, entonces su nutrición debe ser celestial; esa vida es sobrenatural, por tanto, su comida debe ser espiritual. Si tratáramos de vivir con algo que no sea Cristo, pronto exclamaríamos con amargura del alma: “¡Mi flaqueza! ¡Mi flaqueza!” Así como nuestra vida solamente puede ser sustentada con alimento adecuado a su naturaleza y madurez —leche para los bebes y alimento sólido para aquellos que son de mayor edad— así también nuestra vida espiritual solamente puede mantenerse saludable y vigorosa al vivir de alimentos adaptados a sus necesidades —que es Cristo el Pan de Vida— Su carne que es verdadera comida. 
“El que me come, él también vivirá por mí” (Jn. 6:57).
Tal es la vida diaria de fe que debemos vivir, y, únicamente sosteniéndonos de esta manera, podemos crecer en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Los frutos del Espíritu en nosotros se mantienen vigorosos, sanos, y abundantes por la Vida, el sustento que diariamente proviene de Cristo. No existe otra verdadera comida espiritual. La palabra predicada, el ministerio, las ordenanzas son todas divinamente designadas y preciosos medios, pero no son Cristo, y solamente ayudan cuando nos conducen a Cristo. Oh, vive de manera diaria y simple en Cristo, y tu alma estará voluminosa y próspera. 

Susténtate en Él en todo —en la gracia que subyuga el poder del pecado, y en la sangre que expía la culpa del pecado. Susténtate en Él, en la sabiduría que orienta y en la solidaridad que te apoya. Susténtate en Él de las evidencias de tu unión con Él, y en la unión misma. No busquen en su interior virtud ni consuelo, sino miren únicamente a Cristo. No busquen su fecundidad en ustedes mismos, sino en Cristo. 
“De mí será hallado tu fruto” (Os. 14:8). 
Tu verdadero y único alimento es la carne de Cristo, que se come en fe simple —es decir, un Salvador pleno, amoroso, lleno de gracia y siempre presente, situándose a tu diestra preparado para responderte cada ruego, y para proveerte para toda necesidad, y para aliviarte en cada pena.

Nuevamente repito, trata de subsistir de tus ejercicios espirituales, de tu fe, o amor, o gozo, o paz, o fecundidad, y tu alma morirá de hambre; pero
susténtate de una vida de fe diaria en Cristo, y tu alma estará “llena de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza 
de Dios” (Fil. 1:11).

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI GUÍA, Octavius Winslow




"Guiará con cuidado a las recién paridas".
Isaías 40:11  (LBLA)

En otras palabras, aquellos que están abrumados, y necesitan un hábil, seguro y tierno Guía. Tal es Jesús, y como tal, se cumple la Escritura, que no puede ser quebrantada, lo que se profetizó acerca de Él. “He aquí, lo he puesto por testigo a los pueblos, por GUÍA” (Isa. 55:4 LBLA).

Necesitamos esa clase de Guía como lo es Jesús. Nuestro viaje al Cielo es a través de un desierto horrible y yermo, a través de un país enemigo, todos armados y unidos para resistir, disputar y oponerse a cada paso de nuestro camino. También es una senda inexplorada y desconocida. A la entrada de todo nuevo camino está escrito —“No habéis pasado antes por este camino” (Jos. 3:4 LBLA). Una nueva curva tiene lugar en nuestra vida, un nuevo sendero en nuestro peregrinaje se presenta, acarreando nuevos deberes y responsabilidades, nuevas preocupaciones y pruebas; y, como los discípulos que tuvieron gran temor cuando los cubrió la nube en el Monte Tabor (Monte Alto), con temor y temblor debemos amoldarnos a la nueva situación encubierta por la nube, que Dios en Su bondad nos ha designado.

Pero, ¿cuál es el porqué de estas dudas, estos temblores y temores? Jesús es nuestro Guía. Él conoce todos los caminos que tomamos, ha trazado todas las rutas, ha establecido todos los caminos, y no nos guiará a través de ningún deber, ninguna aflicción o sufrimiento que no haya pasado antes que nosotros, dejándonos ejemplo para que pudiéramos seguir Sus pasos. Como Maestro, nos conduce a toda la verdad; como Capitán nos dirige de victoria en victoria; como Pastor nos lleva a pastos verdes; como Guía, nos encamina a lo largo de nuestro difícil camino, de manera hábil, dulce y adecuada, cumpliendo de este modo Su preciosa promesa: “Yo te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con mis ojos puestos en ti” (Sal. 32:8). 

¡Oh, que combinaciones de bendiciones se concentran en Cristo, que fluyen como rayos de luz del sol, como corrientes de agua del manantial, tocando en cada punto, en cada lugar y en cada momento de todas las circunstancias, necesidades y tribulaciones de Su Iglesia.

¿Y CÓMO nos guía Jesús? 

Él nos guía teniendo misericordia de nosotros. Nos guía a la conversión por medio de Su Espíritu fuera de nosotros mismos, y fuera del camino ancho que lleva a la destrucción hacia Cristo, al camino angosto, no más que el camino eterno. Nos guía a lo largo de todo el trayecto, y a través de todas las pruebas de nuestra vivencia cristiana y no nos abandona aun cuando nuestras complexiones sean graves, y nuestros testimonios opacados, y nuestra fe asaltada, y nuestra alma cubierta de oscuridad, frecuentemente densa oscuridad, como con un paño mortuorio. ¿Quién podría de manera hábil, paciente y leal guiarnos a lo largo de todos los laberintos, complejidades, y peligros de nuestra trayectoria cristiana de forma segura hacia la gloria sino Cristo nuestro Guía?

Él nos guía conforme a Su providencia. “Sobre ti fijaré mis ojos” (Sal. 32:8). Ha sido de manera singular, pero se ha observado verdaderamente que, “aquellos que observan las providencias del Señor nunca carecerán de una providencia para contemplar”. El ojo de Dios, por el cual guía a Su pueblo, es Su providencia, por lo tanto sería sabio de nuestra parte mantener un ojo de fe de manera vigilante y contante sobre el ojo de Su providencia, observando cada mirada e interpretando todo vistazo como guiándonos en el camino que deberíamos ir.

Encomiéndate, ¡oh alma mía! con confianza a la dirección del Señor. El camino puede parecer completamente incorrecto, pero es el camino correcto. El misterio puede rodearlo, las pruebas pueden pavimentarlo, las penas pueden oscurecerlo, las lágrimas pueden rociarlo, y sin ninguna mirada que responda o alguna voz que resuene para que sea posible librar o animar su soledad; sin embargo, Él le está guiando por el camino correcto a casa. “Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé” (Isa. 42:16).
“Ahora, Señor, creyendo en Tu Palabra, lleva a cabo esta promesa. Soy una ciega y pobre criatura, sin saber mi camino; y cuando veo el camino, con frecuencia estoy tan agobiado, que no puedo caminar. Tómame de la mano, y guíame poco a poco y dirígeme habilidosamente hasta que los días de este viaje se terminen, y esté en casa contigo para siempre.

Has prometido guiar cuidadosamente a los de poco ánimo y débiles que no pueden desplazarse, y también a los que aún menos pueden seguir el paso de las ovejas.

¡Señor, Guíame!”

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)

EL SEÑOR MI OBISPO, Octavius Winslow


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"El Obispo de vuestras almas".
1 Pedro 2:25


La palabra griega, episkopos, se traduce como obispo, que significa supervisor, uno que vigila sobre los intereses de la iglesia, que supervisa su orden, y administra su disciplina. En este sentido se aplica de forma primordial y sublime al Señor Jesucristo como el Obispo Universal de Su Iglesia Escogida, y de forma particular como el Obispo, o Supervisor, de cada miembro individual de esa Iglesia. 

Ahora, hay algo especialmente hermoso y reconfortante en este título de Jesús, en lo que se refiere a los intereses espirituales del creyente. Observa, Jesús es el Obispo, o Supervisor del alma, y no del cuidado providencial que Él también tiene del cuerpo. “El Obispo de vuestras almas”.

Escudriña a tu Señor, oh creyente, a modo de sostener esta alta, seria e íntima relación contigo, y recibir la instrucción divina y rico consuelo del Espíritu Santo, que tuvo la intención de comunicártelas de este modo.

Como el Obispo de nuestras almas, Él es Su Autor; por tanto, Él es más que todos los demás obispos eventualmente podrían ser —Él es el creador de los obispos. Por ende, Jesús demuestra Su Divinidad. Necesariamente el Creador debe estar ante y por encima de las cosas creadas. Entonces la Creación es adjudicada a Jesús. “Todas las cosas por Él (el Logos, el Verbo) fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. ¿A qué conclusión racional nos dirigen estas palabras, sino a que aquel Obispo de nuestras almas es de manera esencial y absoluta DIOS? ¡Oh bendita y confortadora verdad! ¡Cuánta sustancia y estabilidad da a la fe el reposar sobre la Redención! La Redención descansa, a su vez, en la DEIDAD.

Jesús es un Obispo Vivificador. De Él obtenemos más que vida natural; poseemos vida espiritual. “En Él estaba la vida” (Jn. 1:4), hecho imprescindible; en Él también estaba la vida mediadora; y esta vida estaba en Él para nosotros. “Cristo, nuestra vida” (Col. 3:4). ¡Dulce Pensamiento! La vida espiritual por la que nos convertimos, en el sentido más elevado en ‘almas vivientes’, está en Jesús y de parte de Jesús ¡nuestro Obispo! En virtud de nuestra unión con Jesús, llegamos a ser partícipes de Su vida; tenemos esto, no tanto en virtud de nuestra incorporación a Él sino por Su morada en nosotros por Su Espíritu. Por lo tanto, todo creyente tiene por la fe un Cristo resucitado o viviente morando en Su corazón a través del Espíritu. Y por este motivo el alma regenerada siempre está a salvo, ya que, antes de que éste pueda perderse, ¡el Salvador personal que mora en él, primero debería perecer!

Jesús también es un Obispo Redentor de Almas. Él ha hecho lo que ningún otro obispo alguna vez ha hecho o podrá hacer —Él murió por nosotros. La Iglesia de Cristo ha tenido sus obispos mártires pero, ellos únicamente murieron por la verdad, mientras que Cristo murió por Su Iglesia. La sangre de aquellos fue sangre que confirmó y dio testimonio —la sangre de Jesús fue sangre que expió y redimió. ¡Cuán apreciadas, entonces, para nuestro divino y redentor Obispo, deben ser las almas por quienes sufrió angustias en el huerto de Getsemaní y las agonías de la muerte en la Cruz!

Por último, Jesús es, en el sentido más divino y bendito, el Obispo, o Supervisor, de nuestras almas. Él nos protege, nos vigila, nos guarda y nos guía, a cada instante, con una vigilancia, ternura e individualidad inefablemente grande. “Los ojos del Señor están sobre los justos” (1 Ped.
3:12). El ojo de Su providencia vigila tu cuerpo y el ojo de Su gracia vigila
tu alma. Es la vigilancia del amor, ¡El eterno, redentor e inmutable amor! ¡Oh, que amoroso Obispo es Jesús! ¿Alguna vez alguien ha amado como Él? ¿Se ha escuchado, considerado o manifestado alguna vez tal amor como el de Jesús, el Obispo de nuestras almas? 

¡Alma mía, mantente cerca del costado de tu Obispo! Ningún otro obispo posee Su autoridad, puede dar Su Espíritu, ofrecer Su sacrificio, o comunicar Su gracia. Los obispos terrenales no son sino hombres, hombres de pasiones como nosotros —pecadores, falibles y mortales. Pero Jesús es el Obispo Divino, a cuyos pies, oh alma mía, yaces —en cuya humilde autoridad te sometes— en el brillo de cuya mitra te regocijas, hasta que Él te exalte para que seas “rey y sacerdote” de la Iglesia del Cielo, en donde a Sus pies todas las coronas, diademas y mitras serán de manera devota y de adoración extendida, y Él será “EL SEÑOR DE TODO”.

(Por gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)