Capítulo
4
LOS
VENCEDORES Y LAS OBRAS
(2a.
parte)
Las
cuatro etapas de la obra de Cristo
El
Señor está edificando su casa; ese es su gran propósito. Y para
ello Dios se ha venido revelando por etapas. En la Biblia vemos un
proceso ascendente de esa revelación divina al hombre. Al comienzo,
cuando el hombre pecó, Dios dijo (a la serpiente): "Y
pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la
simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el
calcañar"
(Gé. 3:15). Ahí aparece un comienzo de revelación de Dios para el
curso de la historia y de la economía divina. Esa serpiente antigua
se ha hecho sentir en la historia de la humanidad, y se ha
desarrollado tanto que llegó a ser un gran dragón con siete cabezas
y diez cuernos. Pero Dios también ha venido desarrollando sus
propósitos; y formó para sí la nación de Israel, por medio del
cual manifestarse al mundo y dar testimonio de su unidad, de su
poder, de su palabra, de sus propósitos eternos, y de la encarnación
de Su Verbo. En
cuanto a la manifestación del Hijo de Dios, el Salvador, podemos ver
cuatro etapas definidas:
-Primera
etapa.
El Verbo divino estaba con el Padre (Juan 1:1,2); con Él estaba
eternamente. "1En
el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era
Dios. 2Éste era en el principio con Dios".
-Segunda
etapa. Históricamente
toma carne por obra del Espíritu Santo en una mujer hebrea de una
familia oriunda de Belén, descendientes del rey David. "14Y
aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su
gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de
verdad".
"20Y
pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en
sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu
mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
21Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él
salvará a su pueblo de sus pecados"
(Mt. 1: 20-21). Creció como hombre, es bautizado, ejerce su
ministerio público.
-Tercera
etapa.
Se somete a la muerte en la cruz, es sepultado y resucita al tercer
día; fue ascendido y glorificado. "3Porque
primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo
murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4y que fue
sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras"
(1 Co. 15:3-4). "Cristo,
habiendo ofrecido una vez para siempre un
solo
sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios"
(He. 10:12).
-Cuarta
etapa.
Su Espíritu desciende a morar en nosotros los creyentes. "16Y
yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con
vosotros para siempre: 17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no
puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le
conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros"
(Jn. 14:16-17). "Y
fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en
otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen"
(Hch. 2:4). "¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en
vosotros?"
(1 Co. 3:16). Esto se refleja tanto en el judaísmo como en la
cristiandad.
Para
los judíos aún no ha venido el Mesías; se puede decir que ellos
siguen en la primera etapa. Los judíos creen que vendrá un Mesías
pero no Dios encarnado.2.
Con relación a los católicos romanos, ellos no se sienten que son
morada de Dios. Es algo completamente ajeno a su práctica religiosa
y ritual. Sus sacerdotes y teólogos viven y enseñan la segunda
etapa.3.
Las organizaciones cristianas denominacionales por lo general viven
la tercera etapa. A menudo piden que descienda el Espíritu Santo
sobre ellos.4.
Pero hay un grupo de hermanos que vivimos en la cuarta etapa. Somos
morada de Dios en el Espíritu. Ahora Cristo se está formando en
nosotros; Él es nuestro Señor y Salvador, luego a Él le
pertenecemos, y ha venido a morar dentro de nosotros, en nuestro
espíritu. Eso significa que hemos creído en Cristo como el
fundamento de la edificación de la casa de Dios; pero ¿qué había
en nosotros antes de que eso ocurriera? Si éramos religiosos, ¿en
qué etapa estábamos? Para poder edificar sobre el único
fundamento, primero hay que destruir lo que antes había, derribar
lo viejo, tanto a nivel personal como en lo institucional.
Por
ejemplo en Marcos 13:1,2 dice: "1Saliendo
Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué
piedras, y qué edificios. 2Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves
estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea
derribada".
Tal vez los discípulos esperaban que Jesús dijera algo elogioso de
lo que Herodes había construido y embellecido; pero no; para poder
edificar la iglesia hay que derribar el judaísmo; y no solamente al
judaísmo, sino también a todos los sistemas que se han desviado del
verdadero modelo de la iglesia bíblica. Ese antiguo templo de
Jerusalén ya no podía dar morada a Dios, pues ya sólo se trataba
de la sombra o la maqueta de lo que es el verdadero edificio (Hebreos
8:5: 10:1).
"Porque
nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de
Dios, edificio de Dios"
(1 Co. 3:9). Cuando Pablo dice nosotros se refiere a los apóstoles,
en este caso como los maestros de obra. "11Y
él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12a fin de perfeccionar a
los santos para la obra del ministerio, para la edificación del
cuerpo de Cristo"
(Ef. 4:11,12). En esa edificación de la casa de Dios, cada santo
tiene alguna responsabilidad. ¿Por qué somos colaboradores de Dios?
Porque hacemos parte de la casa de Dios, somos morada de Dios y
templo de Dios. "16¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en
vosotros? 17Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá
a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es"
(1 Co. 3:16). Destruir el templo de Dios es dividirlo. Al entender
una persona que somos el cuerpo de Cristo y templo de Dios, puede ver
la realidad de esa unidad; pero si busca la división, lo está
destruyendo. El Señor está edificando su Iglesia, El fundamento ya
está puesto, es Cristo; una persona ya tiene el fundamento cuando ha
recibido a Cristo por la fe. Y estamos "edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal
piedra del ángulo Jesucristo mismo"
(Ef. 2:20). En el Nuevo Testamento nosotros somos edificados tanto
individual como corporativamente. Somos un cuerpo y formamos el
templo del Señor.
El
vencedor y las recompensas
Una
vez más dejamos claro que no hay que confundir la Vida
Eterna,
o salvación eterna, con el Reino
de los Cielos.
No
hay que confundir el don con el galardón.
La vida eterna se recibe del Señor por fe, como un don gratuito. No
hay que hacer nada para merecer la salvación eterna. En cambio el
reino de los cielos es temporal, mil años, y sí se gana por obras.
Hay que trabajar para merecer el reino de los cielos. Dice 2 Juan 8:
"Mirad
por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro
trabajo, sino que recibáis galardón completo".
Esto significa que debemos estar vigilantes por nosotros mismos, para
que no se arruine el fruto de nuestro trabajo. También en Colosenses
3:24-25, nos dice la Escritura: "24Sabiendo
que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a
Cristo el Señor servís. 25Mas el que hace injusticia, recibirá la
injusticia que hiciere, porque no hay acepción de personas".
La
Palabra del Señor no registra ni una sola vez que el reino de los
cielos se reciba por gracia por medio de la fe. Por ejemplo, si lees
las bienaventuranzas en Mateo 5, encontrarás que para entrar en el
reino de los cielos se necesita, entre otras cosas, ser pobres en
espíritu, y sufrir persecución por causa de la justicia; en cambio
la vida eterna se recibe por fe, inmerecidamente, sin que uno deba
hacer nada para recibirla, ni bueno ni malo; al contrario, dice que
no es por obras para que nadie se gloríe.
No
se nos tilde de cansones si no dejamos de repetir que la salvación
es un regalo de Dios; pero que también debemos trabajar para
participar en el Reino. Si trabajamos conforme el plan de Dios,
recibiremos recompensa; pero si no trabajamos, o si lo hacemos en la
carne, recibiremos castigo.
Jesucristo,
el fundamento
Leemos
en 1 Corintios 3:8-10: "8Y
el que planta y el que riega son una misma cosa: aunque cada uno
recibirá su recompensa conforme a su labor. 9Porque nosotros somos
colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de
Dios. 10Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como
perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero
cada uno
mire
cómo sobreedifica".
En
estos versículos la Escritura habla que el que trabaja recibe su
recompensa, que es como un incentivo para los siervos del Señor que
trabajan en Su obra. Dios está trabajando en Su labranza y nosotros
somos Sus colaboradores, porque la Iglesia es la tierra cultivada por
Dios donde Cristo fue plantado; y esa tierra hay que regarla,
abonarla, limpiarla, para que produzca el fruto previsto en la
Palabra. Además de labranza, la Iglesia es el edificio de Dios, la
casa de Dios, la cual se está construyendo; el Señor está
trabajando en esa construcción con la colaboración de nosotros.
¿Quiénes trabajan en esa edificación? Nosotros, unos más que
otros, aunque algunos no hacen nada. Pero muchos trabajan usando
métodos, planos y materiales que no son de Dios. Pablo puso el
fundamento, la base de la enseñanza; las cartas de Pablo son la
revelación de la Iglesia. Cada uno debe saber cómo sobreedifica
sobre este único fundamento de la Iglesia. Alguien puede estar
ocupado sobreedificando sobre el fundamento de Jesucristo pero
obedeciendo, no a la Palabra, no al evangelio, no a las cartas de
Pablo ni al resto del Nuevo Testamento, sino a otras directrices
diferentes, otras corrientes doctrinales, otras tradiciones, ideas,
estatutos, leyes y normas de organizaciones y liderazgos de factura
humana. La casa de Dios la edifica el propio Señor; sin Él toda
edificación es inútil. Dice el Salmo 127:1: "Si
Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican;
si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia".
Materiales
de la construcción
Seguimos
leyendo 1 Corintios 3: "11Porque
nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es
Jesucristo. 12Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata,
piedras preciosa, madera, heno, hojarasca".
En
la edificación de la casa de Dios hay un único fundamento, que es
Su Hijo Jesucristo, la piedra angular. Aquí figuran seis elementos
con los cuales se está edificando. Los
tres primeros, oro, plata y piedras preciosas, simbolizan la Trinidad
divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los tres últimos, madera,
heno y hojarasca, simbolizan lo humano en esa sobreedificación;
el último grupo se contrapone al primero, pues los pensamientos del
hombre no son los de Dios. Dios quiere edificar su casa con los tres
primeros elementos. El oro se refiere a la naturaleza divina, a la
voluntad de Dios, lo eterno, lo que jamás se envejece, lo más
glorioso; en cambio la madera es la naturaleza humana, lo que perece.
Por ejemplo, en el tabernáculo lo principal es Cristo, el arca, la
cual estaba hecha de madera de acacia (la humanidad de Cristo)
recubierta de oro (la divinidad de Cristo). De manera que si se
edifica en oro significa que se está obedeciendo la voluntad de Dios
consignada en el Nuevo Testamento; pero si es en madera, es porque se
está obedeciendo otras opiniones; es lo que ha hecho la cristiandad
a partir del siglo V de esta era. Pero si seguimos al Señor Jesús,
debemos hacer su voluntad, y Él vino a hacer la voluntad del Padre
que lo envió. "Jesús
les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que
acabe su obra"
(Jn. 4:34). Antes de que el Señor naciera en carne, el Padre ya
tenía preparado todo, galaxias, sistemas solares, mares,
continentes, todo lo necesario para que hombre pudiese vivir en la
tierra y se pudiese encarnar Su hijo y salvar a la Iglesia (salvar
a toda la humanidad: 1Ti_4:10
(RV1977) ...
el Dios viviente, que es el Salvador de todos
los hombres,
especialmente de los que creen).
Dios no va a dejar el cumplimiento de sus propósitos al criterio de
los hombres. El primer Adán falló, pero segundo Adán vino a
vencer, a obedecer a Dios. A partir de Él, Cristo vino a preparar
para Dios una nueva raza humana, el verdadero hombre a la imagen de
Dios.
El Padre le dijo al Hijo lo que debía hacer. "No
puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi
juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del
que me envió, la del Padre".
¿Por qué insiste el Señor Jesús en esto? Para darnos ejemplo de
obediencia. "38Porque
he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad
del que me envió. 39Y esta es la voluntad del Padre, el que me
envió. Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo
resucite en el día postrero"
(Jn. 6:38-39).
Volvemos
a Efesios 2:19-22: "19Así
que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los
santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el
fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra
del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en
quien vosotros
también sois juntamente edificados para morada de Dios en el
Espíritu".
¿A qué se refiere aquí con el
fundamento de los apóstoles? Se refiere al Nuevo Testamento.
Estamos en plena edificación del templo, y el Señor quiere terminar
ese edificio con personas obedientes. Recuérdese que cada uno de
nosotros es una de las piedras vivas, con las cuales el Señor está
edificando su casa. Él no busca montones de piedras muertas, ni
siquiera que haya montones de piedras por allá y otras por acá; Él
busca que todos estemos juntos para poder ser edificados. Cuando
Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el
Señor le dijo: "Y
yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré
mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella".
El que edifica la Iglesia es Cristo, y nosotros somos colaboradores;
Él con nosotros y nosotros con Él. Si no edificamos con Él, sólo
estaríamos edificando con madera. Ya no sería Su Iglesia; de pronto
estaríamos edificando nuestras pequeñas iglesias.
¿Qué
es la Iglesia? La palabra iglesia viene del griego ekklesia (de ek,
fuera de, y klesis,
llamamiento). Se usaba entre los griegos de un cuerpo de ciudadanos
reunido para considerar asuntos de estado (Hch. 19:39). La iglesia de
Jesucristo (Mt. 16:18), la cual es Su cuerpo (Ef. 1:22; 5:22) es toda
la compañía de los redimidos a través de la era presente. La
Iglesia universal del Señor es la misma que nació el día de
Pentecostés, diez días después de haber ascendido el Señor a la
diestra del Padre. Entonces vemos que en esa construcción de la
Iglesia, nosotros somos Sus colaboradores, quienes estamos
sobreedificando, "edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal
piedra del ángulo Jesucristo mismo".
Esa sobre edificación, cuando se hace sobre el fundamento de los
apóstoles y los profetas, es decir, de acuerdo con lo que ellos
predicaron y escribieron, debe ser en oro, plata y piedras preciosas,
lo cual es la obra de Dios. Allí el
oro,
el metal precioso por excelencia, representa
la naturaleza de Dios Padre, Su vida,
Su gloria, Su justicia, Su obra, Sus propósitos con la creación; la
plata
se relaciona con la
redención, la obra del Hijo,
por el precio asignado por el Señor (Zacarías 11:12; Mateo 16:15),
y las piedras
preciosas
tienen que ver con la
manifestación y obra del Espíritu Santo en la Iglesia y en la vida
de cada uno de nosotros en particular.
Las piedras preciosas son carbones purificados y trabajados a través
del tiempo con alta presión y temperaturas elevadas.
Infortunadamente,
sobre ese mismo fundamento, Jesucristo, a menudo también se suele
trabajar por iniciativa propia, valiéndonos de nuestro propio punto
de vista, excluyendo la voluntad del Señor; se abandonan los
principios del fundamento apostólico, de lo que ellos dejaron
registrado por la voluntad de Dios, y es cuando aparecen otros tres
elementos que de alguna manera se relacionan con los tres primeros:
madera, heno y hojarasca. Si se edifica en madera,
que representa la
naturaleza del hombre,
esa obra se destruye, se convierte en basura. Tenemos por ejemplo, el
arca del pacto. Fue hecha de madera de acacia recubierta de oro, pues
era un tipo de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. También
dice Juan el Bautista en Mateo 3:10: "Y
ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por
tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el
fuego".
Si se edifica en heno,
que es una planta de
utilización periódica, esa sobre edificación también fenece y no
es eterna
en comparación con la salvación eterna que nos aseguró el Señor
Jesús en la cruz. Por último, puede ser que se edifique en
hojarasca,
que son hojas secas, muertas, que caen de los árboles cuando sus
tejidos se marchitan y ya no les llega la savia; eso simboliza las
cosas de vistosa apariencia pero de una fragilidad impresionante, son
las cosas inútiles y de poca sustancia,
aunque a nosotros nos parezca que lo estamos haciendo muy bien,
especialmente en las palabras y promesas; o esa demasiada e inútil
frondosidad de algunos árboles y plantas, todo
lo inútil con que creemos que estamos agradando al Señor,
despreciando el verdadero trabajo del Espíritu Santo en nosotros,
comparado con las piedras preciosas. La madurez de un creyente se da
a través de un proceso y un laborioso trabajo del Espíritu del
Señor en nosotros y con nosotros, llevando la cruz, negándonos a
nosotros mismos, pasando por pruebas. Dios nos dio Su vida en la
regeneración, el oro; también nos ha redimido por la obra de Su
Hijo, la plata, y también forja dentro de nosotros las piedras
preciosas, para que seamos la imagen de Su Hijo. Dios no cambia las
piedras preciosas por hojarasca. La
vida que Dios nos ha dado no es afectada por el fuego. Los tres
primeros, lo de Dios, son materiales duraderos, y los tres últimos
son materiales combustibles, perecederos, por cuanto simbolizan la
obra del hombre.
A continuación podemos intentar hacer una comparación un poco más
detallada entre los tres elementos de Dios y los tres elementos del
hombre:
-Oro.
El oro es el primer elemento indicado para la sobre-edificación de
la iglesia. El oro se relaciona con la
obediencia a la voluntad del Padre.
Ya hemos visto que el Señor ha establecido y ordena que la
edificación de su casa se efectúe sobre el fundamento puesto por
los apóstoles y profetas. "Y
el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce
nombres de los doce apóstoles del Cordero"
(Ap. 21:14). El testimonio de los doce apóstoles del Cordero es
fundamental, pues por medio de ellos el Señor nos dejó en el Nuevo
Testamento los detalles sobre esta edificación del templo. El
modelo, pues, de la Iglesia del Señor está en el Nuevo Testamento.
La edificación de la iglesia del Señor debe ser sobre la base de la
unidad del Espíritu, no de la carne; la unidad sólo se puede
realizar en el amor en la iglesia de una localidad. Obedecer
la voluntad de Dios para edificar la iglesia, es sobreedificar en
oro.
El oro, por tanto, se contrapone a la madera. El
oro y la madera se juntan en la construcción del arca del
tabernáculo, auténtico tipo de Cristo, verdadero Dios y verdadero
hombre.
"10Harán
también un arca de madera de acacia, cuya longitud será de dos
codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y
medio.
11Y la cubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y harás sobre
ella una cornisa de oro alrededor"
(Éx. 25:10-11). Esos dos versículos nos hablan de lo central del
tabernáculo. Ahora nosotros somos el tabernáculo de Dios, y el arca
(Cristo) la llevamos dentro de nosotros, en nuestro lugar santísimo
(nuestro espíritu regenerado).
-Madera.
La madera es lo que se contrapone al oro; la madera es la naturaleza
humana; el hombre mortal. Pero en esa madera viene Cristo a morar y
trae el oro de la naturaleza divina. Cristo se va desarrollando en
nosotros. "Y
ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por
tanto, todo árbol que no da fruto es cortado y echado en el fuego"
(Mt. 3:10). No se refiere a los árboles del campo, sino a los
hombres que no dan fruto de arrepentimiento. Mateo 7:19 lo repite en
palabras del Señor Jesús. Él quiere que cada uno de nosotros demos
abundante fruto; pero fuera de su voluntad no podemos dar fruto. Dios
quiere que nos capacitemos para un trabajo en Su obra. Nosotros en
nuestra vida natural podemos ir adquiriendo conocimientos, escalando
logros, incluso posiciones desde donde nos enaltecemos; pero a medida
que Cristo se forma en nosotros, el Espíritu Santo nos va mostrando
qué hay dentro de nosotros, y podemos ver los rezagos
supersticiosos, los fundamentos filosóficos y religiosos. La
religión del mundo se fundió con la cristiandad; de Babilonia ese
espíritu pasó a formar al papado romano y del papado pasó al
anglicanismo y de allí a los bautistas, a los presbiterianos, etc.
La iglesia del Señor quedó cautiva en una maraña de sistemas
construidos con madera, y el Señor decidió sacarla de allí, y
continuar su construcción con oro, plata y piedras preciosas. Todo
lo que no edifica la casa de Dios en unidad del Cuerpo de Cristo, es
construido con madera; y se quemará. Nosotros somos la asamblea de
los santos; somos santos porque hemos sido apartados para Dios. En la
cristiandad infiel se ha metido mucho fundamento filosófico, mucho
judaísmo, mucha construcción de templos materiales, muchas leyes y
preceptos estatutarios, mucho nicolaísmo, mucha religión
babilónica, mucha magia, comercialización con la Palabra de Dios,
visualización, mucho piense y hágase rico. Al comienzo se formaron
las grandes denominaciones en torno a doctrinas; hoy se organizan en
torno a liderazgos y "ministerios".
-Plata. Se
relaciona con el
Hijo de Dios,
con la
redención en la cruz.
Tipifica la vida del hombre redimido; en la plata estamos
involucrados los redimidos; la sobreedificación con plata tiene que
ver con nuestro
andar con Cristo.
El Cordero de Dios está íntimamente ligado con Su cruz. Cuando en
Apocalipsis Juan vio el trono de Dios, allí estaba el Cordero
inmolado. Los hechos más relevantes de la historia de la humanidad
son: la encarnación del Verbo de Dios, su crucifixión y
resurrección en cuerpo glorioso. Cristo resucitó para jamás volver
a gustar la muerte. Durante Su ministerio Él resucitó a Lázaro y a
otros, pero ellos volvieron a morir. Cristo está edificando a través
de la cruz; si nosotros no llevamos nuestra cruz y experimentamos la
negación de nuestro yo, no podemos edificar con Cristo. A través de
ese proceso hay revelación en nuestras vidas, pero antes debe haber
revelación del Padre acerca del Señor Jesús como Salvador; si no
hay revelación nadie puede creer en Cristo. ¿Quién es Cristo para
ti? Nadie busca al Señor; es el Señor el que nos busca. Él siempre
toma la iniciativa, nosotros jamás.
Mateo 16:15: "Él
les dijo: Y vosotros, ¿quién
decís que soy yo?"
Surge una pregunta, ¿cuál es la roca que menciona el Señor?
"16Respondiendo
Simón Pedro, dijo: Tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de
Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que
está en los cielos".
Conocer quién es Jesús es una revelación del Padre. Ya que el
Padre te reveló quién soy yo y tú lo confiesas, entonces "18Yo
también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi
iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".
Ahora dejas de ser Simón; ahora eres una piedra viva para la
construcción de mi casa. La construcción no es material; es una
casa espiritual. Sobre esta roca, sobre lo que acaba de confesar
Pedro "edificaré
mi iglesia".
Ahí está el fundamento. La roca es Cristo, y Pedro es una piedra
vida. "Vosotros
también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y
sacerdocio santo"
(1
Pe. 2:5). Cristo es la piedra viva, la piedra angular, y nosotros
somos piedras vivas en Cristo. Nosotros somos "20edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal
piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio,
bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;
22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada
de Dios en el Espíritu"
(Ef. 2:20-22). El fundamento de los apóstoles y profetas es el Nuevo
Testamento; ellos fueron testigos de la encarnación del Verbo de
Dios, de Su vida como hombre, de Su muerte, de Su resurrección, de
Su ascensión al cielo. Unos ángeles de Dios se les presentaron y
les dijeron: "Varones
galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que
ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis
visto ir al cielo"
(Hch. 1:11). El apóstol Pablo también lo vio, y también fue
llevado al tercer cielo, y allí recibió toda esa información que
nos transmite en sus cartas; y Pablo fue apóstol, profeta,
evangelista, pastor y maestro.
Entonces, ¿quiénes sobreedifican?
Los creyentes en Cristo; pero esa sobreedificación puede ser errada;
algunos pueden estar edificando con madera, heno y hojarasca. De
modo, pues que la sobredificación con plata tiene que ver con el
Hijo, con la redención; la plata tipifica la vida del hombre
redimido, el andar con Cristo.
Con la plata se paga un precio. José, el hijo de Jacob, es un tipo
de Cristo; él fue vendido como esclavo por sus propios hermanos por
veinte piezas de plata (Génesis 37:28). El Señor fue vendido por
treinta piezas de plata, como está profetizado en Zacarías 11:12-13
y su cumplimiento en Mateo 26:14-15. La plata se relaciona con el
hecho de que nuestra vida está unida al Señor. Él pagó el precio
con Su preciosa sangre. La
plata tiene que ver con la vida de Cristo en nosotros.
Es necesario que Cristo se forme y crezca en nosotros
(Gá. 2:20); nosotros en Cristo ya fuimos a la cruz, por eso ahora es
necesario que Él viva Su vida en mí. Si no es así, no estoy
sobreedificando con plata. Si Cristo vive en mí, ya yo no vivo; el
vivir en la carne (comer, dormir, laborar, hablar), lo vivo no en mis
propias ilusiones e intereses. Cuanto más viva Cristo en mí, se van
de mí las antiguas costumbres, porque Él trae otras costumbres a
nuestras vidas. La
edificación en plata, como en Cristo, puede incluir en nosotros el
sufrimiento.
"1Puesto
que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también
armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne,
terminó con el pecado, 2para no vivir el tiempo que resta en la
carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a
la voluntad de Dios"
(1 Pe. 4:1-2).
-Heno.
Si no se edifica en plata, la contraparte negativa es el heno. El
heno es una gramínea que simboliza al hombre caído,
el hombre no redimido, el hombre carnal, no regenerado. Cuando
se trata de un creyente, es un bebé espiritual y nunca deja de serlo
(1
Co. 3:2,3), de manera que su edificación lo hace en sus egoísmos,
mal carácter, ambiciones y avaricia; pretensiones de que lo puede
todo. Cuando la vida de uno no ha pasado del hombre viejo, está en
la hierba, en el heno (1 Pe. 1:24); el hombre viejo atrae la gloria
de los hombres. Muchas veces al hombre le gusta recibir la gloria
terrena, las miradas de aprobación, las felicitaciones. Pero el que
así obra, todo lo está haciendo en heno; muchos viven pendientes de
los hombres. La gloria y el vivir humano se seca cuando sale el sol
(la venida del Señor), la flor se cae (Sant. 1:9-11) y perece. El
verdadero tesoro debe ser el Señor; los demás tesoros enceguecen y
apartan de Dios. Hay una gran diferencia entre el vivir de Cristo y
el vivir carnal. Entre
la plata y el heno podemos ver la relación entre la hierba y el
vivir de Cristo.
-Piedras
preciosas.
Tenemos aquí la
obra transformadora del Espíritu Santo en nosotros.
Los creyentes hemos pasado por un proceso. El Padre nos hizo del
barro de la tierra para vivir en este mundo físico (Gé. 2:7; Ro.
9:20,21); el Hijo, al creer en Él, nos convirtió en piedras vidas a
fin de vivir en Su casa y hacer parte de ella (Jn. 1:42; Mt.
16:17,18; 1 Pe. 2:5) y el Espíritu Santo vino a convertirnos en
piedras preciosas para entrar al reino y a la Nueva Jerusalén, la
ciudad celestial (Ap. 21:18-20; 2 Co. 3:18; Ro. 12:2). Como barro
somos vasos;
como piedras
vivas construidas somos casa,
y como piedras
preciosas
haremos parte de la ciudad
de Dios.
En la naturaleza las piedras preciosas se forman a través de un
prolongado proceso de altas temperaturas y presiones; algo parecido
nos sucede a nosotros. (Mt. 16:24) Nadie quiere someterse a la cruz,
y a la negación de su ego. Pero sólo
la acción de la cruz aplicada por el Espíritu realiza esa
transformación.
A la Nueva Jerusalén no puede entrar nada que no sea precioso. Para
ser precioso hay que pagar el precio.
-Hojarasca.
Es lo opuesto a la piedra preciosa. Hojarasca
es lo que no tiene vida, está seca.
La
hojarasca es el obrar y vivir proveniente de una fuente terrenal.
Es el proceder de un alma sin la debida transformación y vida por
parte del Espíritu Santo. Es cuando en nuestro ser natural no somos
piedras sino barro. Todo lo que se construye con hojarasca, cuando no
sale de una vida transformada por el Espíritu Santo, no está firme,
se va hacia cualquier corriente (Salmo 83:13); todo se quema fácil
(Isaías 33:11)."12Y
si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras
preciosa, madera, heno, hojarasca, 13la obra de cada uno se hará
manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será
revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará. 14Si
permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá
recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida,
si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego"
(1 Co. 3:12-13).
Pero
llega el día del juicio de la Iglesia. El Señor vendrá a probar
todas nuestras obras; vendrá a ver cómo utilizamos nuestros
talentos. ¿Qué sucede, pues, con los que sobreedifican en oro,
plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca? Que el fuego lo
probara todo. Ese
fuego es el juicio (Deuteronomio
33:2
Dijo: Jehová vino de Sinaí, Y de Seir les esclareció; Resplandeció
desde el monte de Parán, Y vino de entre diez millares de santos,
Con LA LEY DE FUEGOa su mano derecha). El
fuego del juicio del Señor a la Iglesia en Su venida, entra a probar
si lo que hemos sobreedificado ha sido en oro, plata y piedras
preciosas. Si es así, en todo eso se sale victorioso, y hay
recompensa; unos más, otros menos, pero hay, y se entra a participar
con el Señor en el Reino. Si es con oro, plata y piedras preciosas,
habrá recompensa, la cual es el Reino Milenial. Pero al llegar a los
que han edificado en madera, heno y hojarasca, todo cambia. Pero si
se quema la obra, sufrirá pérdida del Reino, y entrará en una
disciplina. Habrá, pues, un período de pagar el precio así
como por fuego
(Mat. 5:21-26). Nadie pierde la salvación, pero todo eso se quema,
pues nada de eso fue conforme a Dios. Entonces el Señor dice en su
Palabra: "14Si
permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá
recompensa. 15Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida,
si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego"
(1 Co. 3:14-15). Mateo 5:27-30. Si algo es para mí de mucha
atracción y con ello peco, debo cortar con ello. Está hablando a la
Iglesia. En Apocalipsis 20:11-14 habla de la muerte segunda, la
Gehena. El Lago de Fuego es la misma Gehena. El juez es el Señor,
los alguaciles son los ángeles. Si no te reconcilias con tu hermano
ahora, vas a pasar una temporada en el Lago de Fuego hasta que pagues
el último cuadrante.
Apocalipsis
2:9-11. El
que venciere no sufrirá daño de la segunda muerte.
La primera muerte es la muerte física, la separación del alma del
cuerpo. La segunda muerte es la separación de la persona de todo
contacto con Dios y lanzada en el Lago de Fuego, la perdición eterna
(por
el eón o edad hasta el Gran Jubileo de Creación).
Se
debe buscar vivir una vida de obediencia y sometimiento al Señor
para ser un vencedor y no sufrir daño de la segunda muerte.
A
menudo hay diferencia entre servir a Dios y trabajar para Dios. Dice
el hermano Watchman Nee: "Muchos
van apresuradamente de un sitio a otro para conseguir fama por sus
obras. No cabe duda de que han realizado esas obras, pero en realidad
no han servido a Dios",*(1)
pues efectivamente, no le han servido a Dios, sino al templo y a sus
propios intereses.
*(1)
W. Nee. "El
Plan de Dios y los Vencedores".
Ed. Vida. 1977. pág. 56.
Cuarta
promesa
"26Al
que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad
sobre las naciones, 27y las regirá con vara de hierro, y serán
quebrantadas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido
de mi padre"
(Ap. 2:26-27).
Debemos
vencer las tres grandes religiones tergiversadas que están reveladas
en el libro de Apocalipsis: el judaísmo, el catolicismo y el
protestantismo. Estas religiones le han hecho daño a la Iglesia.
¿Por qué? Debido a que las religiones se han contaminado con
misterios y principios satánicos disfrazados con la apariencia de
verdades bíblicas. Las organizaciones religiosas de corte
institucional, al no guardar las obras del Señor, a menudo se
pervierten y se revisten de un dominio mundano y temporal, inclinadas
a recibir la gloria de los hombres, y hacer las cosas bajo otras
directrices diferentes de las del Señor. Pero el Señor muestra otra
alternativa al creyente: dejar ese camino autoritativo y dominante,
dejar de morar en la tierra, donde tiene su trono el mismo diablo, y
ocupar su lugar en los lugares celestiales con Cristo.
Por otro
lado, hoy en día, para el cristiano hay un gran peligro en la
amistad y compañerismo con los mundanos. Puede que la intención sea
a veces atraer a los incrédulos. Esto, por inocente que parezca,
siempre arroja pésimos resultados. ¿Por qué es tan nefasto? Porque
las personas de mundo, en su ceguera y oscuridad no permiten que se
les hable del evangelio; no les interesa, les estorba. Como
consecuencia los resultados son inversos: el cristiano es sumergido
en una lucha frente a una fuerza que lo trata de arrastrar a los
vicios y costumbres propios del mundo y del pecado, de donde ya el
Señor lo ha sacado. Por eso el vencedor de Tiatira se enfrenta a las
tentaciones que la impía Jezabel le presenta; es el que hace con
perseverancia las obras que agradan al Señor. La carta apocalíptica
a Tiatira es una profecía que se cumple con la formación de la
Iglesia Católica Romana. Dice el hermano Lee: "En
Mateo 13:33 el catolicismo es tipificado por una mujer que leudó
‘tres medidas de harina’, que representan toda la enseñanza
acerca del elemento de Cristo en Su persona y obra. La Iglesia
Católica aceptó la enseñanza neotestamentaria, pero la leudó. El
pan sin levadura es difícil de comer"*(2).
El vencedor recibirá autoridad sobre las naciones, y las regirá con
cetro de hierro y las hará añicos como cacharro de barro, de la
misma manera que el Señor Jesús ha recibido potestad del Padre
celestial en el Salmo 2:8-9. Esto ocurrirá en el reino mesiánico
milenario, en que el creyente fiel participará de lleno en el
gobierno de las naciones, tanto en la parte regia como en la
judicial. Es una promesa de carácter escatológico. En Lucas
19:16-17 dice: "16Vino
el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. 17Él le
dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel,
tendrás autoridad sobre diez ciudades".
*(2)
Witness Lee. "Los Vencedores". LSM. pág. 67.
Entonces,
a los vencedores de Tiatira Dios les promete gobernar, reinar y regir
las naciones con Cristo en el Reino venidero. De acuerdo con Mateo
3:2, desde hace dos mil años vino a la Iglesia el reino de los
cielos, pero por la degradación de la Iglesia, el cristianismo
convencional es la apariencia del reino de los cielos descrita en las
parábolas de Mateo 13. Los que vencen al sistema religioso, también
se relacionan con el "hijo
varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones"
de Apocalipsis 12:5, y "los
quebrantarás con vara de hierro; como vasija de alfarero los
desmenuzarás" del
Salmo 2:9. ¿Cuándo estarán los vencedores recibiendo esa autoridad
de quebrantar las naciones como vaso de barro? Durante el futuro
reino del milenio. ¿Por
qué relaciona el Señor las naciones y el sistema religioso
dominante con vasijas de barro? Volvamos al libro del Génesis
Satanás y sus seguidores quieren imitar la edificación de Dios, en
la construcción de la ciudad terrenal, Babilonia, y su sistema
político religioso, no según Dios sino según el hombre, no con
piedras, sino con ladrillos (barro cocido modelado por el hombre).
"3Y
se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con
fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en
lugar de mezcla. 4Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una
torre, cuya cúspide llegue hasta el cielo; y hagámonos un
nombre..."
(Gén. 11:3-4). Los sistemas religiosos del hombre, todo lo que se
encamina hacia el ecumenismo, todo lo que se aparta de Dios, es
construido con ladrillo (barro cocido), es destructible. Se hacen un
nombre, con el agravante de que es un nombre efímero, como todo lo
que no sale de las manos de Dios.
Dios
está edificando con los vencedores una ciudad celestial, la Nueva
Jerusalén, la casa de Dios que es la Iglesia, con piedras vivas y
preciosas. El Señor invita a vencer guardando las obras de Dios,
según el plan trazado por Dios, de acuerdo con la maqueta de Dios.
Las obras de los hombres a veces son muy llamativas, pero engañosas;
les falta la autenticidad estampada en la Palabra de Dios. El
vencedor es un creyente espiritual, y sabe captar cuando las cosas no
son de Dios y las discierne por el Espíritu, y no se aparta de la
voluntad de Dios. Por eso recibirá la misma autoridad para gobernar
que recibió el Señor Jesús del Padre. Las obras de la iglesia
apóstata se realizan bajo la influencia de Satanás.
La
estrella de la mañana
"Y
le daré la estrella de la mañana"
(Apo.
2:28).
A
los vencedores de Tiatira el Señor promete darles la estrella de la
mañana. ¿Cuál
es esa estrella de la mañana? Es el Señor Jesús mismo.
"Yo
Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en
las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella
resplandeciente de la mañana"
(Ap. 22:16). En
astronomía, la estrella de la mañana es Mercurio, el astro que se
vislumbra en la hora más oscura de la madrugada, próxima a la
salida del Sol; es como un anuncio de que viene la luz del día;
y por esa razón lo relacionan con el dios romano del mismo nombre, y
con el dios griego Hermes, heraldo de Zeus, el padre de los dioses
del Olimpo. Esa
estrella de la mañana sólo puede ser vista por las personas que
madruguan y estén atentas a contemplarla en el firmamento.
De manera que podemos entender que el Señor Jesucristo, en su
segunda venida y manifestación gloriosa, será la estrella de la
mañana sólo para los hermanos vencedores, los que no andan dormidos
espiritualmente, sino velando y esperando la venida del Señor. Para
el resto de la Iglesia, el Señor no será la estrella de la mañana,
sino que cuando despierten de su sueño, Él será como el sol cuando
ha salido para todos. Sólo a los vencedores no los sorprenderá la
venida del Señor como ladrón en la noche; es decir, no los tomará
por sorpresa.