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NO PODEMOS BORRAR DE LA HISTORIA EL CRISTIANISMO PRIMITIVO ("Cuando el Cristianismo era Nuevo", David W. Bercot)
La mayoría de los evangélicos sencillamente pasamos por alto
a los cristianos primitivos. Rara vez hablamos de ellos en nuestras
iglesias, y no tomamos en cuento sus escritos en lo mínimo.
Nuestra actitud me hace pensar de la actitud de los fariseos
hacia Juan el Bautista. Cuando los fariseos procuraron atrapar a
Jesús haciéndole la pregunta de dónde venía su autoridad, Jesús
respondió: “Yo también os haré una pregunta... El bautismo de
Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces
discutían entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, nos dirá: ¿Por
qué, pues, no le creísteis? Y si decimos, de los hombres, tememos
al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. Y respondiendo
a Jesús, dijeron: No sabemos” (Mateo 21.24-27).
¿No es cierto que nuestra actitud hacia los cristianos primitivos
es muy parecida a esto? No podemos decir que sus creencias son
correctas, porque entonces tendríamos que reconocer que las
nuestras no son correctas. Por otra parte, no queremos acusar a
ellos de ser herejes, porque no podemos negar su fe invencible y
su amor cristiano sobresaliente. Además, si dijéramos que son
herejes, también tendríamos que decir que los distintos libros de
nuestro Nuevo Testamento fueron coleccionados y compilados por
herejes. Por lo tanto, igual que los fariseos, rehusamos responder.
No adoptamos ninguna opinión. Sencillamente pasamos por alto a
los cristianos primitivos, como si el no prestarles nada de atención
los hiciera desaparecer. Pero pasarlos por alto no borra de la
historia las verdades de las cuales ellos testificaron.
Nos falta la humildad respecto a nuestras creencias
Hagan el favor de entenderme: No estoy diciendo que todos
nosotros debemos desechar de inmediato todas nuestras creencias
y adoptar las de los cristianos primitivos. Sencillamente estoy
diciendo que si vamos a ser honrados, tenemos que admitir que no
siempre hemos sido honrados. Por ejemplo, muchas de nuestras
doctrinas acerca de la salvación se parecen mucho a las de los
gnósticos. Bueno, es posible que los gnósticos tuvieran razón.
¿Pero realmente creemos que sí? Seamos honrados.
Por lo menos, debemos reconocer la posibilidad de que algunas
de nuestras doctrinas no sean correctas, aunque siempre las
hayamos creído de todo corazón. Cuando primero leí los escritos
de los cristianos primitivos, me dio vergüenza darme cuenta de
que los cristianos primitivos no enseñaban mucho de lo que yo
había enseñado a otros por muchos años ya. En verdad, ellos
claramente calificaban de heréticas a algunas de las creencias que
yo tenía. Por no decir más, esta experiencia me hizo más humilde.
Pero tal vez eso mismo es lo que a todos nos falta: una dosis fuerte
de humildad teológica.
Hace poco explicaba a un amigo cristiano lo que los cristianos
primitivos creían y practicaban. La mayoría de lo que yo decía
concordaba con lo que él creía. Se emocionó bastante de lo que yo
le decía, creyendo que el testimonio de los cristianos primitivos
daba testimonio positivo de que las creencias de él eran correctas.
Pero cuando yo comencé a contarle de algunas de las creencias de
ellos que no concordaban con las de él, se vio perplejo y se calló.
Luego moviendo la cabeza negativamente, dijo con toda seriedad:
—Estaban muy equivocados ellos, ¿verdad?
No se le ocurrió la posibilidad de que él mismo pudiera estar
equivocado.
Tal vez no estamos dispuestos a cambiar nuestras creencias a
base del testimonio de los cristianos primitivos. Pero por lo menos
debemos dejar de juzgar con tanta severidad a aquellos que, en
toda honradez, interpretan las Escrituras de manera diferente a la
que las interpretamos nosotros . . . especialmente si sus
interpretaciones concuerdan con las de los cristianos primitivos.
Jesús nos advierte: “No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la
medida con que medís, os será medido” (Mateo 7.1-2).
Parece que muchos de nosotros no creemos en verdad lo que
Jesús dijo. Juzgamos sin misericordia las interpretaciones sinceras
de otros. Y creemos que Jesús se sonreirá y nos alabará en el día
del juicio. Pero tal vez estamos equivocados. Tal vez las
interpretaciones nuestras sean las incorrectas. Tal vez Jesús haga
exactamente lo que dijo. Tal vez nos juzgue precisamente de la
manera que hemos juzgado a otros.
Los escritos de los cristianos primitivos nos dan un
punto de referencia
Como muchos otros, yo verdaderamente creo que la Biblia es
la única autoridad para los cristianos, un libro inspirado y sin
error. Pero nosotros los cristianos que creemos la Biblia estamos
divididos entre cientos de diferentes denominaciones y sectas. Por
lo general, tales divisiones no resultan porque hay cristianos que
tuercen las Escrituras para motivos egoístas con intención de
engañar. Al contrario, es verdad que muchas enseñanzas en la
Biblia no están muy claras. Muchos pasajes de la Biblia se pueden
entender de diferentes formas.
Como resultado de eso, aun los cristianos que creen la Biblia se
sienten obligados a fijar otra base de autoridad, además de la
Biblia. Por ejemplo, muchos ponen mucha confianza en los
impresos de su denominación o las autoridades eclesiásticas.
Muchos confían en los pastores, en los seminarios, en los
comentarios bíblicos, en los credos, o en las tradiciones de la
iglesia evangélica. Pero, ¿cuánto valor tienen, en realidad, tales
fuentes de autoridad? ¿Puede un seminario tener más
entendimiento que otro? ¿Podemos saber que nuestro pastor sí
tiene razón y el otro pastor no? ¿Cómo podemos estar seguros de
que un autor como Matthew Henry, escribiendo un comentario en
el siglo decimoséptimo, entendió lo que los apóstoles querían
decir.
Aquí nos pueden ayudar los escritos de los cristianos
primitivos. Sí, nos pueden ayudar bastante. Estos escritos no son
inspirados, y nunca pretenden ser inspirados. Los escritores de la
iglesia primitiva no levantaban sus escritos al mismo nivel que las
Escrituras. Tampoco debemos hacerlo nosotros. Sin embargo, de
sus escritos podemos saber lo que creían los cristianos al final de
la época apostólica. Esto nos da un punto de referencia que es
mucho más valioso que cualquier otro punto de referencia que
tenemos en el siglo veinte, sea seminario, comentario o pastor.
Si vamos a usar los escritos de los cristianos primitivos como
punto de referencia, tenemos que ser honrados con ello. Algunas
denominaciones citan los escritos de la iglesia primitiva para
apoyar sus doctrinas eclesiásticas. Cuando eso hacen, se basan en
que el testimonio de los cristianos primitivos es evidencia fuerte
de lo que los apóstoles creían. No obstante, yo he confrontado a
líderes de estas mismas denominaciones con otras creencias de los
cristianos primitivos, creencias que no concuerdan con las de su
denominación. ¡Y todo cambió muy rápido! En este momento, lo
que creían los cristianos primitivos no tenía importancia.
En otras palabras, cuando los escritos de los cristianos
primitivos concuerdan con lo que nosotros creemos, los
apreciamos. Cuando no concuerdan, los despreciamos y no los
tomamos en cuenta. ¿Será honrado esto? Si esto hacemos,
¿estamos buscando en realidad la verdad de Dios?
La unidad sin la uniformidad
Después de estudiar los escritos de los cristianos primitivos,
tengo que concluir que había un núcleo de creencias y prácticas
que ellos habían recibido de los apóstoles. Casi sin excepción, los
cristianos primitivos aceptaban estas creencias y prácticas. Pero a
la vez, evidentemente había muchos puntos que los apóstoles no
habían explicado a la iglesia, ni a nadie. En tales puntos había
mucha diversidad entre los cristianos primitivos. Mas aun así, no
se dividieron en una multitud de diferentes sectas a causa de estos
puntos. En verdad, discutían estas cosas muy poco entre sí.
Por ejemplo, Justino creía que muchas profecías de la Biblia se
cumplirían literalmente durante el milenio. Pero muchos otros
cristianos creían de otra manera. Vean el espíritu apacible de
Justino cuando él habló de sus opiniones milenarias con un grupo
de judíos: “Como dije antes, yo y muchos otros tenemos esta
opinión. Creemos que estas profecías se cumplirán de esta manera.
Pero, por otra parte, les dije también que hay muchos que creen de
otra manera, y son de la fe pura y justa. Son también cristianos.”1
Es muy típico de los cristianos primitivos tal espíritu poco
contencioso, libre de prejuicios. No permitían que su diversidad de
opiniones destruyera su espíritu apacible.
Aunque intransigentes en su obediencia a Cristo, los cristianos
primitivos eran flexibles en los puntos que los apóstoles no habían
fijado con certeza. Debiéramos imitar su espíritu apacible.
Evaluando las iglesias de hoy
Después de estudiar los escritos de los cristianos primitivos, me
hice para atrás y me puse a evaluar mi propia espiritualidad. Como
dije antes, según las normas actuales, soy cristiano con una entrega
más que ordinaria. Pero según las normas de la iglesia primitiva,
soy débil espiritualmente. Entonces, me hice la pregunta: “Cuando
Dios me evalúa, ¿qué ve?”
Tal vez la iglesia de hoy en día debe hacerse esta pregunta.
¿Qué ve Dios en la iglesia actual? ¿Está contento con lo que ve en
nosotros? ¿Nos está derramando sus mejores bendiciones? ¿O será
que nos ve del mismo modo que vio a la iglesia del cuarto siglo,
después de Constantino?
Hago esta pregunta porque me parece que vemos actualmente
las mismas condiciones que existían en el cristianismo de
entonces, el cristianismo del siglo cuarto. Veo hoy la misma
sensación de bienestar que había en el mundo religioso en el siglo
cuarto. En aquel tiempo, los cristianos creían que vivían en una
época nueva de bendición y prosperidad espiritual. Se jactaban de
milagros, de sanidades sobrenaturales, y del gran crecimiento en la
iglesia. Lo mismo veo en la iglesia de hoy. Muchos cristianos
afirman que estamos viviendo en una época nueva, en la cual Dios
está colmando a la iglesia de prosperidad material, milagros, y
muchas bendiciones—bendiciones que él no dio antes a la iglesia
durante los dos mil años de su historia.
Muy bien. Es posible que, por alguna razón, Dios esté
colmando de bendiciones espirituales a la iglesia actual. Pero a
base de lo que veo en la historia de la iglesia, es muy poco
probable que sea así. Es mucho más probable que estamos
engañándonos a nosotros mismos. Pensémoslo bien. ¿Por qué
daría Dios una cruz de aflicción a los cristianos fieles de la iglesia
primitiva, mientras él nos da a nosotros prosperidad material,
salud milagrosa, y además muchos placeres carnales?
Por favor no me entiendan mal. Yo no niego que Dios hace
milagros. He leído de sanidades milagrosas y de otros milagros en
la iglesia primitiva. Pero estas cosas eran poco comunes, y la
iglesia daba poco énfasis a tales cosas. Después de que la madre
de Constantino supuestamente halló la cruz de Jesús, entonces sí
¡qué ola más grande de milagros y sanidades sobrenaturales
inundó a la iglesia!
La iglesia del cuarto siglo también creía que el crecimiento
rápido de la iglesia indicaba que Dios aprobaba su obra y sus
métodos. Lo mismo veo hoy. Las iglesias que destacan las
bendiciones materiales, las sanidades y otros milagros están
creciendo bastante rápidamente. Pero ¿será eso evidencia de la
aprobación de Dios? Recordemos que la iglesia creció diez veces
más rápido después de la conversión de Constantino que antes.
Aun entre los evangélicos tradicionales el crecimiento se ha
convertido en una obsesión. Los métodos que producen el
crecimiento se están adoptando en una iglesia tras otra. Por
ejemplo, la manía actual donde vivo yo es la construcción de
grandes complejos lujosos para la recreación. Las iglesias los
llaman “centros de la vida familiar”. De lo que yo he visto, las
iglesias que tienen tales centros de recreación crecen más rápido
que las que no los tienen. Pero ¿qué importa? La iglesia del cuarto
siglo bien demostró que podemos usar los métodos humanos—
como los templos lujosos y las fiestas religiosas—para hacer
crecer la iglesia. Pero la iglesia del cuarto siglo no pudo demostrar
que podemos usar los métodos humanos para hacer una iglesia
mejor.
No es demasiado tarde para volver
Los cristianos de los primeros siglos produjeron una revolución
espiritual en el mundo porque no temieron desafiar las actitudes, la
vida, los valores del mundo antiguo. Su cristianismo era mucho
más que un credo, un conjunto de doctrinas. Era una manera
distinta y nueva de vivir. Y toda la fuerza del mundo romano—
militar, económico y social—no pudo pararlo. Sin embargo,
después de trescientos años, empezó a fracasar.
¿Por qué? Porque los cristianos perdieron su fe obediente en
Dios. Opinaron que podían mejorar al cristianismo con los
métodos humanos, usando los métodos del mundo. Pero no
mejoraron al cristianismo. Destruyeron su corazón.
Hay un refrán muy práctico en las partes rurales de Texas (E.E.
U.U): “Si no está quebrado, no lo repare”. En otras palabras, no
procure mejorar lo que no está fallando. El supuesto mejoramiento
puede causar daño.
El cristianismo primitivo no estaba fallando. No le faltaba
“mejoramiento”. Pero los cristianos del siglo cuarto se
convencieron de que bien podían mejorar al cristianismo. “Si ser
cristiano trajera bendiciones materiales y prosperidad, pudiéramos
convertir a todo el mundo”, razonaron. Pero a fin de cuentas, la
iglesia no convirtió al mundo. El mundo convirtió a la iglesia.
Pero todavía, de alguna manera los cristianos de hoy en día no
se han convencido ni con las lecciones de la historia. La iglesia de
hoy todavía se goza de su matrimonio con el mundo. Y todavía
creemos que podemos mejorar al cristianismo por medio de los
métodos humanos. Pero en el sentido verdadero, el cristianismo no
mejorará hasta que vuelva a la santidad práctica, el amor no
fingido, y la abnegación verdadera de los cristianos primitivos. Ya
debemos habernos divorciado del mundo—un divorcio que sí
tuviera la bendición inequívoca de Dios.
¿Dónde están la cruz de abnegación y sufrimiento, y el
estandarte de fe y amor, que llevaban los cristianos primitivos?
Quedaron tirados en las calles polvorientas de Nicea. Pero no es
demasiado tarde. La iglesia puede volver, recogerlas, levantarlas y
llevarlas otra vez.
Libro: CUANDO EL CRISTIANISMO ERA NUEVO, David W. Bercot
Algunas perlas que encontrarán:
La mayoría de las personas
tendrían vergüenza de aparecer por las calles en su ropa interior.
Mas no sienten nada de vergüenza acostarse en las piscinas en
un traje de baño que exhibe su cuerpo de igual manera. Y muchos
cristianos, ¿no hacen lo mismo que los mundanos? Andamos
delante de todo el mundo en trajes de baño que
hubieran escandalizado a los incrédulos hace apenas 50 años.
Pero parece que eso no nos importa, ya que el segmento
conservador de la sociedad lo ha aceptado, nosotros también lo
aceptamos. Esto lo escribo reprochándome a mí mismo. Yo
también me burlaba de los cristianos que se oponen a los trajes
de baño de hoy en día, llamándolos gazmoños y pudibundos.
Pero el testimonio de los cristianos primitivos me hizo cambiar
de actitud.
Clemente de Alejandría:
“Los vestidos lujosos que no
ocultan el talle del cuerpo en realidad no son vestidos. Tales
vestidos,ajustándose al cuerpo, toman la forma del cuerpo y se
adhieren a la figura. Así destacan la figura femenina, de manera que
su figura entera se revela al que la ve, aunque no ve su mismo
cuerpo… Tales vestidos están diseñados para exhibir, no para
cubrir.”
Los cristianos de hoy a menudo
se jactan de que son diferentes del mundo, pero en realidad
usualmente son diferentes sólo de cierto segmento del mundo.
PAPEL DE LAS MUJERES EN LA
IGLESIA
¿Por qué es tan apremiante
hoy esta cuestión sobre el papel de las mujeres en la iglesia? ¿Será
porque hemos hallado otros manuscritos de la Biblia que niegan
la enseñanza de la Biblia que usamos? ¿O será porque nuestra
cultura está diciendo que los papeles de las mujeres no deben
distinguirse de los de los hombres? Otra vez, ¿quién no puede
resistir la cultura de su día—nosotros o los
cristianos primitivos?
Clemente lo explicó de esta
forma: “Dios no corona a aquellos que se abstienen de lo malo sólo
por obligación. Es imposible que una persona viva día tras día
de acuerdo a la justicia verdadera excepto de su propia
voluntad. El que se hace ‘justo’ bajo obligación de otro no
es justo en verdad… Es la libertad de cada persona la que
produce la verdadera justicia y revela la verdadera maldad.”
¿Cuál sería la actitud
de los demás cristianos hoy hacia uno que se hiciera de
veras pobre para ayudar a otros? ¿O hacia uno que se vistiera con
veras pobre para ayudar a otros? ¿O hacia uno que se vistiera con
toda sencillez y modestia, sin
tomar en cuenta la moda? ¿O que no
mostrara nada de interés en
los deportes violentos de la
actualidad? ¿O que rehusara
mirar la televisión y asistir a los cines
cuando éstos se concentran en
la inmoralidad o cuando reciben su
picante de palabrotas y
violencia gráfica? Seamos honrados. ¡Tal
persona sería tenida por
fanático!
CRISTIANOS PRIMITIVOS vs PREDESTINACIÓN Y LIBRE ALBEDRÍO (David W. Bercot, "Cuando el Cristianismo era Nuevo")
Lo que creyeron acerca de la predestinación y
el libre albedrío
Muchos cristianos evangélicos creen que la Reforma de Lutero
volvió la iglesia a las normas de los creyentes primitivos. Muchos
también creen que los cristianos evangélicos de hoy enseñan lo
mismo que enseñaba Lutero. Sin embargo, ninguna de estas
suposiciones está en lo correcto.
Probablemente a usted le extrañará aprender que nuestra
doctrina actual sobre la salvación por la fe es muy diferente de la
doctrina de los cristianos primitivos. Tal vez le extrañará aun más
aprender que nuestra doctrina sobre la salvación también es muy
diferente de la de Martín Lutero y los otros reformadores. En
verdad, enseñamos sólo la mitad de la doctrina de la Reforma
sobre la salvación.
Es cierto que Lutero a veces dijo que el hombre se salva “sólo
por la fe”. Pero también es cierto que enseñó que el hombre está
tan totalmente depravado que él ni siquiera puede ejercer fe en
Dios o aceptar el don de la salvación. Por eso, según Lutero, las
únicas personas que tienen la fe salvadora son aquellas a quienes
Dios se la ha dado. Y Dios da esa fe solamente a aquellos que él
predestina arbitrariamente para ello desde antes de la creación. Al
decir “arbitrariamente”, quiero decir que Lutero enseñaba que
Dios da esa fe a algunas personas, y no a otras, sin tomar en cuenta
el deseo, la fe, la justicia, las acciones o las oraciones de estas
personas.
Al final, Lutero no pudo sino lamentar: “Esa fe es la del grado
más alto—creer que él es misericordioso, el mismo que salva a tan
pocos y condena a tantos. Creer que él es justo, el que según su
propia voluntad nos dispone sin remedio a la condenación.”1 De
esta manera los reformadores no enseñaron que el hombre se salva
sólo por la fe, o que se salva por recibir a Cristo. Enseñaron que
los predestinados a la salvación se salvan de pura gracia y los
demás se condenan eternamente.
Es una creencia popular, pero sin base, que Juan Calvino inició
la doctrina de la predestinación. Calvino sencillamente repetía la
teología establecida por todos los reformadores. Así que, los que
hoy en día dicen que la oferta de la salvación se ofrece libremente
a todo el mundo contradicen una doctrina fundamental de la
Reforma.
Después de la Reforma, por varios siglos los cristianos
evangélicos trataron de convencer a un mundo dudoso que
nuestras vidas y nuestros destinos eternos son predestinados
arbitrariamente por Dios. Decían que el Dios que los predestina de
esta forma es un Dios de amor. Pero yo digo: ¡Qué ironía! ¡Los
cristianos primitivos trataron de convencer al mundo dudoso que
la vida y el destino de los hombres no se determinan por
predestinación!
Creyeron en el libre albedrío
Los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre
albedrío. Por ejemplo, Justino propuso el siguiente argumento a
los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos
nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se
miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra
manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a
nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y
otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo
la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de
escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables
por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería
merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo
bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual
manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que
él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer
sólo lo que fue creado para hacer.”2
Clemente escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni
condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no
tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el
pecado fuera involuntario.”3
Arquelao, escribiendo pocos años después, dijo lo mismo:
“Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a
cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha
instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede
guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve
en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa
ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el
poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección
que él quiera.”4
Metodio, un mártir cristiano que vivió cerca de los fines del
tercer siglo, escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos]
que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman
que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son
culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la
causa y el autor de las maldades humanas.”5
Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base,
sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras
semejantes:
· “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en
él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan
3.16).
· “El Señor no retarda su promesa, según algunos la
tienen por tardanza, sino que es paciente para con
nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino
que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro
3.9).
· “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye,
diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera,
tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis
22.17).
· “Os he puesto delante la vida y la muerte, la
bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para
que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio
30.19).
De esta manera, vemos que en el principio el mundo pagano,
no los cristianos, creían en la predestinación. Mas, en una de las
peculiaridades de la historia cristiana, Lutero apoyó a los romanos
paganos y se opuso a los cristianos primitivos. No quiero decir
que, en efecto, se hizo partidario de los romanos. Digo que
literalmente se hizo su partidario. Por ejemplo, Lutero escribió lo
siguiente acerca de la suerte y la predestinación:
“¿Por qué será tan difícil que nosotros los cristianos
entendamos estas cosas? ¿Por qué se nos consideran irreligiosos,
raros y vanos si discutimos estas cosas y las sabemos, cuando los
poetas paganos, y todo el mundo, hablaban de ellas muchas veces?
Hablando sólo de Virgilio [un poeta pagano romano], ¿cuántas
veces habla él de la suerte? ‘Todas las cosas quedan fijas bajo ley
inmutable.’ Otra vez: ‘Fijo está el día de todos los hombres.’ Otra
vez: ‘Si la suerte te llama.’ Y otra vez: ‘Si tú quieres romper la
cadena de la suerte.’ La meta de este poeta es mostrar que la suerte
tuvo más que ver con la destrucción de Troya, y con la grandeza
de Roma, que todos los esfuerzos unidos de los hombres… De eso
podemos ver que todo el mundo tenía el conocimiento de la
predestinación y de la presciencia de Dios igual como tenían el
conocimiento de la existencia de la deidad. Y los que quisieron
mostrarse sabios disputaban tanto que, siendo entenebrecidos sus
corazones, se hicieron necios (Romanos 1.21-22). Negaron o
fingieron no saber las cosas las cuales los poetas, y todo el mundo,
y hasta sus propias conciencias, creyeron ser conocidas en todo el
mundo, y muy ciertas, y muy verdaderas.”6
¿Cómo explicaron ellos los pasajes bíblicos que al parecer
enseñan la predestinación?
De lo que yo puedo observar, muchos cristianos evangélicos—
quizás la mayoría—dicen que creen en la predestinación. Mas, sus
oraciones y sus acciones muestran que en realidad no creen. Otros
se desesperan ante toda la confusión religiosa y admiten: “No sé
qué creer”.
El problema consiste en que la Biblia nos dice: “Escoge, pues,
la vida, para que vivas”; pero también nos dice que: “No depende
del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene
misericordia”. Por una parte, dice que Dios es paciente, “no
queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al
arrepentimiento” (2 Pedro 3.9). Por otra parte, dice que Dios “de
quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer,
endurece” (Romanos 10.18).
Yo he luchado con tales pasajes contradictorios, según parece,
casi toda mi vida. Me dio bastante consolación hallar que los
cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas—y bíblicas—
de estas aparentes contradicciones. En verdad, su manera de
explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre son
de las más razonables que jamás he oído.
Por contraste, otra vez los gnósticos eran los que enseñaban
que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la
salvación o para la condenación. Recuerde que según ellos somos
totalmente depravados porque fuimos creados por un Dios
inferior. No es de extrañarse, entonces, que enseñaron que
podemos ser salvos sólo si Dios nos escoge para la salvación.
En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes escribe
de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos
usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío
y de la predestinación que su alumnos le hicieron. Aquí doy una
parte de lo que escribió Orígenes:
“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio
justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que
vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que
nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder.
“Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de
nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la
suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros
mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh
hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de
ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8].
Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la
vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’
[Deuteronomio 30.15, 19].
“Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a
entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos
causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. El dice: ‘¿O
menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y
longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al
arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no
arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la
revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno
conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien
hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los
que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a
la injusticia’ [Romanos 2.4-8].
“Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento
como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo
contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus
mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos.
Así que, examinémoslos uno por uno.
“Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado
dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el
corazón de Faraón’ [Éxodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue
endurecido por Dios y pecó como resultado de ese
endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo
libre albedrío.
“Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas
antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?
¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?
¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la
misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos
9.20-21].
“Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos
cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón.
Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los
Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar
misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la
intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que
muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al
agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y
abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el
ser quemada’ [Hebreos 6.7-8].
“Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia
dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la
tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no
hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto,
cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba
descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta
manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las
lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o
cultivadas o descuidadas.
“También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual
pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas
acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor
que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De
semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de
Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón.
Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los
hebreos [Éxodo 12.38].
“Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni
del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos
9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer
algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su
fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el
fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio.
Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da
Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la
ayuda de Dios.
“Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté,
Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que
planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1
Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha
del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo
sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo,
no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos
espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo
nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la
nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es
muchísimo mayor que la nuestra.”7
¿Puede Dios ver el futuro?
Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos
primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su
habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las
profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y
Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y
no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte
fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el
causarlo.
PROSPERIDAD Y SALUD vs CRISTIANISMO PRIMITIVO (David W. Bercot, "Cuando el Cristianismo era Nuevo")
La prosperidad:
¿ Una bendición o una trampa ?
El pastor de la iglesia más grande del mundo, el Dr. Paul
Yonggi Cho, hace poco escribió un libro sobre el tema de la
prosperidad del cristiano. Le dio este título a su libro (traducido al
español): La salvación, la salud, y la prosperidad. Después de
escribir sobre el hecho de que somos ciudadanos del cielo,
prosiguió a decir: “Ya que somos reyes, ¿no debemos de tener la
majestad, la honra y los bienes materiales propios de los reyes?
Esta es nuestra herencia natural. Es un patrimonio que podemos
reclamar por medio de sólo presentar la documentación necesaria.
Estos son tesoros que podemos reclamar tanto como pudiéramos
sacar dinero de un banco en el cual una gran cantidad de dinero
hubiera sido depositado en nuestra cuenta. Si uno pretende ser un
rey, pero vive en pobreza y enfermo y desesperado, ¿cómo podrá
la gente creer su pretensión?”1
El evangelio “de salud y prosperidad” ha llegado a ser
sumamente popular en las iglesias de hoy. Muchas de las iglesias
que están creciendo más en el mundo hoy son las iglesias que
predican este “evangelio”. Algunos de los predicadores de
prosperidad construyen su teología entera alrededor de un
versículo en 3 Juan: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en
todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3
Juan 2).
¿Qué quería decir Juan al escribir estas palabras? ¿Quería decir
que deseaba que los cristianos todos prosperaran materialmente y
que tuvieran salud? ¿Les estaba prometiendo que Dios siempre les
daría las riquezas y la salud?
Antes de interpretar a la ligera las palabras de Juan, ¿por qué
no ha tomado el tiempo alguien para consultar los escritos de
Policarpo, el compañero íntimo de Juan? Si los predicadores de la
prosperidad hubieran investigado los escritos de este compañero
de Juan, hubieran encontrado una advertencia apremiante contra la
búsqueda de la prosperidad material. No hubieran encontrado ni
una palabra de apoyo para su evangelio de “salud y prosperidad”.
En verdad, los cristianos primitivos testifican que los mismos
apóstoles vivieron en la pobreza, no en la prosperidad material.
Los cristianos primitivos no consideraron que la riqueza fuera
una bendición de Dios. Al contrario, la consideraron como una
trampa que fácilmente pudiera costarles la vida eterna. Se basaron
en pasajes bíblicos como los siguientes:
· “Raíz de todos los males es el amor al dinero” (1
Timoteo 6.10).
· “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos
con lo que tenéis ahora” (Hebreos 13.5).
· “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y
el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni
el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni
hurtan. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará
también vuestro corazón” (Mateo 6.19-21).
· “Ninguno puede servir a dos señores; porque o
aborrecerá a uno y amará al otro, o estimará al uno y
menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a
las riquezas” (Mateo 6.24).
Al final de este capítulo doy otras Escrituras que sirvieron de
base para sus creencias acerca de la prosperidad.
Los peligros de la prosperidad
Dando aplicación a los versículos que cité arriba, Hermes
escribió: “Estos son los que tienen fe verdadera, pero también
tienen las riquezas de este mundo. Venida la tribulación, niegan al
Señor a causa de sus riquezas y sus negocios... Por eso, los que
son ricos en este mundo no pueden ser útiles al Señor a menos que
primero sus riquezas sean disminuidas. Aprende esto primero de tu
propio caso. Cuando tú eras rico, eras inútil. Pero ahora eres útil y
preparado para la vida.”2 Por eso amonestó: “Guárdate de meterte
mucho en el negocio y evitarás el pecado. Aquellos que se ocupan
con muchos negocios también cometen muchos pecados; se
distraen por sus negocios en vez de servir al Señor.”3
Clemente advirtió que “la riqueza puede, sin la ayuda de nada,
corromper al alma de aquellos que la poseen y extraviarlos del
camino de la salvación.” El describió la riqueza como “un peso de
que debemos despojarnos, el cual debemos echar de nosotros
como una enfermedad peligrosa y fatal.”4
Cipriano, hombre rico antes de convertirse, dio todos sus
bienes a los pobres cuando se hizo cristiano. Después advirtió a los
miembros de su congregación: “Un amor ciego a las posesiones ha
engañado a muchos. ¿Cómo podrán los ricos estar preparados, o
dispuestos, a partir de esta tierra [en la persecución] cuando sus
riquezas los encadenan aquí? . . . Por eso, el Señor, el Maestro de
lo bueno, les advierte de antemano, diciendo: ‘Si quieres ser
perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás
tesoro en el cielo; y ven y sígueme’ [Mateo 19.21]. El que no
tuviera nada en este mundo no sería vencido por el mundo.
Seguiría al Señor, sin cadenas, libre, como hicieron los apóstoles...
Pero ¿cómo podrán seguir a Cristo cuando la cadena de la riqueza
los estorba? … Ellos creen que poseen, pero en realidad son ellos
una posesión. No son los señores de su riqueza, sino los esclavos
de ella.”5
Utilizando el ejemplo de Jesús sobre el camino ancho y el
camino angosto, Lactancio advirtió contra aquellos que hacían
promesas de riqueza y prosperidad:
“Satanás, habiendo inventado las religiones falsas, vuelve a los
hombres del camino al cielo y los guía en el de la destrucción. Este
camino parece plano y espacioso, lleno de los deleites de las flores
y los frutos. Satanás coloca todas estas cosas en el camino, las
cosas estimadas como buenas en este mundo: la riqueza, la honra,
la diversión, el placer, y todas las demás seducciones. Pero
escondidos entre estas cosas vemos también la injusticia, la
crueldad, el orgullo, la lascivia, las contenciones, la ignorancia, las
mentiras, la necedad y otros vicios. El fin de este camino es lo
siguiente: Cuando hayan avanzado tanto que no pueden volver, el
camino se desaparece junto con todos sus deleites. Esto sucede sin
advertencia de manera que nadie puede prever el engaño del
camino antes de caer en el abismo...
“Por contraste, el camino al cielo parece muy dificultoso y
montañoso, lleno de espinos y cubierto de piedras dentadas. Por
eso, todos los que andan en él tienen que usar mucho cuidado para
guardarse de no caer. En este camino Dios ha colocado la justicia,
la abnegación, la paciencia, la fe, la pureza, el dominio propio, la
paz, el conocimiento, la verdad, la sabiduría, y otras virtudes más.
Pero estas virtudes van acompañadas de la pobreza, la humildad,
los trabajos, los sufrimientos y muchas penas y pruebas. Porque el
que tiene una esperanza para el porvenir, el que ha escogido las
cosas mejores, será privado de los bienes terrenales. Por llevar él
poco equipo y estar libre de las distracciones, él puede vencer las
dificultades en el camino. Porque es imposible que el rico
encuentre este camino, o que persevere en él, ya que se ha rodeado
de las ostentaciones reales, o se ha cargado de las riquezas.”6
(Mateo 7.13-14; 19.23-24).
Pero los cristianos primitivos no sólo hablaron de la pobreza,
en verdad eran pobres. Y los romanos se burlaron de ellos por eso
mismo. Por ejemplo, un romano reprochó a los cristianos,
diciendo: “Vea, muchos de ustedes—en verdad, según ustedes
mismos dicen, la mayoría de ustedes—están en necesidad,
soportando frío y hambre, y trabajando en trabajos agotadores.
Pero su dios lo permite.”7 Admitiendo lo cierto de esta acusación,
el licenciado Félix respondió, diciendo: “Que dicen que muchos de
nosotros somos pobres, no es desgracia, sino gloria. De la manera
que nuestra mente se afloja por la riqueza, también se fortalece por
la pobreza. Mas, ¿quien es pobre si nada desea? ¿si no codicia lo
que tienen otros? ¿si es rico para con Dios? Al contrario, el pobre
es aquel que desea más, aunque tenga mucho.”8
Los romanos se extrañaban tanto de este mensaje de los
cristianos contra el materialismo que ridiculizaban al cristianismo.
Un crítico romano llamado Celso se mofó de los cristianos,
diciendo: “¿Cómo pudo Dios ordenar [a los judíos] por medio de
Moisés que aumentaran riqueza, que gobernaran, que llenaran la
tierra, que pusieran a la espada a sus enemigos de todos los
siglos...cuando a la vez, su Hijo, el hombre de Nazaret, dio
órdenes muy contrarias a éstas? Este afirmó que el que ama el
poder, las riquezas y la honra no puede venir al Padre. [Enseñó]
que no deben preocuparse por su comida más que las aves; que no
deben molestarse por el vestir más que los lirios.”9
Tal vez alguien dijera que esos cristianos vivían en la pobreza
sólo porque tanto despreciaban la riqueza que Dios les quería dar
que la regalaban. Pero ¿cómo puede un hombre dar más de lo que
Dios da? Si la riqueza fuera de Dios, el cristiano no la perdería si
obedeciera la palabra de Dios y la compartiera con los pobres.
¡Qué contraste entre el mensaje de ellos y él de nosotros!
Ahora hagamos el contraste entre lo que enseñaban los
cristianos primitivos y lo que se enseña en muchas iglesias hoy.
Por ejemplo, Kenneth Hagin, un maestro y escritor cristiano muy
conocido en los Estados Unidos hoy, afirma haber tenido este
diálogo con Dios:
“El Señor siguió diciendo: ‘Y tú, Satanás, ¡cuida tus manos de
tocar el dinero mío!’ Porque es Satanás el que estorba para que
usted no lo tenga; no soy yo.
“‘Reclámalo porque está aquí sobre la tierra y Satanás se ha
apoderado del dinero, porque él es el dios de este siglo. Di: “Yo
reclamo…”, nombrando lo que tú quieras o necesites.’
“Algunos van a disputar: ‘Bien, yo puedo creer que Dios
proveerá para nuestras necesidades, pero me parece bastante raro
cuando usted me dice que ¡él va a darme todo lo que desee!’ Eso
mismo dije yo al Señor: ‘Sí, Dios, puedo creer que tú deseas suplir
lo que necesitamos. Pero ¿suplirás todos nuestros deseos?’
“El me contestó: ‘Tú pretendes ser muy rigorista en atender a
mis palabras. En el Salmo 23 que tú tantas veces citas, dice:
“Jehová es mi pastor, NADA me faltará”.’
“Dice en Salmo 34: ‘Los leoncillos necesitan, y tienen hambre;
pero los que buscan a Jehová NO TENDRÁN FALTA de ningún
bien.’ (v. 10).
“Reclama lo que necesites o desees. Di: ‘Satanás, cuida tus
manos de tocar mi dinero’. Luego, di: ‘Vayan, espíritus
ministradores, y traíganme el dinero’.”10
Otra vez, en los primeros siglos, los herejes, no los cristianos,
enseñaban esa teología de prosperidad. Por ejemplo, uno de los
herejes más infames del tercer siglo, Pablo de Samosata, enseñaba
y practicaba un mensaje de prosperidad. Unos ancianos cristianos
contemporáneos decían esto de él: “Anteriormente él era pobre y
desamparado. No heredó nada de su padre. No ganó nada por una
empresa o un negocio. Pero ahora posee gran riqueza por medio de
sus engaños y hechos vergonzosos… El ha hecho ricos [también a
sus seguidores]. Por este motivo, los que desean la riqueza le aman
y le admiran.”11
¿Disfrutaron los cristianos de mejor salud?
En cuanto al “evangelio de salud”, la historia, tanto la cristiana
como la secular, nos enseña que los cristianos no disfrutaron de
mejor salud que los mundanos a su alrededor. Las cartas escritas
por los cristianos dan testimonio de que ellos padecieron de las
mismas enfermedades y calamidades de que padecieron los demás.
Los cristianos primitivos creyeron en la sanidad divina, pero
sus testimonios acerca de los milagros de sanidad confirman que
tales sanidades las administraban a los incrédulos como señal para
éstos. Normalmente no las recibían ellos mismos como si fuera
una bendición prometida por Dios.
Cipriano escribió de la desilusión de algunos cristianos cuando
padecieron de alguna enfermedad: “Les molesta a algunos que el
poder de la enfermedad nos ataque a nosotros de la misma manera
que ataca a los paganos. [Es] como si el cristiano creyera en
disfrutar de los placeres de este mundo y escapar de las
enfermedades, en lugar de soportar las adversidades aquí y esperar
los goces venideros. Mientras permanezcamos sobre la tierra,
pasaremos por las mismas tribulaciones que los demás de la raza
humana, aunque vivamos separados de ellos en espíritu… Así
como cuando la tierra se hace estéril y no hay cosecha, el hambre
no hace acepción de personas. Cuando un ejército enemigo captura
una ciudad, todos son llevados cautivos sin distinción. Cuando las
bellas nubes no dan su agua, la sequía afecta a todos por parejo…
Padecemos de enfermedades de los ojos, de fiebre, y de debilidad
del cuerpo, en la misma manera que los demás.”12
Los cristianos primitivos no tenían una religión que prometía la
prosperidad material ni una salud superior en esta vida. Pero sí
creían en el poder de Dios. Como ya hemos visto en los capítulos
anteriores, su fe en el poder de Dios y su protección sobresale ante
la fe de los cristianos de hoy en día.
Habiendo dicho esto, sus diferencias con nosotros no descansan
con este tema de la prosperidad. Difieren con nosotros en varios
puntos morales a los cuales hacemos frente hoy.
Aquí doy otros pasajes que los cristianos primitivos usaban
como base de sus enseñanzas sobre la riqueza material: “Aún te
falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y
tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Lucas 18.22). “Porque
es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar
un rico en el reino de Dios” (Lucas 18.25). “Porque todo lo que
hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y
la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1
Juan 2.16). “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de
Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la
vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo
2.3-4). “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni
pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas sino
en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que
las disfrutemos” (1 Timoteo 6.17). “Así que, teniendo sustento y
abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6.8). “¡Vamos
ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán.
Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas
de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho
testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes
como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros”
(Santiago 5.1-3). “Porque es necesario que el obispo sea
irreprensible…no codicioso de ganancias deshonestas…no avaro”
(1 Timoteo 3.2-3).
PASTORES GRADUADOS DE LA ESCUELA DE LA VIDA (David W. Bercot, "Cuando el Cristianismo era Nuevo"
La entrega a Cristo de todos los cristianos de la iglesia
primitiva refleja la calidad de sus líderes.
La mayoría de las iglesias evangélicas de hoy en día están
gobernadas por un pastor en unión con una junta de ancianos y
quizás una junta de diáconos. Normalmente, el pastor ha tenido su
preparación profesional o hasta ha recibido su título de seminario,
pero no fue criado en la iglesia que lo llama a ser pastor. A
menudo no tiene ningún poder de gobernar en la iglesia excepto el
poder de la persuasión.
La junta de ancianos o la de diáconos, por lo general, se forma
de hombres que trabajan una jornada completa en empleos
seculares. Administran los programas y los asuntos financieros de
la iglesia, y muchas veces fijan hasta la política de la iglesia. Pero
de costumbre nadie corre a ellos para recibir consejos espirituales.
No son los pastores del rebaño espiritual.
Sí, usamos los mismos nombres para los líderes de la iglesia
como los que usaban los cristianos primitivos. Hablamos de
ancianos y de diáconos. Pero en realidad el método de gobernar
nuestras iglesias difiere mucho del método de las iglesias
primitivas. En vez de tener un pastor preparado profesionalmente,
entre ellos los ancianos todos eran pastores que dedicaban su
tiempo a la obra de la iglesia. El anciano mayor de edad o tal vez
el más capacitado servía como el presidente de los ancianos.
Generalmente se le llamaba el obispo o el supervisor de la
congregación. Ni el obispo ni los ancianos eran desconocidos,
traídos a la congregación de otra parte. Normalmente habían
pasado muchos años en la congregación. Todos conocían sus
puntos fuertes y también sus puntos flacos.
Además, no se preparaban para servir como obispos o ancianos
por medio de estudiar en un instituto bíblico o seminario, llenando
sus cabezas de ciencia. La congregación no buscaba tanto una
ciencia profunda sino una espiritualidad profunda. ¿Vivían cerca
de Dios? ¿Habían dado ya por años un buen ejemplo a otros
cristianos? ¿Estaban dispuestos hasta a dar su vida por Cristo?
Como Tertuliano dijo a los romanos: “Nuestros ancianos son
hombres probados. Obtienen su posición no por un sueldo, sino
por firmeza de carácter.”5
En aquel tiempo no había seminarios. Un hombre aprendía lo
necesario para servir como anciano en la escuela de la vida.
Recibía su preparación de los ancianos con más experiencia.
Aprendió cómo andar con Dios y pastorear en la iglesia por
observar e imitar su ejemplo. Recibió la experiencia práctica
guiado por ellos, y no tuvo que hacer todo perfectamente. Tenía
que ser capaz de enseñar por medio de su ejemplo tanto como por
medio de su palabra. De otra manera no sería llamado jamás para
ser anciano u obispo.
Lactancio explicó la diferencia entre los maestros cristianos y
los paganos así:
“Hablando de aquel que enseña los fundamentos de la vida y
amolda la vida de otros, hago la pregunta: ‘¿No es necesario que él
mismo viva de acuerdo con los fundamentos que enseña?’ Si no
vive de acuerdo con lo que enseña, su enseñanza resulta nula… Su
alumno le contestará así: ‘No puedo hacer lo que usted me enseña,
porque es imposible. Me enseña a no enojarme. Me enseña a no
codiciar. Me enseña a no lujuriar. Me enseña a no temer el
sufrimiento y la muerte. Pero todo esto está muy contrario a la
naturaleza. Todos los hombres sienten estos deseos. Si usted está
convencido de que es posible vivir contrario a los deseos
naturales, primero permítame ver su ejemplo para que yo sepa que
en verdad es posible.’…¿Cómo podrá [el maestro] quitar este
pretexto de los obstinados, a no ser con su ejemplo? Sólo así
podrán sus alumnos ver con sus propios ojos que lo que enseña es
en verdad posible. Es por eso mismo que nadie vive de acuerdo
con las enseñanzas de los filósofos. Los hombres prefieren el
ejemplo a solo palabras, porque fácil es hablar—pero difícil
actuar.”6
En una de sus cartas, Cipriano describe la manera en que las
iglesias primitivas escogían a un anciano u obispo nuevo: “Será
escogido en la presencia de todos, bajo la observación de todos, y
será probado digno y capaz por el juicio y testimonio de todos…
Para tener una ordenación apropiada, todos los obispos de las
demás iglesias de la misma provincia deben reunirse con la
congregación. El obispo debe ser escogido en la presencia de la
congregación, ya que todos conocen a fondo su vida y sus
hábitos.”7
Una vez escogido un anciano u obispo, por lo general quedaba
en esa congregación por toda su vida, a menos que la persecución
le obligara a trasladarse a otra parte. No servía unos tres o cuatro
años sólo para trasladarse a otra congregación más grande donde
le podían pagar mejor. Y como dije anteriormente, no sólo el
obispo sino mucho más todos los ancianos dedicaban todo su
tiempo a su trabajo como pastor y maestro. Se dedicaban
totalmente al rebaño. Se esperaba que dejaran cualquier otro
empleo, a menos que la congregación fuera muy pequeña como
para sostenerlos.
Tenemos copias de varias cartas enviadas entre dos
congregaciones cuando surgió la pregunta de qué hacer cuando un
anciano fue nombrado como ejecutor testamentario en el
testamento de un cristiano difunto. Bajo la ley romana, no había
salida para el que fue nombrado como ejecutor testamentario.
Tenía que servir, quisiera o no quisiera. Y el trabajo podía exigir
mucho tiempo. El anciano que escribió la carta se escandalizó de
que un cristiano nombrara a un anciano como ejecutor
testamentario, porque esos deberes le quitarían el tiempo de su
obra como pastor. De hecho, todos los ancianos se
escandalizaron.8
Imagínese el cuidado espiritual que recibieron los cristianos
primitivos de sus pastores. En cada congregación de entonces
había varios ancianos cuya única preocupación era el bienestar
espiritual de su congregación. Con tantos pastores trabajando todo
el tiempo en la congregación, cada miembro sin duda recibió el
máximo de atención personal.
Pero para servir como anciano u obispo en la iglesia primitiva,
un hombre tenía que estar dispuesto a dejarlo todo por Cristo. Lo
primero que dejaba era sus posesiones materiales. Dejaba su
empleo y el salario con que sostenía a su familia. Y no lo dejaba
para luego recibir un buen salario de la congregación. De ninguna
manera. Sólo los herejes pagaban un salario a sus obispos y
ancianos. En las iglesias primitivas los ancianos recibían lo mismo
que recibían las viudas y los huérfanos. Usualmente, recibían las
cosas necesarias para la vida, y muy poco más.9
Pero sacrificaban esos ancianos más que sólo las cosas
materiales del mundo. Tenían que estar dispuestos de ser los
primeros en sufrir encarcelaciones, torturas, y hasta la muerte.
Muchos de los escritores que cito en este libro eran ancianos u
obispos, y más de la mitad de ellos sufrieron el martirio: Ignacio,
Policarpo, Justino, Hipólito, Cipriano, Metodio, y Orígenes.
Con tal entrega de parte de sus líderes, no es difícil ver por qué
los cristianos ordinarios de esa época se dedicaron a andar con
Dios y a evitar la norma del mundo.
SER CONSERVADOR NO ES IGUAL A SER PIADOSO, David W. Bercot
¿Es ser conservador igual que ser piadoso?
Los cristianos de hoy a menudo se jactan de que son diferentes
del mundo, pero en realidad usualmente son diferentes sólo de
cierto segmento del mundo.
Los cristianos liberales pretenden ser diferentes del mundo
porque no participan de la intolerancia, el provincialismo y la
estrechez de miras que tiene el segmento conservador de la
sociedad. Pero la verdad es que las actitudes y la vida de los
cristianos liberales difieren muy poco de los liberales
que no son cristianos.
La misma cosa se ve entre los evangélicos. Nosotros nos
aferramos de los valores conservadores de la sociedad, y por lo
tanto, decimos que no estamos siguiendo la corriente de nuestra
cultura. Pero las actitudes conservadoras pueden ser del mundo
igual que las actitudes liberales. ¿No es cierto que ha cambiado
nuestro pensamiento sobre el divorcio, las diversiones, y otras
cosas semejantes, conformándose al pensamiento
de nuestra cultura?
En realidad, hay poca diferencia espiritualmente entre amoldar
la vida de acuerdo al segmento conservador de la sociedad y
amoldar la vida de acuerdo al segmento liberal. De todos modos,
estamos siguiendo al mundo. Lo que es conservador hoy era
liberal hace pocos años.
Bien recuerdo una conversación que tuve con un presentador
de discos de una emisora radial. Era el año 1969, y el presentador
tenía a sus treinta años. Discutimos los problemas que sobresalían
en esa época—la discriminación racial, la brutalidad policial, las
drogas y la guerra en Viet Nam. Habiendo conocido su programa
radial, me sorprendí de enterarme de que él se aferraba aún a
actitudes muy conservadoras. Al fin, comenté:
—Usted es un derechista verdadero, ¿no?
El se sonrió y replicó:
—No, ni siquiera soy conservador. Soy un verdadero
moderado. —Hizo una pausa, contemplando mi cara perpleja,
antes de decir—: Es que la sociedad se ha movido.
En ese momento, no presté mucha atención a sus palabras,
creyendo que él nada más se estaba justificando a sí mismo. Pero
su comentario me quedó grabado en la mente. Ahora veo que en
verdad tenía razón. Y la sociedad todavía está moviéndose. Sólo
nos estamos engañado si creemos que ser conservador
equivale en verdad a ser piadoso.
La realidad es que la iglesia del siglo veinte se ha casado con el
mundo. Las actitudes, el estilo de vivir, y los dilemas del mundo
son las actitudes, el estilo de vivir, y los dilemas de la iglesia. Russ
Taff, un cantor cristiano popular, hace poco comentó con bastante
franqueza sobre el cristianismo actual: “Los cristianos buscan a
consejeros, los cristianos tienen problemas familiares, y los
cristianos se vuelven alcohólicos. La única diferencia entre los
creyentes y los incrédulos es nuestra fe sencilla en un Dios
Creador, quien nos ama y nos ayuda cada día.”
Creo que el análisis de Russ Taff está en lo correcto. Pero
también creo que es un comentario muy triste sobre el estado del
cristianismo de hoy en día.
En los primeros siglos, los cristianos eran muy diferentes del
mundo en que vivían. Su estilo de vida servía como su testimonio
principal. Pero ¿por qué podían ellos vivir sin seguir a su cultura,
cuando nosotros hallamos que es muy difícil vivir sin seguir la
nuestra? ¿Qué poder tenían ellos que nos falta a nosotros?
(Del libro "Cuando el Cristianismo Era Nuevo" de David W. Bercot)
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