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DENOMINACIONES Y AFECTOS HUMANOS, Biografía de Watchman Nee, por Witness Lee


Principios de Moral Católica: PRIMER MANDAMIENTO. AMARÁS A ...


Denominaciones

Si deseaba seguir al Señor, no sólo debía dejar de ser miembro de la iglesia metodista de hecho, sino que también mi nombre debía ser borrado de su lista de miembros. Cuando entendí esto, vi que debía discutirlo con mi madre, porque ella me había inscrito allí. Mi madre no aprobó de inmediato mi intención, porque temía que los misioneros occidentales, nuestros buenos amigos, se molestaran. Yo entendía que no debemos temer que la gente se ofenda; más bien debemos temer ofender a Aquel que es más grande que nosotros.



Un día fui por barco a Mawei para ver a la hermana Margarita Barber. Le pregunté qué le parecía el hecho de que mi nombre estaba en “el libro de la vida” (pues así llaman al registro de la iglesia metodista). Ella contestó: “Me temo que entre los nombres de ese libro, muchos están muertos, y no pocos están pereciendo”. Yo dije: “¿Debo dejar mi nombre en un libro de la vida sobre la tierra?” Ella contestó: “Si tu nombre está inscrito en el libro de vida en los cielos, ¿qué necesidad tienes de que conste en un libro terrenal? Y si tu nombre no se halla en el libro celestial de vida, ¿en qué te beneficiaría un libro terrenal?”

Hablé frecuentemente con mi madre durante dos meses acerca de este asunto, pero ella no estaba de acuerdo. Un día toda mi familia se encontraba en el jardín, y aproveché la oportunidad para hablar con mis padres. Les dije: “¿Es bíblico dejar nuestro nombre en las denominaciones? Contestaron: “¡No!" Repetí: “¿No debemos acaso obedecer la Biblia?” “¡Sí!” contestaron. Añadí: “¿Por qué nos detenemos y no obedecemos las Escrituras?” Contestaron: “¡Muy bien! ¡Hazlo!” Inmediatamente hice una carta en borrador, y mi padre la escribió en limpio. La firmamos todos, y yo la mandé por correo certificado. En esencia, la carta decía lo siguiente: 
Hemos visto que la existencia de sectas no es bíblico y que las denominaciones son un pecado. Por consiguiente, a partir de hoy, háganos el favor de borrar nuestros nombres de su libro de vida. No estamos pidiendo eso por animadversión personal, sino por nuestro deseo de obedecer lo que enseñan las Escrituras. Nuestra decisión es final, y es innecesario discutir al respecto. Nos seguimos considerando sus amigos. Aparte de nuestro deseo de obedecer la Biblia, no tenemos ningún otro motivo para llevar a cabo esta acción”.


La barrera del amor humano


Dios obra en mí

Un día, mientras buscaba un tema en la Biblia para dar un mensaje, la abrí al azar y apareció ante mis ojos Salmos 73:25: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”. Después de leer estas palabras, me dije: “El autor de este salmo puede afirmar eso, pero yo no”. Descubrí entonces que había algo que se interponía entre Dios y yo.

Aprovecho que mi esposa no está presente para relatarles esta historia. Yo estaba enamorado de ella como diez años antes de que nos casáramos, aunque ella todavía no era salva. Cuando le hablaba del Señor Jesús y trataba de persuadirla, ella se reía de mí. Reconozco que la amaba, pero me dolía que se burlara del Señor, en quien yo creía. Me preguntaba quién ocupaba el primer lugar en mi corazón, si ella o el Señor. Recordemos que una vez que los jóvenes se enamoran, es muy difícil que renuncien al objeto de su amor. Le dije al Señor que renunciaba a ella, pero en lo profundo de mi corazón no estaba dispuesto a hacerlo. Después de leer el salmo 73 de nuevo, le dije a Dios: “No puedo afirmar que fuera de Ti nada tengo en la tierra, porque hay alguien a quien amo”. En aquel instante, el Espíritu Santo me mostró claramente que había una barrera entre Dios y yo.

Aquel mismo día prediqué un mensaje, pero no sabía lo que decía. En realidad, estaba hablando con Dios, pidiéndole que fuera paciente y me diera fuerzas para poder renunciar a ella. Le pedí a Dios que pospusiera Su exigencia con respecto a este asunto. Pero Dios nunca argumenta con el hombre. Pensé en irme a la desolada región del Tibet a evangelizar allí, y le sugerí muchas otras empresas a Dios, esperando que Él se conmoviera y no me pidiera que renunciara a quien yo amaba. Pero cuando Dios pone el dedo sobre algo, no lo quita. No importó cuánto oré; no pude seguir adelante. No tenía ningún entusiasmo por mis estudios y, al mismo tiempo, carecía del poder del Espíritu Santo, que con tanta diligencia buscaba. Estaba desesperado. Oraba continuamente, esperando que mis súplicas hicieran que Dios cambiara de parecer. Doy gracias al Señor porque en todo esto Él quería que yo aprendiera a negarme a mí mismo, a poner a un lado el amor humano y a amarlo exclusivamente a Él. De lo contrario, habría sido un cristiano inútil en Sus manos. Él cortó mi vida natural con un cuchillo afilado, para que yo aprendiera una lección que nunca antes se me había enseñado.

En cierta ocasión, prediqué un mensaje y regresé a mi cuarto con un terrible peso en el corazón; le dije al Señor que regresaría al colegio el lunes siguiente y procuraría ser lleno del Espíritu Santo y del amor de Cristo. Durante las dos semanas siguientes, encontré que aún así no podía proclamar con certidumbre las palabras de Salmos 73: 25. Pero alabo al Señor porque poco tiempo después fui lleno de Su amor y estuve dispuesto a renunciar a la que amaba y declaré con denuedo: “¡La dejaré! ¡Ella nunca será para mí!” Después de esta declaración finalmente pude proclamar las palabras de Salmos 73: 25. Ese día yo estaba en el Tercer Cielo. El mundo me parecía más pequeño, y era como si estuviese montado en las nubes, cabalgando sobre ellas. La noche en que fui salvo fue eliminada la carga de mis pecados, pero en aquel día, el 13 de febrero de 1922, cuando renuncié a la persona a quien yo amaba, mi corazón fue vaciado de todo lo que antes me había ocupado.

En esa época, el hermano Nee escribió el siguiente himno:
¡Cuán amplio, inmenso e ilimitado
El amor de Cristo por mí!
¿En qué otra parte podía este vil pecador
Recibir bendiciones con tanta gracia?
Para volverme a Él,
Mi Señor dio todo lo Suyo;
Para que contento llevara la cruz
Y lo siguiera hasta el fin.
Ahora he renunciado a todo,
Para ganar a este Cristo bendito;
Ahora la vida o la muerte no me preocupan.
¿Qué más me puede restringir?
Mis seres queridos, el bienestar, la ambición,
la fama: ¿Qué me pueden ofrecer?

Mi Señor lleno de gracia se hizo pobre por mí;
Por Él me haría pobre yo.
Ahora amo a mi precioso Salvador,
Sólo a Él deseo complacer.
Ante El toda ganancia se convierte en pérdida,
Y las comodidades ya no sirven.
¡Tu eres mi consuelo, Señor lleno de gracia!
No tengo otro como Tú en los Cielos.
¿Y con quién más que Tú
Quisiera estar en la Tierra?
Aunque lleguen la soledad y las pruebas,
Mis quejas elevaría.
Esto solamente te pediría, Señor:
¡Rodéame de Tu amor!
Oh Señor lleno de gracia, ahora Te suplico,
Guíame en cada etapa;
Apóyame y fortaléceme para atravesar
Esta era tenebrosa y maligna.
El mundo, la carne, y Satanás también,
Tientan tanto a mi alma;
Sin Tu amor y poder que fortalecen
Puedo perder Tu nombre
.
El tiempo, querido Señor, se acorta;
Libera mi alma de lo terrenal.
Cuando vengas, cantaré con alegría,
¡Aleluya a Ti!
A la semana siguiente comenzaron las personas a ser salvas

El hermano Weigh, quien era mi compañero de clase, puede testificar que hasta ese momento yo había sido muy exigente en mi forma de vestir. Solía llevar una túnica de seda con puntos rojos; pero aquel día me deshice de mi ropa fina y mis zapatos elegantes. Fabriqué engrudo en la cocina, y recogiendo un montón de carteles con mensajes evangélicos, salí a la calle a pegarlos en las paredes y a repartir folletos cristianos. En aquellos días en Fuchow, provincia de Fukien, esto era un acto muy radical.

Comencé a extender el evangelio a partir de mi segundo semestre en la universidad en 1922, y muchos de mis compañeros de clase fueron salvos. Oraba diariamente por aquellos que había anotado en mi cuaderno. A partir de 1923 comenzamos a alquilar o a pedir prestados salones con el fin de extender la obra evangelizadora. Centenares de personas fueron salvas en aquel tiempo. De la lista que tenía en mi cuaderno, sólo uno no fue salvo. Esto es evidencia de que Dios escucha tales oraciones. El desea que oremos primero por los pecadores que deseamos que sean salvos. En esos pocos años hubo muchas oportunidades en las que comprobamos este hecho.





















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