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SORBOS DE VIDA - BIOGRAFÍA DE WATCHMAN NEE (Experimenta a Dios como el Médico Divino), W. Lee

 



EXPERIMENTA A DIOS
COMO EL MÉDICO DIVINO

Watchman Nee se enfermó de tuberculosis en 1924 debido a la sobrecarga de trabajo y a la falta de atención adecuada. Su estado se agravó tanto que en algunas de sus cartas abiertas a los lectores de sus artículos, afirmó que los pilares de su tabernáculo terrenal estaban siendo sacudidos. Varias veces se esparcieron rumores de que había muerto. Durante ese tiempo de enfermedad, aprendió a confiar en Dios para sobrevivir, y Dios lo cuidó fielmente. Sufrió de esta enfermedad durante cinco años aproximadamente. Finalmente recibió la gracia de ser sanado al experimentar a Dios como su Médico divino. A continuación incluimos el testimonio personal que él dio al respecto en Kulangsu, Fukien, el 20 de octubre de 1936:

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EN MI ENFERMEDAD CONTINUÉ EN LA OBRA

En 1924, cuando me di cuenta de que estaba enfermo, sentía dolor en el pecho, estaba débil y tenía una ligera fiebre. No sabía qué me pasaba. El doctor H. S. Hwang me dijo: “Sé que usted tiene fe y que Dios puede curarlo, pero permítame examinarlo y diagnosticar su enfermedad”. Después del examen, él habló con el hermano Wong Teng-ming por largo tiempo en voz baja. Al principio, aunque les pregunté, ellos no me querían informar del resultado del examen; pero cuando les dije que no tenía temor, el doctor Hwang me informó que tenía tuberculosis y que mi condición era tan seria que necesitaba tomar un descanso prolongado.

Aquella noche no pude dormir; no quería encontrarme con el Señor sin haber concluido mi labor y me sentía muy deprimido. Decidí ir a la campiña a descansar y a tener más comunión con el Señor y le pregunté: “Señor, ¿cuál es tu voluntad para mí? Si deseas que cese de vivir, no temo la muerte”. Por más de seis meses no pude entender la voluntad del Señor, pero había gozo en mi corazón y tenía la certeza de que el Señor no podía equivocarse. Las numerosas cartas que recibí durante ese tiempo no me comunicaban aliento ni consuelo, sino que me reprendían por haber trabajado demasiado y por no haber cuidado de mi salud. Inclusive, un hermano me reprochó citando Efesios 5: 29: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida con ternura, como también Cristo a la iglesia”. 

El hermano Cheng Chi-kwei de Nanking me invitó a su casa, donde podría descansar y también ayudarle a traducir el curso bíblico por correspondencia del doctor C. I. Scofield. En aquel tiempo, unos treinta hermanos y hermanas vinieron a verme, y hablé con ellos con respecto a la Iglesia. Comprendí que la mano de Dios estaba sobre mí con el propósito expreso de hacerme volver a mi primera visión; si no hubiera sido así, habría tomado la senda de un predicador que fomenta avivamientos.

Pasaban los días sin mejoría alguna. Aunque me esforzaba por escribir y por estudiar la Biblia, lo encontraba extremadamente agotador. Tenía una leve fiebre todas las tardes y no podía dormir en las noches, durante las cuales sudaba profusamente. Cuando se me aconsejó que descansara más, respondí: “Temo que vaya a descansar a tal grado que me atrofie por completo”. Tenía el sentir de que aun cuando era posible que no viviera por largo tiempo, debía creer que Dios habría de aumentar mis fuerzas y que debía trabajar para Él. 

Le pregunté al Señor si yo ya había concluido todo lo que me había encomendado. Le pedí que guardara mi vida para poder realizar lo que Él quisiera; de lo contrario, sabía que no había nada en la Tierra por lo cual valiera la pena vivir. Me pude levantar por un breve tiempo, pero después ni eso podía hacer. En una ocasión se me pidió que condujera una reunión de evangelización; así que me esforcé por levantarme y le pedí al Señor que me fortaleciera. Mientras caminaba hacia la reunión, tenía que apoyarme en los postes de luz cada cierto trecho para descansar. Cuando me apoyaba a cobrar fuerzas, le decía al Señor: “Vale la pena morir por Ti”. Algunos hermanos supieron que yo había hecho esto y me reprendieron por no cuidar de mi salud. Les respondí que amaba a mi Señor y que daría mi vida por Él.

ESCRIBI EL HOMBRE ESPIRITUAL
DURANTE MI ENFERMEDAD

Después de orar durante más de un mes, tuve el sentir de que debía escribir un libro acerca de lo que había aprendido. Tenía la idea de que sólo se podía escribir libros después de viejo, pero cuando recordaba que podría irme de este mundo, sentía la urgencia de comenzar a escribir. Alquilé un pequeño cuarto en Wusih, en la provincia de Kiangsu, donde me encerré y pasé mis días escribiendo. En aquel tiempo mi enfermedad había empeorado tanto que ni acostado toleraba el dolor. Mientras escribía me sentaba en una silla con espaldar alto y apretaba mi pecho contra el escritorio para aliviar el dolor. 

Satanás me decía: “Ya que pronto vas a morir, ¿por qué no morir cómodamente en lugar de fallecer agobiado por el dolor?” Yo le respondía: “El Señor me quiere así como estoy, ¡vete de aquí!” 

Me llevó cuatro meses completar los tres tomos de El hombre espiritual. Escribir este libro fue una verdadera labor que me costó sangre, sudor y lágrimas. Perdí en ocasiones la esperanza de vivir, pero la gracia de Dios me sacó adelante. Cada vez que terminaba una sesión de redacción, me decía a mí mismo: “Este es el último testimonio que dejo a la Iglesia”. Aunque escribía en medio de todo tipo de dificultades y sufrimientos, sentía que Dios estaba muy cerca de mí. A algunos les parecía que Dios me estaba maltratando. El hermano Cheng me escribió diciendo: “Te estás forzando en extremo y un día lo lamentarás”. Le respondí: “Amo a mi Señor y viviré sólo para El”...

MI ENFERMEDAD EMPEORA

Después de que se publicó el libro, oré así: “Permite ahora, Señor, que tu siervo parta en paz”. Entonces mi enfermedad empeoró, no podía dormir tranquilo durante la noche y cuando despertaba, daba vueltas en la cama incesantemente. Físicamente, era casi un esqueleto; tenía sudores nocturnos y me puse afónico. Los que me visitaban casi no podían escucharme, aun cuando acercaran el oído a mi boca. 

Varias hermanas se turnaban para cuidarme, entre ellas una enfermera experimentada que lloraba cada vez que me veía. Ella dio testimonio diciendo: “He visto muchos pacientes, pero nunca uno en una condición tan lamentable. Temo que sólo podrá vivir unos tres o cuatro días más”. Cuando me relataron lo que ella decía, respondí: “Sea éste mi fin. Estoy consciente de que moriré pronto”. Un hermano telegrafió a las iglesias en varios lugares diciéndoles que no había más esperanza para mí y que no era necesario que siguieran orando por mí.

FUI SANADO

Un día le pregunté a Dios: “¿Por qué me llamas tan pronto?” Le confesé mis transgresiones, temiendo haber sido infiel en algún aspecto. Además, le dije que no tenía fe. Aquel mismo día me entregué a la oración y el ayuno, y me consagré a El una vez más. Le dije que no haría nada excepto lo que Él me asignara. Ayuné ese día hasta las tres de la tarde. Al mismo tiempo los colaboradores oraban fervientemente por mí en casa de la hermana Ruth Lee.

 Mientras oraba a Dios pidiéndole que me concediera fe, Él me dijo algo que nunca podré olvidar. La primera afirmación fue: “El justo por la fe vivirá” (Rom. 1: 17). La segunda frase fue: “Por la fe estáis firmes” (2ª Cor. 1: 24). La tercera fue: “Por fe andamos” (2ª Cor. 5: 7). Estas palabras me llenaron de gran gozo, pues la Biblia dice: “Todo es posible para el que cree” (Mr. 9: 23). Inmediatamente agradecí a Dios, le alabé por haberme dado sus Palabras y acepté por fe que Él me había sanado.

La prueba no se hizo esperar. La Biblia dice: “Por la fe estáis firmes”, pero yo todavía estaba postrado en la cama. Surgió un conflicto en mi mente: ¿debía incorporarme y ponerme de pie o debía permanecer acostado? Sabemos que los seres humanos se aman a sí mismos y les es más cómodo morirse en cama que de pie. Entonces, la Palabra de Dios manifestó su poder y, sin importarme nada más, me vestí con ropa que no había usado en ciento setenta y seis días. Mientras me bajaba de mi lecho para ponerme de pie, sudé tan profusamente que parecía como si me hubiese empapado bajo la lluvia. 

Satanás me dijo: “¿Estás tratando de ponerte de pie cuando ni siquiera puedes sentarte?” Le repliqué: “Dios me dijo que me pusiera de pie”, y así lo hice. Sudando frío, casi me caía, pero seguía repitiendo: “¡Por la fe estáis firmes! ¡Por la fe estáis firmes!” Luego caminé unos pasos para ponerme la ropa. Después me senté. En ese momento, la Palabra de Dios vino a mí diciéndome que no sólo debía estar firme en la fe sino que también debía andar por la fe. 

Ya había sido un milagro el hecho de poder levantarme y dar unos pasos para vestirme. ¿Cómo podría esperar caminar más lejos? Le pregunté a Dios: “¿Adónde deseas que vaya?” El me respondió: “Ve a la casa de la hermana Lee en el número 215”. Allí un grupo de hermanos y hermanas habían estado orando y ayunando por mí durante dos o tres días.

Pensé que tal vez podía caminar en el cuarto, pero me sería imposible descender por las escaleras. Oré a Dios: “¡Oh Dios, puedo estar de pie firme por la fe, y por la fe también puedo bajar las escaleras!” De inmediato me dirigí a la puerta que llevaba a las escaleras y la abrí. Les digo francamente que, estando de pie frente a las escaleras, me parecía que éstas eran las más largas que había visto en mi vida. Le dije a Dios: “Si Tú me dices que camine, así lo haré, aunque muera en el intento”. Añadí: “Señor, no puedo caminar. Te ruego que me sostengas con Tu mano”. Apoyándome en la baranda con una mano, descendí paso a paso. Otra vez estaba empapado en un sudor frío, y mientras descendía por las escaleras continuaba clamando: “¡Por fe andamos! ¡Por fe andamos!” En cada peldaño oraba: “Oh Señor, eres Tú quien me hace caminar”. Mientras descendía por esos veinticinco peldaños, me parecía estar caminando mano a mano con el Señor en fe.

Al llegar al final de las escaleras, me sentí fuerte y fui a la puerta trasera. Abrí la puerta y fui directamente a la casa de la hermana Lee. Le dije al Señor: “De ahora en adelante, viviré por fe y nunca más seré un inválido”. Llamé a la puerta tal como Pedro lo hizo en Hechos 12:12-17 sin que Rode le abriera. 

Cuando la puerta se abrió y entré a la casa, siete u ocho hermanos y hermanas me miraron fijamente sin proferir palabra ni hacer movimiento alguno. Por cerca de una hora todos permanecieron quietos en sus asientos como si Dios hubiese aparecido entre ellos. Yo estaba allí lleno de agradecimiento y alabanza. Entonces, les relaté todo lo que me había sucedido en el transcurso de la sanidad que recibí por gracia. Llenos de gozo y jubilosos en espíritu, todos alabamos a Dios en voz alta por su obra maravillosa.

 Aquel mismo día alquilamos un vehículo para ir a Kiang-Wan, en los suburbios de la ciudad, a visitar a la famosa evangelista Dora Yu. Ella se sorprendió grandemente al verme, pues recientemente había recibido noticias de mi inminente deceso. Cuando aparecí, me vieron como alguien que había sido levantado de entre los muertos. Aquella fue otra celebración de gratitud llena de gozo y alabanzas al Señor. El domingo siguiente hablé desde la plataforma por tres horas.

QUÉ MARAVILLA

Hace cuatro años, leí un aviso en el periódico con respecto al remate de una casa y su mobiliario pertenecientes a un famoso doctor alemán que acababa de fallecer. Cuando hice las averiguaciones del caso, me di cuenta de que ese doctor era el que hacía años me había tomado unas radiografías. El había tomado tres radiografías de mis pulmones y me había desahuciado. Cuando le pedí que tomara otra placa, me dijo que no era necesario y me mostró las placas de otra persona, diciéndome: “Esta persona estaba en mejores condiciones que usted y, sin embargo, murió en su hogar dos semanas después que se tomaron estas radiografías. No venga a verme más, pues no quiero quitarle su dinero”. 

Cuando escuché esto, me fui a casa muy desanimado. Al leer aquel anuncio, levanté mis manos en alabanza al Señor y dije: “Este médico falleció. El había dicho que yo moriría pronto, pero fue él quien murió. El Señor me ha mostrado su gracia”. Cubierto por la sangre del Señor, dije: “Este doctor, quien era más fuerte que yo, murió; pero yo fui sanado por el Señor y aún vivo”. Fui a la subasta y compré muchas cosas de su casa a modo de memorial.

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DIOS LO SOSTUVO CON MÁS CUIDADO TODAVÍA

Mientras el hermano Nee estaba enfermo de tuberculosis, su corazón fue afectado por una angina de pecho en 1927. Dios, por su gracia lo sanó de la tuberculosis, pero dispuso que quedara con ese problema en el pecho. El padeció de esta dolencia cardiaca durante cuarenta y cinco años, hasta el fin de sus días. Le causaba frecuentes dolores y sudores fríos. A veces, mientras presentaba un mensaje, le venía el dolor y se veía obligado a apoyarse sobre el púlpito. El podía morir en cualquier momento. Esto lo condujo espontáneamente a desarrollar una confianza plena en el Señor en lo relacionado con su subsistencia. El sobrevivía momento a momento por su fe en Dios, y en el transcurso de los años Dios lo sostuvo y lo cuidó con su gracia y con su vida de resurrección, hasta el día de su muerte. Mediante estas dificultades físicas, él experimentó y disfrutó a Dios mucho más que si no hubiese tenido esa afección agotadora y debilitante.

La sanidad divina que experimentó Watchman Nee no fue fruto del ejercicio del don de sanidad. Tampoco fue solamente un acto de Dios, sino la obra de la vida de resurrección por acción de la gracia mediante el ejercicio de una fe viva en la fiel Palabra de Dios, con miras a la edificación y el crecimiento de la vida divina. No era solamente un milagro del poder divino, sino la acción de la gracia y la vida divina.

DIVERSIDAD DE DONES (Los tres niveles de fe) (4) - Primera Corintios 12 (6), Dr. Stephen Jones


19/06/2017



Hay diferentes niveles de fe, y cada nivel tiene su propia recompensa. La fe de la Pascua nos justifica por la sangre del verdadero Cordero de Dios. La fe de Pentecostés nos santifica por un proceso continuo, mientras escribe la Ley en nuestros corazones, cuando el Espíritu Santo nos conduce a través de experiencias de vida. La fe de Tabernáculos nos glorifica cuando somos transformados a Su imagen.

Cada uno de estos niveles de fe dependen de algo adicional. El primer nivel requiere que una persona tenga fe en la naturaleza sacrificial de la muerte de Cristo en la Cruz. Creer en Jesús como un gran profeta o maestro es insuficiente y no puede justificar a nadie, porque el pecado no es meramente una cuestión de ignorancia que requiere de un profesor; el pecado es una ofensa a Dios y/o los hombres, que requiere satisfacción en un tribunal de justicia. Por la fe, los verdaderos creyentes apelan a la sangre de Jesús para el pago por su pecado y por lo tanto restaurar su posición correcta ante la Ley.

La fe pentecostal, que se vio en ese primer Pentecostés, cuando Israel recibió la Ley en el monte Horeb, requiere estar dispuesto a escuchar Su voz para que la Ley pueda ser escrita en el corazón. Donde siempre hay una buena voluntad inicial o deseo de escuchar Su voz, esto es en realidad una forma de vida en nuestro viaje a la Tierra Prometida de Tabernáculos. Israel como un todo se negó a escuchar Su voz en Éxodo 20:18-21, y por esta razón, el rey David se lamentó en el Salmo 95:7-11,

7 ... ¡Ojalá oyerais hoy su voz! 8 No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; 9 cuando vuestros padres me tentaron, me pusieron a prueba, aunque habían visto mis obras. 10 Durante cuarenta años estuve disgustado con esa nación, y dije: son un pueblo de corazón extraviado, y no han conocido mis caminos. 11 Por tanto, juré en mi ira, que no entrarían en mi reposo.

El hecho de que uno haya sido justificado por la sangre del Cordero, no significa que reúna los requisitos para entrar en la Tierra Prometida. Esto puede asustar a los creyentes, si no saben que Dios ha prometido llevarlos a la Tierra Prometida al final. Si piensan que la muerte es la fecha límite para calificar, muchos van a tener miedo, y es por eso que es tan importante entender la promesa de Dios. Lo cierto es que la muerte es la fecha límite para calificar como vencedor para la Primera resurrección, pero no es la fecha límite para la salvación misma. Así como hubo dos Pascuas en la Ley, también hay dos oportunidades para ser justificados por la sangre del Cordero, una en esta vida, y otra en el siglo venidero. Sin embargo, la segunda oportunidad llega, aunque con el juicio divino. La sentencia de la Ley pone a los incrédulos bajo la autoridad de los creyentes. Los esclavos tienen pocos derechos, por lo que éstos, si es necesario, se verán obligados a someterse a las órdenes de sus amos y no tendrán más remedio que ajustarse a la imagen de Cristo, hasta que finalmente lleguen a un acuerdo total.


Fe de Tabernáculos
La fe de Tabernáculos es la fe que se requiere para los vencedores: creer en las promesas de Dios. Esto se ve más claramente en la historia de Caleb y Josué, cuando se distinguieron de sus colegas en Números 13 y 14. Hay que recordar que cuando los espías volvieron a dar su informe, diez de los espías de Israel mostraron el buen fruto de la Tierra, pero extendieron el temor por su informe sobre los gigantes. Números 13:31-33 dice:

31 Mas los varones que subieron con él (con Caleb), dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. 32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de gran estatura. 33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

El resultado de este informe fue que “el pueblo lloró aquella noche” (Números 14:1), porque no tenían fe en que Dios era capaz de cumplir Su promesa de llevarlos a esa Tierra. Hebreos 3:19 explica esto, diciendo:

19 Y así vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad [apistia, “falta de fe”].

Estos eran gente de la Iglesia, porque Hechos 7:38 KJV les llama “la iglesia en el desierto”. No es que carecieran de la fe para salir de Egipto en la Pascua, sino que carecieron de fe pentecostal para escuchar la voz de Dios en el Monte Horeb, y por lo tanto, también carecían de la fe de Tabernáculos para entrar en la Tierra Prometida. Su fe era pequeña, o demasiado débil para soportar hasta el final. Así Hebreos 4:1,2 nos amonesta, diciendo:

1 Por lo tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno parezca no haberlo alcanzado. 2 Porque también os hemos anunciado la buena nueva a nosotros, como también a ellos; pero la palabra que ellos oyeron no les aprovechó, porque no ir acompañada de fe en los que la oyeron.

Muchos han pensado que estos versículos se referían a la salvación misma, y por lo que han enseñado que los hombres pudieran perder su salvación. Pero eso no es así, porque Él es el Salvador del mundo. La verdadera cuestión es si una persona es o no un vencedor. Los que no pueden convertirse en vencedores recibirán la vida en la Resurrección General, como dice Jesús en Juan 5:28,29. Y esos incrédulos que son juzgados en ese tiempo serán liberados en el Jubileo de Creación en el final de los tiempos, de acuerdo con la Ley.

Esta segunda posibilidad se menciona brevemente en Hebreos 4:5-9,

5 y otra vez en este pasaje: “No entrarán en mi reposo”. 6 Por tanto, puesto que falta que algunos entran en él, y aquellos a quienes primero se anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, 7 Dios otra vez fija un cierto día, “Hoy”, diciendo por medio de David después de mucho tiempo, como se ha dicho antes, “Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. 8 Porque si Josué les hubiera dado el reposo, Dios no habría hablado de otro día después de ese. 9 Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.

La razón de este segundo “hoy” es para que Dios cumpla Su promesa. El pueblo había fallado en entrar en la Tierra Prometida, porque estaban tratando de llegar a ser vencedores por el poder del Antiguo Pacto. El Antiguo Pacto fue la promesa del hombre a Dios en Éxodo 19:8, que dice: “Todo lo que Yahweh ha dicho, haremos”. ¡Después de haber sido desobedientes, fueron descalificados, porque ellos no pudieron mantener su voto! Un voto es sólo tan bueno como la capacidad para mantenerlo.


La promesa del Nuevo Pacto
La generación que hizo su promesa a Dios en Éxodo 19:8, todos murieron en el desierto, después de haber dejado de cumplir su voto. Por lo tanto, Hebreos 4:6 dice, “que no pudieron entrar debido a la desobediencia”. Pero sabemos que ningún hombre es justificado por sus obras (Romanos 4:2), sino por la fe. Pablo en Romanos estaba hablando de una fe de Pascua, por la que se concede la justificación. En términos de la historia de Israel, se requirió una fe muy grande para salir de Egipto. Pero Hebreos hablaba de algo más, de la fe que se requiere para entrar en la Tierra Prometida.

Así nos encontramos con que Dios le dio a Israel dos pactos, uno en Éxodo 19:8 y el otro en Deuteronomio 29:1,

1 Estas son las palabras del pacto que yahweh mandó a Moisés que hiciera con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que había hecho con ellos en Horeb.

Fue por este Segundo Pacto que la próxima generación de israelitas entró en la Tierra Prometida bajo Josué, quien, como un tipo de Cristo (Yahshua), fue comisionado bajo el Nuevo Pacto. La naturaleza de este segundo pacto se establece claramente, y se basa en el juramento (o promesa) de Dios, no en la promesa de los hombres. Deuteronomio 29: 10-13 dice,

10 Vosotros todos estáis hoy en presencia de Yahweh vuestro Dios; los cabezas de vuestras tribus, vuestros ancianos y vuestros oficiales, todos los varones de Israel; 11 vuestros niños, vuestras mujeres, y tus extranjeros que habitan en medio de tu campamento, desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua; 12 a punto de entrar en el pacto de Yahweh tu Dios, y en su juramento, que Yahweh tu Dios concierta hoy contigo, 13 para confirmarte hoy como su pueblo, y para que él te sea a ti por Dios, de la manera que él te ha dicho, y como lo juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.

Note la diferencia entre los dos pactos. En el Primer Pacto en Horeb, la gente tenía que prometer obediencia a fin de ser pueblo de Dios y para que el Señor fuera su Dios (Éxodo 19:5,6). Pero el Segundo Pacto no puso ningún requisito sobre el pueblo. No fue un juramento de Israel, sino un juramento de Dios, quien iba a hacer de Israel Su pueblo. En otras palabras, la responsabilidad pasó del hombre a Dios. El hombre ya había fracasado, pero Dios no puede fallar.

Si Dios dejaba de hacer a todos Su pueblo, Él ya no podría culpar a los hijos de Israel por su desobediencia; tendría que culparse a Sí mismo por su propio fracaso; porque si fuera incapaz de cumplir Su promesa, entonces en primer lugar no debería haber hecho tal promesa. Si el objetivo, entonces, dependiera de la voluntad del hombre y de su capacidad de alguna manera, entonces no habría una gran incertidumbre acerca de la capacidad de Dios para cumplir Su juramento. De ninguna manera es esto posible. La voluntad de Dios es más fuerte que la del hombre. La sabiduría de Dios construyó un plan por el cual Él sería capaz de salvar a toda la humanidad, aunque pueda parecer imposible que Él pueda cumplir Su promesa.

El alcance de Su juramento en el Nuevo Pacto se da en Deuteronomio 29:14,15,

14 Ahora, no solamente con vosotros estoy haciendo este pacto y este juramento, 15 sino también con los que están aquí hoy con nosotros en la presencia de Yahweh nuestro Dios, y con los que no están aquí hoy con nosotros.

Este pacto fue universal. No se limitó a los que se habían reunido en Su presencia en los campos de Moab. Debido a que el Nuevo Testamento aplica la historia a las generaciones posteriores, sabemos que este Nuevo Pacto también es atemporal, ya que incluyó a todas las generaciones que no estaban presentes en los campos de Moab.

La verdadera pregunta es, entonces, ¿es Dios capaz de cumplir Su promesa? En segundo lugar, debemos preguntarnos dónde reside nuestra propia fe. ¿Tenemos fe en nuestra propia promesa de seguir a Jesús y por lo tanto ser Su pueblo? ¿O tenemos fe en la capacidad de Dios para hacernos, y a todos los hombres, Su pueblo? Hebreos 8:6 dice,

6 Pero ahora tanto mejor ministerio es este, por cuanto Él es también el mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.

Pablo habla de “las promesas de Dios” en 2 Corintios 1:20 y en Gálatas 3:21. Pablo describió su propio mensaje del evangelio en Hechos 13:32,

32 Y nosotros predicamos las buenas nuevas [Evangelio] de la promesa hecha a los padres.

Esta no era la promesa que los padres hicieron a Dios, sino la promesa que Dios hizo a los padres. La promesa del Antiguo Pacto estaba condicionada a la voluntad del hombre, pero la promesa del Nuevo Pacto estaba condicionada únicamente a la voluntad de Dios y de Su capacidad para cumplir con Su Palabra. Un hijo en el Antiguo Pacto, dice Pablo en Gálatas 4:23, “nace [es engendrado] según la carne”; es decir, por la promesa carnal del hombre; mientras que (por el contrario) un hijo del Nuevo Pacto nace “a través de la promesa” (de Dios).


Un cristiano que vive según el Antiguo Pacto aún no es un vencedor, ni puede heredar las promesas de Dios, porque todavía depende de su propia promesa, hecha por su propia voluntad. Su fe debe ser desplazada de sí mismo a Dios. Para hacer eso, él debe entender la diferencia entre los dos pactos. Pero gracias a Dios, que ha tomado sobre Sí la responsabilidad de cambiar nuestros corazones y velar por que todos hagamos ese cambio al final. Su propia reputación, de hecho, está en juego, ya que Él ha prometido hacernos Su pueblo y ser nuestro Dios, a pesar de que no estábamos presentes cuando hizo tal juramento en los días de Moisés. Ningún hombre entrará en la Tierra Prometida hasta que Dios le haya concedido tal fe; pero Dios les concede a todos los hombres la fe en su propio tiempo y a su propia manera.

Etiquetas: Serie Enseñanza
Categoría: Enseñanzas

Dr. Stephen Jones

DIVERSIDAD DE DONES (3) (Fe anímica v/ fe espiritual) - Primera Corintios 12 (5), Dr. Stephen E. Jones


17/06/2017



Creencia y fe son dos traducciones de la misma palabra griega en el Nuevo Testamento, donde la palabra puede ser utilizada como un sustantivo o un verbo. El problema es que en castellano, la fe es sólo un sustantivo, por lo que cuando la usamos como un verbo, tenemos que traducirla “creer”. Algunos no han entendido este sencillo problema de gramática, por lo que han tratado de hacer una distinción entre la fe y la creencia.

Ciertamente, hay una diferencia entre “fe” anímica y fe espiritual. La fe del alma se basa en el poder del pensamiento positivo, diciendo: “Si realmente creo algo, entonces se cumplirá”. El pensamiento positivo no es la fe bíblica, ya que estos tienen dos orígenes diferentes. El pensamiento positivo se origina en el alma; la fe tiene su origen en el espíritu.

No es que el pensamiento-positivo o cualquier otra actividad anímica sea mala o perjudicial en sí mismo. La mayoría de las veces sólo es perjudicial cuando no somos capaces de distinguirla de la fe bíblica. Quienes confunden las dos a menudo deciden que quieren algo, o que quieren lograr un objetivo determinado, y luego empezar a hacer afirmaciones positivas, diseñadas para manipular los acontecimientos para que les den lo que quieren.


La fe del alma de Charles Fillmore
Este tipo de pensamiento se introdujo a la Iglesia a través de los escritos de Charles Fillmore en el 1900. Fue el fundador de la Iglesia de la Unidad, y se refirió a sus enseñanzas religiosas como Cristianismo Metafísico o Cristianismo Científico. Su diccionario metafísico llamado Revelando La Palabra redefinió palabras bíblicas para satisfacer sus propios fines. Fue el maestro original del La Prosperidad, incluso escribir un libro con ese título. (Se publica en línea, junto con sus otros escritos, todos los cuales he leído con cuidado).

Mientras que Karl Marx propuso el principio de “materialismo científico”, Charles Fillmore propone un espiritualismo científico, secular. La fe es secularizada y se utiliza como una potencia del alma para efectuar el cambio y dar forma al mundo a su imagen por medio de “el poder creativo de la mente”. Su definición de fe es la siguiente: “La fe es el poder de percepción de la mente vinculado con un poder para moldear la sustancia” (Prosperidad , p. 43).

El engaño de Fillmore estaba en el hecho de que su dios era el alma, en la que reside la muerte. De hecho, él escribió:

“La verdad de que el hombre divino es Dios manifestado, es el gran misterio de la vida escondido desde los siglos y generaciones y que ahora ha sido revelado en Jesucristo”. (Jesucristo Sana, p. 6).


Cuando se refiere a Jesucristo, no se refiere al mismo de Jesús que conocemos.

En el jardín, Jesús no oró, “sea hecha Mi voluntad”. En cambio, Lucas 22:42 nos dice que Él oró: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Si Jesús hubiera sido un verdadero ejemplo de Cristianismo Metafísico como lo describió Fillmore, Jesús nos habría enseñado cómo evitar la cruz y vivir felices para siempre. Pero Jesús fue a la cruz, no a “tachar nuestros pecados”, que él describe en otro lugar como “borrar” el pecado por el poder del conocimiento, sino para pagar la pena legal por el pecado que se impuso sobre la humanidad en la Corte Divina.

Fillmore adoraba la intención de la carne y su voluntad humana.

“La mente es la sede de la perfección”. (Jesucristo Sana, p. 49)

El alma es la sede del problema, no la solución al problema. Si cada hombre sobre la tierra siguiera las enseñanzas de Fillmore con éxito, el mundo no sería unificado, sino que estaría en guerra por las visiones opuestas de innumerables mentes anímicas.

Fillmore sostuvo la visión griega de que el alma era divina (o espiritual), mientras que Pablo sostuvo la visión hebrea de que el alma es carnal y sólo el espíritu de uno es espiritual. Así Fillmore escribió:

“Cuando un hombre libera los poderes de su alma, hace maravillas ante los ojos de la mente material, pero no se ha apartado de la ley”. (Prosperidad, p. 64).

Una vez más, escribe,

“El hombre nunca ha tenido un deseo que no pudiera en algún lugar, en la providencia de Dios, cumplirse. Si esto no fuera cierto, el universo sería débil en su punto más vital. El deseo es el impulso hacia adelante del alma en constante evolución. Construye de dentro hacia fuera y lleva su cumplimiento con él como un corolario necesario. Todo es mente. Entonces las cosas que aparecen deben ser expresiones de la mente. Por lo tanto la mente es la realidad, y también aparece como fenómeno”. (Prosperidad, pp. 26, 27)

Debido a que Fillmore adoraba la mente del hombre, al igual que los griegos, enseñó que todos deseos de los seres humanos (anímicos) tenían el poder para realizarse en sí mismos. Esto dio lugar a la declaración oímos a menudo hoy en día, “Usted puede hacer cualquier cosa, si usted fija su mente en ello”; o, “si puedes imaginarlo, lo puedes lograr”. Muchos libros y películas ahora sugieren que nuestras mentes tienen la capacidad de manipular el universo en la dirección que deseamos, si sólo tenemos fe en nosotros mismos, es decir, en nuestras almas.

Así Fillmore escribe: “Un genio es aquel que permite al Espíritu Santo hablar claro dentro de él ... y tiene fe en su habilidad dada por Dios” (Jesucristo Sana, p. 113). El mayor engaño de Fillmore fue su capacidad de utilizar términos bíblicos en una página, mientras que los redefinía en otra. Por lo tanto, muchas de sus declaraciones sería ciertas, si sus palabras se definieran en un cierto sentido de la Biblia; pero sus propias definiciones hacen esas declaraciones falsas.

Su método de escritura fue diseñado para ser un engaño ingenioso.


El Dios impersonal
Fillmore creía en un Dios impersonal, un principio creador. “Dios es la esencia intangible de lo que el hombre se ha formado en el nombre y la materia” (Prosperidad, p. 13). En esencia, se secularizó a Dios, o más bien, reemplazó a Dios con el hombre. “Dios es el poder; el hombre es poderoso. Dios es aquella indescriptible reserva de energía acumulada que no se manifiesta en ninguna potencia hasta que se pone en movimiento a través de la conciencia del hombre” (Jesucristo Sana, p. 25). En otras palabras, todo depende de hombre. El hombre es soberano. Dios ha muerto, o al menos un Dios que es una persona está muerto.

“Jesús dijo: 'Dios es Espíritu ...' El Espíritu no es materia y el Espíritu no es persona. Con el fin de percibir la esencia del ser, debemos sacar de la mente la idea de que Dios está circunscrito en cualquier forma o tiene alguna de las limitaciones normalmente atribuidas a personas, cosas o cualquier cosa que tenga forma o figura” (Jesucristo Sana, pp . 28, 29).

Una vez más, dice,

“Dios es el nombre de la Mente que todo lo abarca. Cristo es el nombre de la Mente que es todo amor. El Espíritu Santo es la manifestación de todos los activos. Estos tres son una Mente fundamental en sus tres aspectos creativos. (Jesucristo Sana, p. 63)

El problema del pecado se maneja en un salón de clases mediante la superación de la ignorancia, mientras que la Biblia trata con el pecado en una sala del tribunal. A través de la ignorancia, el hombre murió, dijo; or lo tanto, a través del conocimiento el hombre recuperará la inmortalidad. Él trató de alcanzar la inmortalidad a través de Jesús el Maestro, en lugar de a través de Jesús, el Cordero de Dios.

“La inmortalidad en el cuerpo es posible para el hombre sólo cuando ha superado las debilidades de la sensación, y conserva su sustancia de vida”. (Los Doce Poderes del Hombre, p. 23)

En otras palabras, el hombre alcanza la inmortalidad, no por la sangre de Jesús, sino por la autodisciplina. El enseñó que “si nos falta algo, es porque no hemos utilizado nuestra mente en hacer el contacto adecuado con la Supermente y el rayo cósmico que fluye automáticamente de ella” (Prosperidad, p. 6).

Una vez más, dice,

“Si sabe cómo tomar asimiento de la sustancia universal y moldearla para sus usos, será próspero” (Prosperidad, p. 57).

Sus enseñanzas han echado raíces en gran parte de la corriente principal del cristianismo, especialmente en el Movimiento Carismático través de los maestros que han tratado de hacer espirituales sus métodos.

Por desgracia, sin una clara comprensión de la diferencia entre el alma y el espíritu, muchos cristianos terminan participando en el pensamiento positivo del alma, al menos en parte.


Las afirmaciones verdaderas de la fe
Creo en hacer afirmaciones positivas, siempre y cuando afirmemos lo que Dios ha dicho y no simplemente lo que desearíamos que Él hubiera dicho. Para hacer esto correctamente, es necesario conocer la mente de Dios, porque ninguna afirmación es agradable a Dios, a menos que esté alineada con Su voluntad y se origine en Él.

Si entendemos el segundo capítulo de Primera de Corintios, donde Pablo habla de la distinción entre el alma carnal y el espíritu, que conoce todas las cosas a través del Espíritu Santo, entonces no vamos a ser engañados por Fillmore ni por ninguno de sus sucesores.

Uno de los más importantes principios bíblicos que debemos saber es que el alma tiene una mente carnal y el espíritu tiene una mente espiritual, que es distinta del alma. Esto me fue revelado por primera vez a mí en 1982, cuando me di cuenta de que yo creía dos cosas contradictorias al mismo tiempo. Al orar al respecto, aprendí que mi alma no creía todo lo que mi espíritu sabía, y que tenía que elegir el “Yo” a seguir. Luché con esto, pero con el tiempo, afirmé que mi “Yo” espiritual era el verdadero “yo”. Ese fue el comienzo de una nueva comprensión sobre los dos “Yo”, que he enseñado muchas veces. (Véase la Epístola de Pablo a los Santos en Roma, Libro 1, capítulo 10; en castellano: http://josemariaarmesto.blogspot.com.es/2015/01/libro-epistola-de-pablo-los-santos-en.html).

Esta es la respuesta al “cristianismo” metafísico de Fillmore. Siguió la dirección del alma, que él pensaba que era espiritual; pero la Ley dice que el alma es carnal, porque Levítico 17:11 dice (literalmente), “el alma de la carne está en la sangre”, o mejor, “el alma carnal está en la sangre”. Esta fue la base de Pablo para la enseñanza en 1 Corintios 2:14,15 acerca del hombre (o la mente) anímico dentro de cada uno de nosotros que compite con el hombre espiritual dentro de cada uno de nosotros.

Por lo tanto, si hacemos afirmaciones positivas para cumplir la voluntad del alma carnal, ciertamente podemos conseguir muchas cosas que deseamos, porque el alma tiene cierto poder propio. Sin embargo, el alma está llena de muerte (Romanos 5:12), y por lo tanto, el alma está en un estado de rebelión contra Dios. Las afirmaciones anímicas, entonces, son una forma de brujería (hechicería), en un intento de manipular nuestro entorno (e incluso personas) para que hagan lo que nosotros queremos que hagan en beneficio de nosotros mismos. Tal prosperidad, entonces, viene a través de la brujería del alma, no por el Espíritu Santo.

Por otra parte, si seguimos el liderazgo de nuestro espíritu, que está en unidad con el Espíritu Santo, entonces hablamos cosas que están de acuerdo con la voluntad perfecta de Dios. El alma se convierte en la sirviente del espíritu, de acuerdo con el plan original de la creación. Confesamos o hablamos las promesas de Dios, no las cosas “buenas” que el alma desea para su propia comodidad y propósito.

Un buen lugar para comenzar es mirarse a los ojos frente a un espejo y dar afirmación a su espíritu, confesando: “Espíritu, eres el verdadero yo. Te doy poder para gobernar en mi vida. Eres perfecto, porque estás unido al Espíritu Santo. No puedes pecar, porque fuiste engendrado por Dios mismo. Declaro que mi identidad no se encuentra en mi alma, ni en mi carne que fue engendrada por el hombre”.

Cuando realmente sabe quien es en Cristo, después de haber cambiado su identidad legal del alma al espíritu, entonces, puede empezar a vivir su vida como una nueva creación. En lugar de tratar de golpear su carne para sujetarla y tratar de que sea perfecta, puede entrar en el reposo de Dios al convertirse en una nueva persona. No es malo disciplinar a su carne y alma, sino entender que el alma no es usted sino que simplemente es su sirviente. Disciplinarla como a un sirviente, pero no lo reconocerla como su verdadero Yo.


De esta manera, puede ser un verdadero hombre/mujer de fe, que no camina por el pensamiento positivo o por la mera persuasión, que es un sistema de creencia del alma.

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Dr. Stephen Jones