Tiempo estimado de lectura: 6-8 minutos
Autor: Dr. Stephen E. Jones
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AVANZAMOS MÁS ALLÁ DEL BLOG FINISTERRE. CRUZADO EL JORDÁN, EL REMANENTE FIEL ESPERA EL APOTEÓSICO DERRAMAMIENTO FINAL DE LA FIESTA DE TABERNÁCULOS, PLENITUD DE PENTECOSTÉS, EL MEJOR VINO DEL FINAL, ¡LA MANIFESTACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS! // "La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Yahweh de los Ejércitos; y daré paz en este lugar...". Hg. 2:9 // "No estoy diciendo, 'regresemos a Pentecostés'; estoy diciendo, '¡avancemos!'” (G.H.Warnock)
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I- DE FE EN FE
II- ARREPENTIMIENTO
III- INSTRUCCIÓN SOBRE BAUTISMOS
IV- IMPOSICIÓN DE MANOS
V- RESURRECCIÓN DE ENTRE LOS MUERTOS
VI- JUICIO ETERNO
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LA LECHE DE LA PALABRA DE DIOS, En Heb. 6, 1-2
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"Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae (arrastra)", Juan 6: 44
Watchman Nee se enfermó de tuberculosis en 1924 debido a la sobrecarga de trabajo y a la falta de atención adecuada. Su estado se agravó tanto que en algunas de sus cartas abiertas a los lectores de sus artículos, afirmó que los pilares de su tabernáculo terrenal estaban siendo sacudidos. Varias veces se esparcieron rumores de que había muerto. Durante ese tiempo de enfermedad, aprendió a confiar en Dios para sobrevivir, y Dios lo cuidó fielmente. Sufrió de esta enfermedad durante cinco años aproximadamente. Finalmente recibió la gracia de ser sanado al experimentar a Dios como su Médico divino. A continuación incluimos el testimonio personal que él dio al respecto en Kulangsu, Fukien, el 20 de octubre de 1936:
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En 1924, cuando me di cuenta de que estaba enfermo, sentía dolor en el pecho, estaba débil y tenía una ligera fiebre. No sabía qué me pasaba. El doctor H. S. Hwang me dijo: “Sé que usted tiene fe y que Dios puede curarlo, pero permítame examinarlo y diagnosticar su enfermedad”. Después del examen, él habló con el hermano Wong Teng-ming por largo tiempo en voz baja. Al principio, aunque les pregunté, ellos no me querían informar del resultado del examen; pero cuando les dije que no tenía temor, el doctor Hwang me informó que tenía tuberculosis y que mi condición era tan seria que necesitaba tomar un descanso prolongado.
Aquella noche no pude dormir; no quería encontrarme con el Señor sin haber concluido mi labor y me sentía muy deprimido. Decidí ir a la campiña a descansar y a tener más comunión con el Señor y le pregunté: “Señor, ¿cuál es tu voluntad para mí? Si deseas que cese de vivir, no temo la muerte”. Por más de seis meses no pude entender la voluntad del Señor, pero había gozo en mi corazón y tenía la certeza de que el Señor no podía equivocarse. Las numerosas cartas que recibí durante ese tiempo no me comunicaban aliento ni consuelo, sino que me reprendían por haber trabajado demasiado y por no haber cuidado de mi salud. Inclusive, un hermano me reprochó citando Efesios 5: 29: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida con ternura, como también Cristo a la iglesia”.
El hermano Cheng Chi-kwei de Nanking me invitó a su casa, donde podría descansar y también ayudarle a traducir el curso bíblico por correspondencia del doctor C. I. Scofield. En aquel tiempo, unos treinta hermanos y hermanas vinieron a verme, y hablé con ellos con respecto a la Iglesia. Comprendí que la mano de Dios estaba sobre mí con el propósito expreso de hacerme volver a mi primera visión; si no hubiera sido así, habría tomado la senda de un predicador que fomenta avivamientos.
Pasaban los días sin mejoría alguna. Aunque me esforzaba por escribir y por estudiar la Biblia, lo encontraba extremadamente agotador. Tenía una leve fiebre todas las tardes y no podía dormir en las noches, durante las cuales sudaba profusamente. Cuando se me aconsejó que descansara más, respondí: “Temo que vaya a descansar a tal grado que me atrofie por completo”. Tenía el sentir de que aun cuando era posible que no viviera por largo tiempo, debía creer que Dios habría de aumentar mis fuerzas y que debía trabajar para Él.
Le pregunté al Señor si yo ya había concluido todo lo que me había encomendado. Le pedí que guardara mi vida para poder realizar lo que Él quisiera; de lo contrario, sabía que no había nada en la Tierra por lo cual valiera la pena vivir. Me pude levantar por un breve tiempo, pero después ni eso podía hacer. En una ocasión se me pidió que condujera una reunión de evangelización; así que me esforcé por levantarme y le pedí al Señor que me fortaleciera. Mientras caminaba hacia la reunión, tenía que apoyarme en los postes de luz cada cierto trecho para descansar. Cuando me apoyaba a cobrar fuerzas, le decía al Señor: “Vale la pena morir por Ti”. Algunos hermanos supieron que yo había hecho esto y me reprendieron por no cuidar de mi salud. Les respondí que amaba a mi Señor y que daría mi vida por Él.
Después de orar durante más de un mes, tuve el sentir de que debía escribir un libro acerca de lo que había aprendido. Tenía la idea de que sólo se podía escribir libros después de viejo, pero cuando recordaba que podría irme de este mundo, sentía la urgencia de comenzar a escribir. Alquilé un pequeño cuarto en Wusih, en la provincia de Kiangsu, donde me encerré y pasé mis días escribiendo. En aquel tiempo mi enfermedad había empeorado tanto que ni acostado toleraba el dolor. Mientras escribía me sentaba en una silla con espaldar alto y apretaba mi pecho contra el escritorio para aliviar el dolor.
Satanás me decía: “Ya que pronto vas a morir, ¿por qué no morir cómodamente en lugar de fallecer agobiado por el dolor?” Yo le respondía: “El Señor me quiere así como estoy, ¡vete de aquí!”
Me llevó cuatro meses completar los tres tomos de El hombre espiritual. Escribir este libro fue una verdadera labor que me costó sangre, sudor y lágrimas. Perdí en ocasiones la esperanza de vivir, pero la gracia de Dios me sacó adelante. Cada vez que terminaba una sesión de redacción, me decía a mí mismo: “Este es el último testimonio que dejo a la Iglesia”. Aunque escribía en medio de todo tipo de dificultades y sufrimientos, sentía que Dios estaba muy cerca de mí. A algunos les parecía que Dios me estaba maltratando. El hermano Cheng me escribió diciendo: “Te estás forzando en extremo y un día lo lamentarás”. Le respondí: “Amo a mi Señor y viviré sólo para El”...
Después de que se publicó el libro, oré así: “Permite ahora, Señor, que tu siervo parta en paz”. Entonces mi enfermedad empeoró, no podía dormir tranquilo durante la noche y cuando despertaba, daba vueltas en la cama incesantemente. Físicamente, era casi un esqueleto; tenía sudores nocturnos y me puse afónico. Los que me visitaban casi no podían escucharme, aun cuando acercaran el oído a mi boca.
Varias hermanas se turnaban para cuidarme, entre ellas una enfermera experimentada que lloraba cada vez que me veía. Ella dio testimonio diciendo: “He visto muchos pacientes, pero nunca uno en una condición tan lamentable. Temo que sólo podrá vivir unos tres o cuatro días más”. Cuando me relataron lo que ella decía, respondí: “Sea éste mi fin. Estoy consciente de que moriré pronto”. Un hermano telegrafió a las iglesias en varios lugares diciéndoles que no había más esperanza para mí y que no era necesario que siguieran orando por mí.
Un día le pregunté a Dios: “¿Por qué me llamas tan pronto?” Le confesé mis transgresiones, temiendo haber sido infiel en algún aspecto. Además, le dije que no tenía fe. Aquel mismo día me entregué a la oración y el ayuno, y me consagré a El una vez más. Le dije que no haría nada excepto lo que Él me asignara. Ayuné ese día hasta las tres de la tarde. Al mismo tiempo los colaboradores oraban fervientemente por mí en casa de la hermana Ruth Lee.
Mientras oraba a Dios pidiéndole que me concediera fe, Él me dijo algo que nunca podré olvidar. La primera afirmación fue: “El justo por la fe vivirá” (Rom. 1: 17). La segunda frase fue: “Por la fe estáis firmes” (2ª Cor. 1: 24). La tercera fue: “Por fe andamos” (2ª Cor. 5: 7). Estas palabras me llenaron de gran gozo, pues la Biblia dice: “Todo es posible para el que cree” (Mr. 9: 23). Inmediatamente agradecí a Dios, le alabé por haberme dado sus Palabras y acepté por fe que Él me había sanado.
La prueba no se hizo esperar. La Biblia dice: “Por la fe estáis firmes”, pero yo todavía estaba postrado en la cama. Surgió un conflicto en mi mente: ¿debía incorporarme y ponerme de pie o debía permanecer acostado? Sabemos que los seres humanos se aman a sí mismos y les es más cómodo morirse en cama que de pie. Entonces, la Palabra de Dios manifestó su poder y, sin importarme nada más, me vestí con ropa que no había usado en ciento setenta y seis días. Mientras me bajaba de mi lecho para ponerme de pie, sudé tan profusamente que parecía como si me hubiese empapado bajo la lluvia.
Satanás me dijo: “¿Estás tratando de ponerte de pie cuando ni siquiera puedes sentarte?” Le repliqué: “Dios me dijo que me pusiera de pie”, y así lo hice. Sudando frío, casi me caía, pero seguía repitiendo: “¡Por la fe estáis firmes! ¡Por la fe estáis firmes!” Luego caminé unos pasos para ponerme la ropa. Después me senté. En ese momento, la Palabra de Dios vino a mí diciéndome que no sólo debía estar firme en la fe sino que también debía andar por la fe.
Ya había sido un milagro el hecho de poder levantarme y dar unos pasos para vestirme. ¿Cómo podría esperar caminar más lejos? Le pregunté a Dios: “¿Adónde deseas que vaya?” El me respondió: “Ve a la casa de la hermana Lee en el número 215”. Allí un grupo de hermanos y hermanas habían estado orando y ayunando por mí durante dos o tres días.
Pensé que tal vez podía caminar en el cuarto, pero me sería imposible descender por las escaleras. Oré a Dios: “¡Oh Dios, puedo estar de pie firme por la fe, y por la fe también puedo bajar las escaleras!” De inmediato me dirigí a la puerta que llevaba a las escaleras y la abrí. Les digo francamente que, estando de pie frente a las escaleras, me parecía que éstas eran las más largas que había visto en mi vida. Le dije a Dios: “Si Tú me dices que camine, así lo haré, aunque muera en el intento”. Añadí: “Señor, no puedo caminar. Te ruego que me sostengas con Tu mano”. Apoyándome en la baranda con una mano, descendí paso a paso. Otra vez estaba empapado en un sudor frío, y mientras descendía por las escaleras continuaba clamando: “¡Por fe andamos! ¡Por fe andamos!” En cada peldaño oraba: “Oh Señor, eres Tú quien me hace caminar”. Mientras descendía por esos veinticinco peldaños, me parecía estar caminando mano a mano con el Señor en fe.
Al llegar al final de las escaleras, me sentí fuerte y fui a la puerta trasera. Abrí la puerta y fui directamente a la casa de la hermana Lee. Le dije al Señor: “De ahora en adelante, viviré por fe y nunca más seré un inválido”. Llamé a la puerta tal como Pedro lo hizo en Hechos 12:12-17 sin que Rode le abriera.
Cuando la puerta se abrió y entré a la casa, siete u ocho hermanos y hermanas me miraron fijamente sin proferir palabra ni hacer movimiento alguno. Por cerca de una hora todos permanecieron quietos en sus asientos como si Dios hubiese aparecido entre ellos. Yo estaba allí lleno de agradecimiento y alabanza. Entonces, les relaté todo lo que me había sucedido en el transcurso de la sanidad que recibí por gracia. Llenos de gozo y jubilosos en espíritu, todos alabamos a Dios en voz alta por su obra maravillosa.
Aquel mismo día alquilamos un vehículo para ir a Kiang-Wan, en los suburbios de la ciudad, a visitar a la famosa evangelista Dora Yu. Ella se sorprendió grandemente al verme, pues recientemente había recibido noticias de mi inminente deceso. Cuando aparecí, me vieron como alguien que había sido levantado de entre los muertos. Aquella fue otra celebración de gratitud llena de gozo y alabanzas al Señor. El domingo siguiente hablé desde la plataforma por tres horas.
Hace cuatro años, leí un aviso en el periódico con respecto al remate de una casa y su mobiliario pertenecientes a un famoso doctor alemán que acababa de fallecer. Cuando hice las averiguaciones del caso, me di cuenta de que ese doctor era el que hacía años me había tomado unas radiografías. El había tomado tres radiografías de mis pulmones y me había desahuciado. Cuando le pedí que tomara otra placa, me dijo que no era necesario y me mostró las placas de otra persona, diciéndome: “Esta persona estaba en mejores condiciones que usted y, sin embargo, murió en su hogar dos semanas después que se tomaron estas radiografías. No venga a verme más, pues no quiero quitarle su dinero”.
Cuando escuché esto, me fui a casa muy desanimado. Al leer aquel anuncio, levanté mis manos en alabanza al Señor y dije: “Este médico falleció. El había dicho que yo moriría pronto, pero fue él quien murió. El Señor me ha mostrado su gracia”. Cubierto por la sangre del Señor, dije: “Este doctor, quien era más fuerte que yo, murió; pero yo fui sanado por el Señor y aún vivo”. Fui a la subasta y compré muchas cosas de su casa a modo de memorial.
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Mientras el hermano Nee estaba enfermo de tuberculosis, su corazón fue afectado por una angina de pecho en 1927. Dios, por su gracia lo sanó de la tuberculosis, pero dispuso que quedara con ese problema en el pecho. El padeció de esta dolencia cardiaca durante cuarenta y cinco años, hasta el fin de sus días. Le causaba frecuentes dolores y sudores fríos. A veces, mientras presentaba un mensaje, le venía el dolor y se veía obligado a apoyarse sobre el púlpito. El podía morir en cualquier momento. Esto lo condujo espontáneamente a desarrollar una confianza plena en el Señor en lo relacionado con su subsistencia. El sobrevivía momento a momento por su fe en Dios, y en el transcurso de los años Dios lo sostuvo y lo cuidó con su gracia y con su vida de resurrección, hasta el día de su muerte. Mediante estas dificultades físicas, él experimentó y disfrutó a Dios mucho más que si no hubiese tenido esa afección agotadora y debilitante.
La sanidad divina que experimentó Watchman Nee no fue fruto del ejercicio del don de sanidad. Tampoco fue solamente un acto de Dios, sino la obra de la vida de resurrección por acción de la gracia mediante el ejercicio de una fe viva en la fiel Palabra de Dios, con miras a la edificación y el crecimiento de la vida divina. No era solamente un milagro del poder divino, sino la acción de la gracia y la vida divina.
| Debemos ser como ríos que reciben de sus afluentes y dejan seguir la corriente |
Consciente de que algunas personas nunca entrarían a un local de reuniones para escuchar el evangelio, en 1922 comencé a imprimir folletos evangelísticos, pues es necesario que las buenas nuevas lleguen a estas personas. Después de redactarlos, empecé a orar y pedir la provisión necesaria para cubrir los gastos de imprenta y de distribución. Dios me dijo: “Si deseas que conteste tu oración, primero debes quitar todo impedimento”.
El domingo siguiente prediqué sobre el tema “Quitar todo impedimento”. En aquel entonces muchos criticaban a la esposa de uno de mis colaboradores, una hermana que se reunía con nosotros. Cuando yo entré a la reunión para dar el mensaje, la miré e interiormente la juzgué y pensé que los demás tenían razón en criticarla. Después de la reunión, ella estaba de pie cerca de la puerta, y yo la saludé al salir del local.
Luego, cuando nuevamente le suplicaba a Dios que cubriera los gastos de imprenta, diciéndole que había quitado todo obstáculo, El me dijo: “¿Qué me dices del mensaje que acabas de predicar? Tú has menospreciado a aquella hermana; ése es un obstáculo para la oración, el cual debes eliminar. Debes ir a ella y confesar tu culpa”. Le respondí: “No es necesario que confesemos a otros los pecados que están en nuestra mente”. Dios me respondió: “Sí, eso es cierto, pero tu caso es diferente”.
Luego, cuando pensé en confesarle a ella y enfrentar el asunto, vacilé en cinco oportunidades. Aún cuando estaba dispuesto a confesar mi falta, me preocupaba que ella, quien siempre me había admirado, ahora me menospreciaría. Le dije a Dios: “Haré cualquier cosa que me pidas, pero no quisiera confesarle a ella mi falta”. Continué pidiendo a Dios que cubriera los gastos de imprenta, pero Él no escuchaba mis argumentos; al contrario, insistía en que yo me confesara con ella. La sexta vez, por la gracia del Señor, le confesé a la hermana mi culpa. Con lágrimas en los ojos, ambos confesamos nuestras faltas y después nos perdonamos el uno al otro. Fuimos llenos de gozo y, desde entonces, nos amamos en el Señor aún más.
Poco después, el cartero me entregó una carta que contenía quince dólares. La carta leía: “Me gusta distribuir folletos evangelísticos y me sentí movido a ayudarle a imprimirlos. Por favor, acepte mi donación”.
En cuanto fueron eliminados todos los impedimentos, Dios contestó mis oraciones. ¡Gracias al Señor! Esta fue la primera vez que experimenté que Dios respondiera a mis oraciones con respecto a la impresión de las publicaciones. En aquel entonces repartíamos más de mil folletos por día. Se imprimían y se distribuían de dos a tres millones de folletos al año para abastecer a las iglesias en varios lugares. En los primeros años de la publicación de literatura, Dios siempre respondió a mis oraciones y cubrió todas nuestras necesidades.
El Señor también me indicó que publicara la revista El testimonio actual y que la distribuyera sin cargo alguno. En aquel tiempo en China, todas las publicaciones de temas espirituales estaban a la venta; solamente la revista que yo publicaba era gratuita.
El cuarto donde redactaba y editaba los manuscritos era bastante pequeño. Cuando terminábamos los artículos, los enviábamos a la imprenta. Si no había fondos disponibles, oraba a Dios pidiendo que enviara su provisión para la impresión. Al observar lo que estaba haciendo, me reía, pues los manuscritos eran enviados a la imprenta sin que tuviéramos los fondos para pagar la impresión.
Mientras viva, nunca olvidaré aquella vez cuando aún me estaba riendo y escuché a alguien tocar la puerta. Al abrirla, vi a una mujer de mediana edad que siempre venía a las reuniones pero por quien mi corazón sentía una extraña frialdad. Era rica, pero amaba el dinero y trataba diez centavos como si fuesen un dólar. Me extrañé de que pudiera ser ella la que diera el dinero para imprimir la revista. Entonces, le pregunté el motivo de su visita, y me dijo:
“Hace una hora, comencé a sentirme incómoda. Cuando oré a Dios, El me dijo que yo no parecía cristiana, porque nunca he hecho lo correcto en cuanto a ofrendar y amo demasiado el dinero”. Le pregunté qué deseaba que hiciera, y me dijo: “Debes ofrendar dinero para que sea usado en Mi obra”.
Luego ella tomó treinta dólares de plata y los puso sobre la mesa, diciéndome: “Gaste el dinero en lo que usted juzgue necesario”. Sobre la mesa estaban los manuscritos y el dinero. Le agradecí al Señor, sin decirle nada a ella. Ella se despidió, y yo fui de inmediato a pagar a la imprenta.
El dinero que ella dio fue suficiente para imprimir mil cuatrocientos ejemplares de la revista. Otros dieron el dinero para los gastos de franqueo. Ahora imprimimos cerca de siete mil ejemplares de cada edición. Dios nos provee todos los fondos en el momento preciso de la manera que lo he relatado. Nunca le he pedido contribuciones a nadie. Ha habido ocasiones en que las personas me han rogado que les acepte el dinero. En todos estos asuntos siempre he esperado exclusivamente en el Señor.
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En la narración que Watchman Nee presentó de su historia personal en una reunión el domingo, 4 de diciembre de 1932, él relató los mismos asuntos con más detalles.
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A fines del año 1922 sentí la carga de publicar una revista, debido a que numerosas personas habían sido salvas en Fuchow, y el número iba incrementándose. En aquel tiempo, el hermano Leland Wang estaba evangelizando lejos en la región de Yangtze. Su esposa y sus hijos quedaron solos en casa; así que me pidió que me mudara a su casa para cuidar a su familia. Todos los días, la hermana Wang y yo orábamos por la revista. En aquel tiempo me encontraba extremadamente limitado en las finanzas. Después de orar por más de un mes, no tenía ni un solo dólar. Una mañana le dije: “No es necesario orar más; eso sería falta de fe. Debo empezar a escribir. ¡Dios no necesita poner el dinero en nuestras manos para que empecemos a escribir! Por consiguiente, dejaré de orar por este asunto, y proseguiré a la preparación de los borradores”.
Cuando todo estuvo listo y la última palabra fue escrita, dije: “Ahora llegará el dinero”. Me arrodillé y volví a orar, diciendo: “Dios, el borrador está listo para imprimirse, pero todavía no tenemos dinero”. Después de orar así, sentí una confianza maravillosa de que Dios daría el dinero, y empezamos a alabar a Dios. Lo más asombroso fue que todavía no habíamos terminado la oración cuando alguien llamó a la puerta. Yo esperaba que viniera alguien con el dinero. Como estaba en casa de la hermana Wang, dejé que ella abriera la puerta. Para mi sorpresa, la persona que vino era una hermana rica pero muy avara. Pensé: “Con seguridad ella no dará el dinero”. Pero me dijo: “Tengo algo extremadamente importante que decirle”. Contesté: “Dígame, por favor”. Entonces ella preguntó: “¿Cómo debe dar ofrendas un cristiano?” Contesté que no debemos adoptar la costumbre del Antiguo Testamento de dar solamente el diezmo; más bien debemos seguir lo dicho de 2ª Corintios 9: 7, según lo cual cada persona debe dar conforme al lo que Dios le indique. Puede dar la mitad, la tercera parte, el diezmo, o la vigésima parte de su ingreso. Entonces ella contestó: “¿Adónde se debe entregar ese donativo?” Contesté: “No la dé a una iglesia que se oponga al Señor ni a los que no creen en la Biblia ni en la redención de la sangre que el Señor derramó. Si nadie les da contribuciones, no podrán llevar a cabo su predicación. Ore antes de dar una ofrenda, y luego dela a los pobres o a alguna obra, pero jamás a una organización que no sea recta”. Ella dijo: “El Señor me ha hablado durante mucho tiempo acerca de mi devoción excesiva al dinero. Al principio no pude aceptarlo, pero ahora sí puedo. Mientras oraba esta mañana, el Señor me dijo: “Ya no tienes que orar más. Sólo empieza a ofrendar tu dinero". Estaba bastante desconcertada, pero ahora estoy aquí con treinta dólares para que los use en la obra del Señor". Este dinero era suficiente para imprimir mil cuatrocientos ejemplares de El testimonio actual. Más adelante, otra persona dio otros treinta dólares más, con lo cual pagamos el envío y demás gastos. Así se publicó el primer número de El testimonio actual.
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En el testimonio personal que Watchman Nee dio en Kulangsu el 20 de octubre acerca del acontecimiento mencionado arriba, él concluyó con las siguientes palabras:
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Si una persona se deja dominar por el dinero, sin duda fracasará en otros asuntos. Debemos esperar en Dios con una mente sencilla y nunca hacer nada que deshonre al Señor. Cuando alguien nos dé dinero, lo aceptamos en el nombre de Cristo, pero nunca debemos pedir nada. Agradezco a Dios que después de decirles a mis padres que no volvería a usar su dinero, aún así me fue posible estudiar los dos años que me faltaban. Aunque no sabía de dónde vendría mi sustento, Dios siempre proveyó cuando se presentó alguna necesidad. Algunas veces la situación parecía en extremo difícil, pero Dios nunca me desamparó.
Con frecuencia ponemos nuestra confianza en las personas, pero Dios no desea que dependamos de otros. Debemos aprender la lección de gastar en la medida en que recibimos, y nunca seamos como el mar Muerto, que recibe varios afluentes pero del cual no fluye ninguno; más bien debemos ser como el río Jordán, que recibe de sus afluentes y deja seguir la corriente. Los levitas del Antiguo Testamento se dedicaban exclusivamente a servir a Dios, y aún ellos debían ofrecer sus diezmos.
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"Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal de mi pacto con la tierra ", Génesis 9: 13
"Todo lo que no proviene [de la fuente] de la fe (que Dios te lo diga, personalmente o mediante su Palabra) es pecado". Romanos 14: 23
Esta escritura ha estado sentada en mi corazón durante los últimos dos años con mucha fuerza. ¡No puedo alejarme de ella y siento que es muy imperativa para todos los creyentes en este momento! Gente, no podemos espiritualizar o racionalizar esto. Si las decisiones que tomamos provienen del miedo, la autoconservación, la conformidad o el sentido y la razón, entonces no provienen de la fe. El Señor dice que sin fe es imposible agradarle. Los animo a todos en estos tiempos a que le pregunten a Dios qué decisiones deben tomar para ustedes y sus familias. Cualquier cosa que el Señor les diga y les instruya, les dará la unción y la gracia para caminar en ellas. Desvelará misterios secretos que pertenecen a caminar con victoria en ese camino en particular. Esta no es la hora de ASUSTARSE (de lo que Dios le pedirá), sino de DESCUBRIR cuál es la instrucción de Dios para usted. Si no le está preguntando al Señor, sino que simplemente está de acuerdo con lo que le “parece” correcto o conveniente, le insto a que se detenga, ore y se asegure que la dirección que está tomando sea guiada por el Espíritu Santo. Todo operador náutico sabe que un grado de rumbo eventualmente desviará el barco muchas millas. Se lo digo, si le pregunta, Él le responderá. El problema es que a veces la gente no quiere preguntar porque la respuesta que el Señor puede darles tal vez no sea la que ellos quieren escuchar y puede requerir un poco de confianza adicional y llevarlos fuera de su zona de confort. El Señor está posicionando estratégicamente a su pueblo en esta tiempo para la próxima temporada por venir. No se pierda todo lo que Dios tiene para usted al elegir la opción de status quo fácil, inferior y cómoda. La fe y la obediencia a Dios tienen un costo. Y la fe siempre le sacará de su propia capacidad. Le colocará en el lugar donde tiene que funcionar "no con fuerza ni con poder, sino con su Espíritu". Él está examinando su ejército de Gedeón, pero tengo una noticia para todos aquellos que se preocupan: Él ya ganó y la victoria está asegurada. Prefiero que me encuentren en el lado de los vencedores de la valla que en los perdedores. Mi pregunta hoy es: ¿Hacia dónde se dirige? ¿Dónde está su destino? No permita que otras personas tomen esas decisiones para su vida. Usted es el mayordomo de la vida que Dios le ha dado y es responsable de caminar por fe en obediencia y entregarse a Él. ¿Es usted el señor de su vida o es Jesús verdaderamente el capitán de su barco? ¿Lo reconoce en todos sus caminos para que Él pueda dirigirlo o simplemente está siguiendo lo que le sienta cómodo en el momento? Le desafío hoy. Aquellos que Jesús llama sus discípulos son los que toman su cruz y le siguen. Permítanme hacerles la pregunta, amigos ... si no pasan tiempo con Él y le preguntan sobre la dirección y los planes de sus vidas, entonces, ¿cómo saben realmente DÓNDE está para SEGUIRLE? No suponga nada. Él nos dice que le encomendemos nuestros planes y Él determina nuestros pensamientos. Eso significa que hace que nuestros pensamientos se alineen con la forma en que Él lo ve todo. Isaías dice que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos y sus caminos no son nuestros caminos, porque son más elevados. Esta es la hora en la que el neumático se encuentra con la carretera cuando se trata de la fe. ¿Somos discípulos y seguidores de Cristo? ¿O somos discípulos y seguidores del mundo? Todo se reduce a la fe. Mi Biblia dice que el justo caminará por fe. Por lo tanto, mi Jesús ha pagado un precio para que pueda ser guiado por Él y vivir una vida de vida en abundancia en todas las cosas y tener la gracia y el poder de no ser esclavo del reino carnal de corrupción y decadencia donde el enemigo roba, mata y destruye. Sea bendecido al preguntarle qué curso de acción tomar en todas las áreas de su vida, grandes o pequeñas. |
Copyright © 2017 Anita Alexander
"Pero sin fe es imposible agradar a Dios",Hebreos 11: 6
Me encanta Chambers. Me ha recordado la frase que suelo usar: "la bendita seguridad de la inseguridad". También me recuerda la imagen profética que Dios me dio y que un día compartí en con mi primera congregación, de que la vida de fe es como la de un funambulista que no solo cruza el alambre, sino que vive cómodamente instalado en él. (JOSÉ)