7 de abril de 2021
Isaías 43: 2
Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.
Ezequiel 47: 5
Midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado.
Hechos 27: 41
Pero dando en un lugar de dos aguas, hicieron encallar la nave; y la proa, hincada, quedó inmóvil, y la popa se abría con la violencia del mar.
Salmo 37: 8
Deja la ira y desecha el enojo. No te excites en manera alguna a hacer lo malo…
Ayer escribíamos un artículo sobre este río arrollador de aguas procelosas titulado “En Algún Momento...”. Hoy, 18 de abril de 2016, publicamos otro de Gary Wilkerson, “Un Camino entre las Portentosas Aguas”, que nos parece una confirmación del Señor muy clara, de estar tocando algo de lo que Dios quiere hablar ahora, a quienes están siendo llevados por la impetuosa corriente del río o están apunto de decidirse a entrar en él.
Si tú eres uno de ellos estarás en un momento espiritual muy próximo a la entonación del trágico “miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Romanos 7:24)”, y del glorioso y victorioso “¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!
(Romanos 7:25)”, que le seguirá.
Se supone que a estas alturas seas ya casi un cadáver apestoso para ti mismo y para cuantos te rodean. ¡Cuán difícil y duro es ese estado para ti y para los que están a tu lado! Seguramente te encuentres en medio de un frenesí carnal; es decir, que tu carne, a punto de morir, entona el mejor canto del cisne, el mejor réquiem, que haya entonado jamás: depresión, angustia, emociones incontroladas, agresividad, verborrea venenosa mordaz, exabruptos de incontinencia verbal desbocada…; es decir, Satanás manifestándose a través de tu carne y de tu lengua viperina, hiriente e irrespetuosa... Todo te es confusión y oscuridad, pero por supuesto tú no lo ves así, sino que culpas a los demás por todos tus males reales o imaginarios; por lo que hacen o dejan de hacer; por lo que hablan o dejan de hablar, ¡hasta por lo que tú piensas que están pensando e incluso hasta por lo que crees que ellos piensan de lo que otros piensan! Tu mente es como una pista de aterrizaje de toda ave inmunda; es decir, de todo pensamiento diabólico, carnal, terrenal, animal… Eres como un puerco espín al que nadie se le puede acercar y si tú te acercas a alguien inexorablemente les pinchas y huyen de ti.
Toda tu vida es vivida ahora a través del prisma de color de hiel de tu carne, de tu YO. Tú estás sentado en el trono de tu EGO y no dejas espacio suficiente para que otro se cruce en tu camino. ¡Tú eres el rey! ¡Tu EGO real todo lo llena en todo! Eres el centro del Universo y pretendes que todo él ha de girar a tu alrededor.
Con ese enfoque en ti mismo sólo puedes manifestar un estado corrupto y depresivo. Como decía Corrie Ten Boon:
“Cuando te enfocas en ti mismo te deprimes; cuando te enfocas en las circunstancias te angustias; cuando te enfocas en Dios entonces te gozas” (ver Hab. 3: 17-19).
Ese estado puede que sea por la contestación a las oraciones que hiciste pidiendo morir a la carne y entrar a la vida victoriosa. Realmente la carne tiene que manifestarse en todo su esplendor para que no te quepa duda de que es eso, CARNE. Sí, eso eres tú, tu naturaleza adánica y diabólica, tu EGO abominable, al que tienes que llegar aborrecer hasta desear más que nada que se vaya para siempre jamás; o como lo diría un buen amigo mío, inobjetablemente.
¿Cómo te ayudarán los que no tienen más remedio que estar a tu lado?
Pues te diré que ni pueden ni les dejas. No pueden porque a la cruz hemos de ir solos. No les dejas por que tú crees que lo sabes todo... Eso me recuerda una ilustración de Watchman Nee sobre como actúa el socorrista experto ante alguien que se está ahogando:
Cuando alguien está en el agua agitándose violentamente porque se está ahogando, está angustiado, asustado, y pierde todo control y raciocinio, con lo que cuanto más trata de hacer para salvarse a sí mismo complica más la situación.
El socorrista experimentado, habiéndolo avistado, permanece en la orilla tranquilo esperando a que agote sus fuerzas y deje de tratar; porque sabe que si acudiera en su auxilio en esos momentos de agitación violenta, correría el riesgo de que la víctima se aferrara a él, de tal forma que podrían acabar por ahogarse los dos. La víctima, mientras, piensa que el tranquilo socorrista no se preocupa ni se da cuenta del peligro que está corriendo y que no quiere ayudarlo; pero es justo lo contrario. Cuando al fin, sin fuerzas, deja de luchar, de agitarse, el socorrista se lanza y en unas pocas brazadas está presto a su lado y lo hala hasta la orilla. Si al llegar a la víctima ésta aún hiciera algún gesto de agitación deberá noquearlo de un buen puñetazo para poder rescatarlo.
¿Te suena familiar esta situación? Ese que se está ahogando eres tú cuando estás a punto de cruzar el río de la muerte, tu Jordán. El temor, la incredulidad, que es lo opuesto a la fe, se agita; la fe confía, se está quieta y obtiene la paz.
Si Dios te ha llamado para ser un Vencedor, es inexorable que cruces este río. No te podrás sustraer de sus aguas turbulentas. Pero hay dos formas de cruzarlo. La primera es con balsa o con ka-yak, lo que te protegerá de los golpes más grandes y te hará la travesía un poco menos violenta y dolorosa. Esa balsa tal vez represente que te dejes conducir por Alguien experimentado, o por quien se te envíe para el intento del descenso del río, confiando en su gracia. Recuerda el texto de Isaías: “Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo... (Isaías 43:2)”. Esta es la actitud de dejarte caer sobre la Roca para ser quebrantado. El ayuno regular y, circunstancialmente, el coyuntural, te ayudarán a embridar tu carne y a tener bien ajustada la tapa de tu vasija, es decir de tu bocaza.
La otra actitud es la de dar rienda suelta a tu rebelión, a tu carnalidad, negándote a ser dirigido, descendiendo por los rápidos “a pelo”, quejándote, gritando, pataleando y permitiendo aflorar todas las lindezas de tu vida adánica. Eligiendo, además, descender a Egipto en busca de la ayuda material y/o afectiva de los incrédulos. Aunque sean tus padres, hijos o nietos carnales, etc., sólo conseguirás empeorar las cosas, por no “salir de tu tierra y de tu parentela (Hechos 7:3)” de una santa vez.
Si este último es tu caso o actitud, habrás elegido que la Roca caiga sobre ti para aplastarte; es decir, el electrochoque y la camisa de fuerza (ver LOS QUE ENTRARÁN CON ELECTROCHOQUE Y CAMISA DE FUERZA (AÑO 2016), José), o que la temperatura del horno sea aumentada 7 veces... (Daniel 3:19). Esto supondrá el peor descenso por ese río que pudieras imaginar y que los golpes contra las peñas, la zozobra tal vez, traigan consecuencias trágicas a tu vida, que pudieran haberse evitado. Consecuencias tales como pérdidas económicas, pérdida del trabajo o negocio; deterioros graves de la salud, como infartos, hernias de hiato, úlceras estomacales o intestinales, estreñimiento crónico, hemorroides, etc.; daños familiares irreparables, como adulterio, divorcio, enemistades, pleitos, pérdida de amigos; vergüenza pública, oprobios… ¡Sí, incluso la perdida de tu predestinación, de tu llamado, e incluso de tu corona…!
A la vista de lo antedicho, ¿estás seguro que enconarte en tu rebeldía merecerá la pena? ¡Piénsalo bien! ¡No le facilites el trabajo al diablo! “Deja la ira, y desecha el enojo. No te excites en manera alguna a hacer lo malo…” (Sal. 37:8).
El río es caudaloso y violento y ya no puedes hacer pie. ¡Y eso es justo lo que Dios quería! Arrebatarte el control. Pero recuerda, atravesar ese río cogido de su mano, en su balsa, aunque no sea como piloto sino de copiloto, hará que “el agua no te anegue, que el fuego no te queme ni la llama arda en ti” (Is. 43:2).
Eso es mucho mejor que permanecer en tu situación actual, de estar encallado entre dos aguas, que azotan tu popa amenazando engullirte y están destrozándote a ti y a los que te rodean. Abandona de una vez esa nave del doble ánimo; despide a todos tus ídolos, suelta todas las amarras que aún te queden, para que al fin puedas alcanzar refugio en la playa del “Shalom de Dios”, en las arenas suaves y refulgentes de la Vida Victoriosa… en Gilgal, después de haber cruzado el Jordán.
José

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