El mayor estorbo para la obra de Dios no se encuentra en la oposición del mundo ni en la debilidad de la carne visible, sino en la fortaleza impenetrable del alma no rendida del creyente. Muchos procuran servir a Dios basándose en sus capacidades, opiniones y lógicas humanas, intentando producir fruto espiritual sin haber pasado jamás por el camino del calvario. No obstante, el Señor no puede utilizar con eficacia a un hombre hasta que este haya sido quebrantado en el centro de su ser y despojado de toda iniciativa propia. La verdadera vida cristiana no consiste en una mejora moral ni en una intensa actividad externa para el Reino, sino en la muerte diaria del yo; es el cese absoluto de nuestra voluntad para que la vida resucitada de Cristo sea la única que gobierne y se exprese.
La cruz no actúa como un instrumento de destrucción sin propósito, sino como la operación divina que desgasta pacientemente las capas del hombre exterior para liberar el espíritu. Una vida genuinamente rendida se reconoce por su carencia de pretensiones y derechos: ya no se mueve por emociones, necesidades o elocuencias humanas, sino bajo una estricta y silenciosa obediencia espiritual. Al igual que el grano de trigo que debe caer en tierra y morir para no quedar solo, el creyente necesita experimentar el quebrantamiento de sus deseos más legítimos, sus ministerios e incluso sus buenas intenciones. Dios no tiene prisa en utilizarnos, pero sí tiene una urgencia absoluta en poseernos por completo, pues la autoridad espiritual no se adquiere en las aulas de un seminario, sino que se forja en el fuego del secreto y en el vacío absoluto de uno mismo.
Cuando el ser humano es vaciado, limpiado y reducido a la nada, se convierte en un vaso idóneo para contener el vino nuevo de su gloria sin contaminarlo ni romperlo. En este estado de entrega continua, cesa la ansiedad por sostener reputaciones, abrir puertas o demostrar resultados visibles ante los hombres, ya que toda la existencia pasa a depender enteramente del trono celestial. Quien habita en esta dimensión de sumisión radical no necesita justificarse ni buscar el aplauso del mundo, pues su seguridad descansa exclusivamente en la comunión íntima con su Señor. Al final, la ecuación del Espíritu permanece inalterable: a mayor muerte al yo, mayor manifestación de la resurrección; y solo cuando el hombre se rinde por completo, permitiendo que Cristo sea el todo en él, la Eternidad toca la Tierra con verdadero peso y sustancia divina.
WATCHMAN NEE
(Gentileza de E. Josué Zambrano Tapias)
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