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SUMISIÓN ESPIRITUAL, Watchman Nee

 



La sumisión espiritual no es una claudicación pasiva ni una anulación de la conciencia, sino el fruto maduro de un espíritu que ha sido llevado al conocimiento profundo del gobierno de Dios a través de la cruz

Existe una diferencia crucial entre el poder natural, que busca impresionar y afirmarse mediante el carisma o la elocuencia, y la autoridad espiritual genuina, la cual pertenece exclusivamente al Señor y solo descansa en aquellos que viven bajo su mano quebrantadora. 

Cuando el alma no tratada pretende administrar las cosas santas desde sus propios recursos psíquicos, indefectiblemente genera rebelión, competencia y división, imitando el antiguo error de Coré que buscaba ministerio sin yugo

Por el contrario, la verdadera sujeción nace de una revelación interior de Cristo en su camino de siervo; es una rendición voluntaria por amor que no se origina en el temor al hombre ni en la mera costumbre religiosa, sino en haber contemplado que ninguna otra voluntad es tan sabia y perfecta como la del Padre.

Este quebrantamiento del yo se gesta y se prueba en lo secreto, allí donde no hay espectadores ni aplausos, sino únicamente el trato silencioso del Espíritu Santo en Getsemaní. El hombre natural detesta ser corregido o contrariado, reaccionando con justificaciones, argumentos y amargura para preservar su reputación. Sin embargo, aquel cuya voluntad ha sido crucificada con Cristo no necesita defenderse ni competir por posiciones dentro del Cuerpo; recibe los tratos difíciles, las aparentes injusticias y los prolongados silencios de Dios como un ungüento necesario para el altar. Sabe discernir la autoridad delegada por el Señor sin idolatrar a los hombres, y posee el equilibrio santo para someterse en amor horizontal a sus hermanos, manteniendo al mismo tiempo la firmeza espiritual para decir no cuando las exigencias humanas pretenden usurpar el lugar que solo le corresponde a la soberanía divina.

En la economía divina, la recompensa de esta vida rendida no se mide por el éxito visible o la magnitud de las obras, sino por la fragancia de la comunión y el respaldo del Cielo

Muchos pueden predicar y hacer grandes milagros sin haber sido jamás conquistados en lo íntimo, exponiéndose a la terrible reprensión de obrar fuera del conocimiento del Señor. La sumisión práctica y cotidiana —manifestada en el uso del tiempo, el dinero, el matrimonio y la vida de la iglesia— es lo que verdaderamente demuestra si el Reino de Dios se ha establecido en el corazón. Cuando las voluntades individuales se doblan ante la tonalidad de Cristo, la Iglesia deja de sonar como un tropel de ambiciones humanas y se transforma en un santuario afinado, donde cada miembro administra la gracia recibida, permitiendo que el Espíritu Santo fluya sin estorbos y que la vida divina se manifieste en su máxima pureza.

WATCHMAN NEE

(Gentileza de E. JOSUÉ ZAMBRANO TAPIAS)


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