Vivir expuesto a la verdad sin que esa verdad se convierta en tu realidad es la mayor tragedia de la vida cristiana, porque el resultado de esa desconexión es una frustración que te carcome la casa y las conversaciones.
Nos encanta la ficción evangélica: venir bien vestidos a la reunión, opinar sobre el orden de las sillas o la música, mientras en el auto venías en una guerra declarada con tu pareja; nos compramos el disfraz de la cultura cristiana para el domingo, pero cruzando el umbral del templo dejamos la casa vacía, librada al azar, listos para que regresen siete demonios peores.
La cruz de Cristo no vino a maquillar tu desorden ni a decorar tu caos, vino a meter un corte radical; porque Dios no crea ni multiplica vida en el caos, primero separa. El patrón eterno desde el Génesis no ha cambiado: Dios habla, la espada de la cruz separa la luz de las tinieblas, sepulta de una vez por todas al viejo hombre adámico con el que convivías sin darte cuenta, y solo después de esa sepultura violenta es que lo ordena todo, implanta vida y trae una expansión real, no ficticia.
El problema es que pretendemos ganar batallas afuera mientras seguimos alimentando ídolos adentro, y Dios te dice que nunca vas a expresar la victoria de Jesucristo ante tus circunstancias externas si no dejas de nutrir a los Baales y a las Aseras que habitan en tu propia intimidad.
Hoy esos ídolos cambiaron de disfraz, pero son el mal de este siglo: Baal es tu obsesión por el éxito, la estabilidad económica, la productividad y esa necesidad enfermiza de querer controlarlo todo; Asera es la sensualidad desordenada, los placeres sin freno y el buscar una autoridad impuesta para tener peso ante los demás.
Cuando la Palabra te alumbra, te hace responsable y te da un hacha para que dejes de ser un espectador; te toca subir a tu propio monte y derribar el altar que te heredó tu familia, la pornografía con la que bajas la ansiedad, la religión con la que camuflas el orgullo, o los gritos con los que pretendes resolver tus crisis.
Derribar no es reformar ni pedirle a otro que lo solucione; es agarrar el madero, identificar la raíz de lo falso que se levantó en ti durante años y hacerlo pedazos por el poder del Cordero inmolado.
Pero el Evangelio no se trata simplemente de una lista de cosas que tienes que dejar, porque de eliminar lo malo ya se encargó la cruz; el Evangelio es una sustitución absoluta donde el vacío que dejó el ídolo tiene que ser ocupado por la persona de Jesús. Dios no quiere que edifiques su altar en el mismo suelo cómodo donde estaba la idolatría, sino en la cumbre del peñasco, sobre la roca firme que es Cristo, haciendo que lo que antes servía para tu maldición y vergüenza ahora sea quemado bajo el fuego del madero como un sacrificio de olor fragante para su gloria.
Ya no estamos para jugar a la Iglesia ni para andar podando hojitas feas mientras la raíz sigue intacta; la cruz es el gran diamante de Dios, el corte definitivo que despojó a los principados y clavó tu acta de condenación en el madero para que dejes de caminar conforme a tus viejos patrones.
Al igual que Gedeón y sus hombres, podemos sentir temor en la noche de nuestra fe, pero nos subimos juntos al monte agarrados del hombro, no para sostener una apariencia, sino para accionar en obediencia, romper las estructuras del ego y liberar nuestras casas bajo el diseño del único Dios vivo.
SEBASTIAN LIENDO
(Gentileza de Esdras Josué ZAMBRANO TAPIAS)
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