TRADUCTOR-TRANSLATE

IDENTIFICAR LA VIDA, Fabián Liendo





La necesidad imperativa de identificar la división entre el espíritu y el alma constituye el fundamento de nuestra madurez espiritual. Gran parte de los dogmas y las doctrinas de hombres surgen, precisamente, de la incapacidad de distinguir lo eterno de lo temporal. Cuando no logramos contemplar la vida de la Iglesia —que es Cristo mismo, el Dios trino operando en nuestra realidad eterna—, corremos el riesgo de vincularnos con las sombras, otorgando carácter de verdad absoluta a aquello que es meramente transitorio. Debemos ser librados de la tendencia a espiritualizar lo temporal para que, mediante la luz del entendimiento provista por el Espíritu, comprendamos que solo la medida de Cristo en nosotros participa de la edificación divina.

Dios no establece vínculos con la vieja creación ni con la carne; Su propósito se cumple exclusivamente en y para Su Hijo. Por tanto, es vital reconocer que el poder no reside en nuestras disciplinas humanas —como la oración, el ayuno o las vigilias—, sino en el Dios a quien invocamos. No existe la meritocracia en el Reino; no podemos coaccionar la voluntad divina mediante esfuerzos humanos, pues Dios se mueve soberanamente conforme a Su plan eterno. La Iglesia debe abandonar la imaginación natural y la interpretación meramente intelectual de las Escrituras para acceder, por milagro del Espíritu, a la evidencia sustancial de la vida resucitada.

La mente natural opera en el ámbito de las creencias, aceptando hechos de manera cognitiva pero sin experimentar transformación. Sin embargo, la revelación es evidencia. Las Escrituras dan testimonio de la Verdad, que es una Persona: el Hijo. Hasta que el velo no es corrido y la luz de la vida ilumina el entendimiento, el conocimiento permanece estático. La verdadera unidad de la Iglesia no surgirá de un consenso intelectual, sino de la visión compartida de la misma realidad espiritual. Así como diversas perspectivas de un mismo objeto enriquecen la visión total, la madurez nos permite comprender que las diferencias de medida o perspectiva entre hermanos no deben ser motivo de división, sino de complementariedad en el cuerpo.

Debemos cuidarnos de mutar hacia una mayordomía infiel, donde el sentimiento de propiedad sobre los ministerios o las personas malogre la obra de la gracia. Los ministerios y las almas pertenecen a Dios; nuestra labor es pastorearlas para que encuentren su suficiencia en Cristo y no en nosotros. La identidad de la Iglesia es una Persona eterna, y Su propósito es que seamos unidos a la Cabeza para expresar la multiforme sabiduría de Dios ante los principados y potestades.

Finalmente, la salvación que ya es perfecta en nuestro espíritu debe ser procesada en nuestra alma. El alma nos fue dada para traer la realidad del cielo a la tierra, permitiendo que la palabra implantada —esa semilla eterna— transforme nuestra voluntad y emociones. La meta es la conformación absoluta a Su imagen: amar como Él ama y perdonar como Él perdona. Solo cuando abandonamos nuestras definiciones propias de amor, vida y verdad, y permitimos que Cristo sea la sustancia de todas las cosas en nosotros, podemos dar testimonio del poder de Su resurrección. No estamos llamados a estudiar una doctrina, sino a participar de una Vida que nos absorbe y nos unifica en el Señor.


(Por gentileza de Esdras Josué ZAMBRANO TAPIAS)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Agradecemos cualquier comentario respetuoso y lo agradecemos aún más si no son anónimos. Los comentarios anónimos no serán respondidos.