La premisa de que el ministerio pastoral constituye una expresión representativa de Cristo en la Iglesia se fundamenta en que Él es el verdadero y único Pastor. Por consiguiente, la función pastoral orgánica no se limita a la exposición de sermones, sino que consiste en conducir a los creyentes hacia Cristo, promoviendo una edificación entendida como la formación de su Vida en cada individuo. Las Escrituras presentan a Cristo como el fundamento y la piedra angular de una edificación compuesta por piedras vivas, integradas a Él por pura gracia y mediante la obra consumada en la cruz. Este sentido de edificación proporciona el marco de referencia necesario para evaluar el rumbo eclesial y fortalecer los aspectos que el cuerpo requiera.
Ante la perspectiva de que este modelo resulta impracticable, las Escrituras confirman dicha afirmación desde la lógica de la naturaleza humana: el Evangelio es absolutamente impracticable para el hombre natural. La Ley fue promulgada con el propósito de evidenciar la total incompetencia humana frente al pecado y la imposibilidad de obedecer a Dios de forma autónoma. La naturaleza caída carece de la capacidad de generar obediencia o de portar la vida divina. Por esta razón, la solución provista no consistió en un método, una estrategia o una disciplina conductual, sino en la cruz, la cual determinó el exterminio definitivo de la vieja creación para dar lugar al nacimiento de una nueva naturaleza, que es Cristo, en quien se cumple plenamente la Ley.
El error recurrente radica en intentar hacer del Evangelio una práctica basada en el esfuerzo propio. No se trata de individuos que buscan imitar la conducta de Cristo, sino de Cristo actuando a través del ser humano. Como señala Romanos 3:20, ningún ser humano será justificado por las obras de la Ley, ya que esta sólo aporta el conocimiento del pecado. Asimismo, en Romanos 7:18, el apóstol Pablo declara que en la carne no mora el bien, evidenciando que la voluntad humana es insuficiente para ejecutar lo correcto. La Ley expone la condición caída, pero carece del poder para producir vida.
La justicia divina no se alcanza mediante el mejoramiento del individuo, sino que fue establecida formalmente en Cristo. Conforme a 2ª de Corintios 5:21, Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por la humanidad, para que esta fuese hecha justicia de Dios en Él. El hombre natural no posee la facultad de amar a sus enemigos ni de someterse a los diseños divinos; de hecho, Romanos 8:7 afirma que los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a Su ley, ni tampoco pueden. La problemática fundamental no es de carácter voluntarista, sino de naturaleza y de ausencia de vida.
La intervención divina no consistió en fortalecer la vieja naturaleza, sino en sustituirla. Cristo es la vida esencial, el Espíritu que comunica vida, y la dinámica del Evangelio opera cuando el creyente ya no vive desde su individualidad, sino que Cristo vive en él, rigiéndose por la ley del Espíritu de vida. Intentar adoptar conductas externas como una simple imitación moralista conduce al fracaso teórico y práctico. Según Filipenses 2:13, Dios es quien produce tanto el querer como el hacer, por Su buena voluntad, y Juan 15:5 enfatiza de manera categórica que, separados de la vid, los pámpanos carecen de capacidad operativa.
El Nuevo Pacto se define como la unión de Cristo con su Iglesia y no se sustenta en la fidelidad variable del ser humano, sino en la fidelidad inmutable de Cristo. El Antiguo Pacto poseía un carácter condicional que requería la permanencia de Israel, demostrando la incapacidad de la carne para sostener dicho compromiso. En contraste, el Nuevo Pacto, anunciado en Jeremías 31:31 y ratificado en Hebreos 8, establece la inscripción de las Leyes divinas en la mente y el corazón por iniciativa del Creador, fundamentado en la propiciación que asume el pago de la justicia y anula la memoria de las iniquidades.
La estabilidad de esta unión indestructible, tipificada en el diseño matrimonial de Efesios 5, no depende de los méritos humanos, sino de la suficiencia del Esposo.
La comprensión del Evangelio no se mide por la asimilación de conceptos teóricos, sino por la experimentación de su poder transformador, el cual opera bajo la misma potencia que resucitó a Cristo de los muertos. Este poder modela la imagen del Hijo en nosotros a través de la participación en su Muerte y Resurrección. Estar dispuesto a la crucifixión juntamente con Él implica la renuncia a los derechos e iniciativas de la vieja naturaleza, permitiendo que una Iglesia madura anhele exclusivamente la voluntad divina en lugar de competir o emitir opiniones basadas en criterios humanos.
De acuerdo con 1ª Pedro 1:22, la purificación del alma y la manifestación de un amor fraternal genuino acontecen mediante el Espíritu, en la medida en que la simiente incorruptible se desarrolla. La pureza y la santidad son atributos inherentes a la persona de Cristo; por lo tanto, el crecimiento espiritual consiste en la modelación del individuo conforme a la imagen del Santo. Este proceso de transformación requiere que el creyente se identifique plenamente con la cruz, perdiendo sus prerrogativas individuales para que la vida divina se exprese sin las restricciones que impone el orgullo o el dolor del pasado.
El Evangelio se manifiesta en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, superando los debates argumentativos o la sabiduría puramente persuasiva. La pérdida experimentada tras la caída en el Edén representó la privación de la vida, la luz y el carácter original divino. La restauración de este estado no se limita a la obtención del perdón de las ofensas, sino al traslado estructural hacia una nueva creación que recupera la imagen del Dios invisible a través del Hijo.
El verdadero diagnóstico de la condición humana revela que, sin la regencia de Cristo, la naturaleza produce las obras descritas en Gálatas 5:19, tales como enemistades, pleitos, celos y contiendas. El error del entorno eclesial contemporáneo radica en valorar los dones y las capacidades humanas por encima del fruto y de la Fuente legítima, pretendiendo servir a Dios desde plataformas humanas que operan como cisternas rotas. La complacencia divina habita exclusivamente en su Hijo; por consiguiente, la madurez corporativa se alcanza únicamente cuando se renuncia a proyectar el talento personal como origen de la vida, permitiendo que la centralidad de Cristo gobierne de manera absoluta.
FABIAN LIENDO
(Gentileza de Esdras Josué ZAMBRANO TAPIAS)
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