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DEUTERONOMIO-DISCURSO 7-Matrimonio y Relaciones Vecinales - Cap. 12: LEY DE IGUALDAD DE PESOS Y MEDIDAS, Dr. Stephen Jones



La Ley es para ser administrada con justicia imparcial. Esto se expresa con mayor claridad en la Ley de Igualdad de Pesos y Medidas, que concluye el séptimo discurso de Moisés. Él dice en Deut. 25:13-16,

13 No tendrás en tu bolsa pesas diferentes, una grande y una pequeña. 14 No tendrás en tu casa medidas diferentes, una grande y una pequeña. 15 Deberás tener una medida completa y justa, para que tus días se alarguen sobre la tierra que el Señor tu Dios te da. 16 Porque todo el que hace estas cosas, todo aquel que actúa injustamente es abominación a Yahweh tu Dios.

En aquellos días el peso de algo que se compraba o se vendía (como el grano) se medía por escalas, o balanzas. Dichas balanzas fueron también el símbolo de la justicia, así como nosotros vemos hoy en día en el logo del Departamento de Justicia. Esta comprensión se ve también en Daniel 5:27, cuando Dios reveló el tiempo de Su juicio al rey de Babilonia, diciendo:

27 TEKEL, -tu reino ha sido pesado en la balanza y hallado falto.

El peso de pecado determinó su juicio. El juicio siempre se ajusta al crimen. La atención se centró en la justicia, no en el castigo. El sistema penal del hombre por lo general coloca la disuasión de los delitos por encima de la justicia, haciendo que se incrementen constantemente las sanciones hasta que la justicia queda pervertida. Varios escritores como Charles Dickens y Víctor Hugo han escrito libros acerca de esto, que muestra cómo un hombre puede ser aprisionado muchos años por delitos menores como el robo de una barra de pan.

Estados Unidos ha seguido de manera constante este mismo camino de engaño. Por desgracia, este tipo de prácticas son a menudo empujadas por los cristianos que no entienden que el propósito principal de la Ley de Dios es establecer la justicia. La disuasión es importante, pero siempre secundaria.


Igualdad de Justicia

El “peso del pecado” en la escala de la justicia se ha de medir por igual entre los hombres. En la antigüedad, según las Leyes de Hammurabi (Nimrod), las leyes de los hombres se han aplicado de manera desigual a los ciudadanos, hombres ricos, sacerdotes y gobernantes. Si un hombre común robaba a un sacerdote o gobernante, podría recibir la pena de muerte, mientras que si le robó a uno de sus compañeros, la pena sería alguna forma de restitución.

Por otro lado, algunos eran juzgados en parte de la manera opuesta, tomando en consideración la pobreza o baja posición de uno en la vida. Por esta razón, la Escritura prohíbe esta forma de injusticia en Éxodo 23:3,

3 ni serás parcial a un pobre en su disputa.

Éxodo 23:1-9 legisla contra varios ejemplos de la forma en que los jueces pueden violar la Ley de Igualdad de Pesos y Medidas. Termina con quizás la violación más común de todas en el versículo 9,

9 Y no engañaréis a un extraño, ya que vosotros mismos conocéis los sentimientos de un extranjero, porque también fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.

Es común para nosotros juzgar a los que no conocemos por una norma diferente que a los que conocemos. Tenemos la tendencia a juzgar a los extranjeros por una norma de medida diferente, basados en un resentimiento interior por su presencia. Es como si no merecieran los mismos derechos de que gozamos. La intención de la carne también tiende a pesar de su propio pecado en modo diferente a como piensa de los mismos pecados que hacen los demás. Juzgamos a los demás por sus actos, y a nosotros mismos por nuestras intenciones. Se trata de una violación de la mente y el carácter de Dios, y por tanto también de Su Ley.

Balanzas de Justicia
La Ley de Igualdad de Pesos y Medidas había seguido a Israel a lo largo de su viaje por el desierto, porque se le dio no sólo en el Éxodo, sino también en Lev. 19:35-37, diciendo:

35 No harás injusticia en los juicios, en la medida de peso o capacidad. 36 Tendréis balanzas justas, pesas justas, un efa justo y un hin justo; Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto. 37 Por lo tanto [de este modo] observad todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra. Yo Yahweh.

Aquí la frase en hebreo en el versículo 36 dice literalmente, “escalas de justicia, ????????, es decir, balanzas de justicia. Está claro, entonces, que esta ley regula todo el sistema judicial del Reino de Dios. Es más que una ley; es todo el procedimiento por el cual se aplica la Ley por igual a todas las naciones de la Tierra.

Hay muy pocas aparentes desviaciones de esta práctica. Una de ellas es en el caso de la usura, donde es legal cargar la usura a un extranjero que viva fuera de la Tierra, mientras que es ilegal si el extranjero está viviendo dentro de la Tierra. En otras palabras, aquellos que toleraban la usura no gozaban de los mismos derechos que los que vivían en la Ley de Dios. Ya he comentado esto en el Discurso 6 en la discusión sobre Deut. 23:19,20.

Cualquier persona dentro de las fronteras del Reino debe ser conforme a la Ley de la Tierra, pero los que viven fuera pueden ser tratados de acuerdo a su propio conjunto de leyes. Otras naciones no vieron nada malo en la usura, y así Israel se permitió a tratarlos de acuerdo a su propio nivel de medida. Esto no fue una violación de la Ley, sino en realidad otra aplicación de la Ley de Igualdad de Pesos y Medidas. Estos extranjeros estaban siendo tratados con igualdad de acuerdo con la forma en que iban a tratar a los demás en su propia Tierra.


El testigo de Jesús

Jesús mencionó la Ley de Igualdad de Pesos y Medidas en el Sermón de la Montaña en Mat.7:1 y 2, diciendo:

1 No juzguéis para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con el que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida medida con la que medís, seréis medidos.

Esto demuestra que el método de justicia de Dios es permitir que nuestro propio pecado nos corrija. Si todos amáramos de verdad a nuestro prójimo como a nosotros mismos, nos gustaría seguir la Regla de Oro: Haz a los demás como te gustaría que te hicieran a ti. Si hemos de ponernos en los zapatos de otras personas y tratarlos como nosotros queremos ser tratados, entonces no victimizaremos a ninguna otra persona. Sin embargo, en nuestro egoísmo, a menudo fallamos en este sentido. La intención de la carne está más preocupada por su propia comodidad e interés, que con justicia igual para todos.

Cuando Dios nos juzga por el pecado, nos encontramos siendo tratados como tratamos a los demás. La norma por la cual juzgamos y tratamos a los demás hombres es el estándar por el cual Dios nos juzga y nos trata con el fin de corregirnos a nosotros y hacernos arrepentirnos (cambiar nuestra forma de pensar).

Debido a que Dios es nuestro Padre, Él nos entrena en Sus caminos para que podamos ser conformados a la imagen perfecta de Cristo. Parte de este entrenamiento implica ponernos en situaciones en las que hay que tomar decisiones, discernir y hacer ciertos juicios sobre lo correcto e incorrecto. Si juzgamos correctamente, bien; pero si juzgamos injustamente, Dios entonces invertirá los papeles. Él nos hace jugar el papel del que hemos juzgado injustamente, con el fin de que podamos entender mejor la forma en que se aplica la Regla de Oro.


David y Betsabé

Cuando el rey David cometió adulterio y asesinato a causa de Betsabé, Dios envió al profeta Natán para informarle del juicio de Dios contra él. Pero el profeta no determinó de inmediato el juicio de David. Natán primero quería que David revelara su corazón, para que pudiera ser juzgado según su propio estándar de medida.

Por lo tanto, Natán le contó una pequeña historia con el fin de darle a David oportunidad de juzgarse a sí mismo, o de mostrar misericordia. 2 Sam. 12:1-4 dice:

1 Yahweh envió a Natán a David; y viniendo a él, le dijo: “Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. 2 El rico tenía numerosas ovejas y vacas; 3 pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su pan y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija. 4 Y vino uno de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas, para guisar para el caminante que había venido a él, sino que tomó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para aquel que había venido a él”.

La respuesta emocional de David se da en los versículos 5 y 6,

5 Entonces el furor de David se encendió en gran medida contra el hombre, y dijo a Natán: “Vive Yahweh, que el hombre que ha hecho esto merece morir. 6 Y él debe hacer restitución por el cuádruple de la cordera, porque hizo esto y no tuvo compasión”.

La Ley de Dios, de hecho exige restituir cuatro veces por robar una oveja, cuando se mata o vende (Éxodo 22:1). Sin embargo, la Ley no condena a un hombre a muerte por robo. El juicio injusto de David pidió la pena de muerte, así como la restitución. Es parte de la psicología humana que cuando nuestra propia conciencia nos condena, reaccionamos y juzgar a otros de una manera desequilibrada. Esto se debe a que somos impulsados por las emociones que se basan en la culpa, y así, sin darse cuenta, juzgamos a los demás en representación de nosotros mismos.

El corazón de David le condenó, independientemente de si él era consciente de ello o no. Esto le hizo rendir un juicio desequilibrado. Dios usó esto para determinar el nivel de juicio que vendría sobre el mismo David. Si David hubiera sido misericordioso, habría recibido misericordia; pero su culpabilidad subconsciente sobre su propio robo y asesinato lo llevó a reaccionar de forma de ira emocional exagerada, por lo que juzgó al hombre hipotético como si se estuviera juzgando a sí mismo; incluyó la pena de muerte porque él mismo había sido culpable de asesinato.

Dios tiene una única manera de aplicación de la Ley de Igualdad de Pesos y Medidas, e incluso nos permite juzgamos a nosotros mismos.

No se trataba de corderos. David recibió la pena de muerte, en combinación con la pena de restitución cuádruple. Sin embargo, como David también se arrepintió, Dios escogió mostrar misericordia a David mismo, pero aún así, perdió a cuatro hijos con el tiempo: (1) el primer hijo de Betsabé, (2) Amnón, (3) Absalón, y (4) Adonías.

Lo que es reconfortante para todos nosotros es que a pesar de que la vida de David estuvo llena de angustia partir de ese momento, los juicios de Dios sirvieron para corregirlo, no para destruirlo. De hecho, Dios le dijo en el Salmo 2:7, Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado. Mientras que esto también era una profecía mesiánica de Jesucristo, fue primero una promesa al mismo David. Como Jesús, David también era sumo sacerdote según el orden de Melquisedec (Salmo 110:4).

El juicio divino nos corrige

Cuando Dios nos juzga por nuestro propio estándar de medida, nos corrige de la manera que ninguna otra experiencia jamás podría hacer. Dios en su infinita sabiduría sabe cómo llegar al fondo de nuestro ser más interior y sacar nuestros puntos de vista injustos a la superficie donde podremos juzgarlos y erradicarlos. Cuando tales emociones salen a la superficie, puede ser feo; pero si no no hay otra manera de poder tratar con ellas, de modo que podamos ser conformados a la imagen de Cristo. Los que son conscientes de los tratos de Dios de esta manera son afortunados, porque se arrepienten. Su humildad es genuina, porque saben que tienen razón para ser humildes.

La buena noticia es que esta misma ley tiene un factor de misericordia dentro de ella. Si David hubiera mostrado misericordia cuando Natán le contó la historia, misericordia le habría sido mostrada a David. Si David no habría juzgado que el rico de la historia debía morir, él no habría perdido cuatro hijos. Supongamos que David hubiera dicho: “Llévame a este pobre hombre que ha perdido su cordera; voy a restituirle la cordera cuatro veces”. De esta manera David habría actuado como un tipo de Cristo, porque Cristo vino a la Tierra para pagar la pena completa por nuestro pecado.

Aun así, este principio la Ley nos da a todos la oportunidad de determinar nuestro propio nivel de piedad. Es sólo nuestra propia mente subconsciente la que nos conduce, por la culpa y el miedo, a hacernos desequilibrados (exigentes) al juzgar a otras personas, haciendo que se nos juzgue por nuestra propia medida desequilibrada de la justicia.

Vemos a los demás a través de la lente distorsionada de nuestra propia culpa y el miedo. A menos que la culpa y el miedo estén cubiertos por la sangre de Cristo o eliminados a través de la experiencia en nuestro caminar con Él, continuarán dándonos una mente desequilibrada y descalificándonos cuando llegue el momento para que los santos juzguen al mundo (1 Cor. 6:2).

Uno de los objetivos generales de ser guiados por el Espíritu a nuestro viaje por el desierto es para tratar el estado de desequilibrio de la intención de la carne, que no puede juzgar correctamente hasta que se ha ocupado primero de sus problemas emocionales ocultos, que surgen de la culpa y el miedo. En otras palabras, estamos aprendiendo a juzgar al mundo por la Ley de Dios y la mente de Cristo. Juzgar es discernir el bien del mal, no para condenar a los demás, sino para entender la diferencia por la mente de Cristo.

Desde los días de Jeremías y Daniel, el Reino de Dios ha sido puesto bajo la autoridad de las naciones bestias de la Tierra. Hemos de utilizar este tiempo para preparar nuestros corazones para gobernar y juzgar la Tierra cuando el tiempo de las bestias haya seguido su curso. Se nos da una vida de práctica a cada generación hasta que termine el tiempo de autoridad de las bestias. Entonces, cuando el Reino de la Piedra surja, y la autoridad se pase a los Santos del Altísimo, como Daniel 7:22 profetiza, Dios tendrá un grupo de jueces entrenados que podrán administrar las Leyes del Reino con justicia imparcial para todos.


De acuerdo con Ferrar Fenton, este es el final del discurso séptimo de Moisés. Sin embargo, creo que los próximos versículos con respecto a Amalec son parte del presente discurso, como explicaré en breve.

http://www.gods-kingdom-ministries.net/teachings/books/deuteronomy-the-second-law-speech-7/chapter-12-equal-weights-and-measures/