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ADORACIÓN: LA META DE LA SALVACIÓN, John MacArthur



Si la adoración se basa en la meditación, y la meditación en descubrir, ¿sobre qué se basa el descubrir? En el tiempo invertido con Dios en oración y en la Palabra. Es triste que muchos consideren la oración primordialmente como una manera de conseguir cosas. Hemos perdido de vista el aspecto que acompaña la oración, es decir, estar quietos y ser conscientes de la maravillosa presencia de Dios y tener comunión con Él allí. (J. MacArthur)


Adoración: La Meta de Salvación
John MacArthur
La adoración es la clave para comprender la cuestión total de la salvación. Eso se debe a que la meta de la salvación es producir verdaderos adoradores.
Ellos son lo que “adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Jn. 4:23).
Cuando Pablo evangelizó a los perdidos, aun sus seguidores dijeron de él: “Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley” (Hch. 18:13). El corazón y el alma del evangelismo es llamar a los perdidos a adorar a Dios. El no vivir una vida de adoración es una afrenta a su santa naturaleza y un acto de rebelión en su mundo.
El evangelismo es el registro de una crónica de adoración. Cuando los sabios del oriente vieron al recién nacido Cristo “postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt. 2:11). Después que los discípulos vieron a Cristo caminar sobre las aguas y calmar una tempestad, lo adoraron diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt. 14:33). Un ciego a quien Cristo sanó dijo: “Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye” (Jn. 9:31).
Aquel hombre destacaba que solo hay dos clases de personas: Aquellos a quienes Dios oye y a quienes no oye. El contraste es entre pecadores y adoradores. Ser cristiano es ser un adorador.
En los evangelios los que llegaron a conocer a Cristo le rindieron alguna clase de adoración, dándole honor, homenaje, respeto, reverencia, adoración y alabanza al mismo Dios. Nosotros no debemos hacer menos. El autor de Epístola a los Hebreos escribió: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:28–29, vea Dt. 4:24). La adoración agradable es el resultado de la salvación. Pero la adoración alcanza su plenitud cuando el creyente espontáneamente se ofrece a Dios, lo adora con respeto y con temor piadoso.
Dios debe ser el centro de nuestros pensamientos
¿Cómo podemos cultivar un corazón para la adoración? Haciendo a Dios el centro de nuestros pensamientos. Adorar es un desbordamiento de una mente renovada por la verdad de Dios. Debemos centrar toda nuestra atención a Él.
Centrar nuestros pensamientos en Dios comienza con lo que me gusta llamar descubrimiento. Es decir, cuando descubrimos una gran verdad respecto de Dios, comenzamos a meditar sobre esa verdad hasta que cautiva toda nuestra capacidad pensante. Esa a su vez nos conducirá a la adoración.
A veces no será una cuestión de descubrir algo nuevo. Quizá sabemos una verdad pero la olvidamos. O tal vez todavía la recordamos, pero ahora la vemos más claramente o desde una perspectiva diferente.
Si la adoración se basa en la meditación, y la meditación en descubrir, ¿sobre qué se basa el descubrir? En el tiempo invertido con Dios en oración y en la Palabra. Es triste que muchos consideren la oración primordialmente como una manera de conseguir cosas. Hemos perdido de vista el aspecto que acompaña la oración, es decir, estar quietos y ser conscientes de la maravillosa presencia de Dios y tener comunión con Él allí.
Como creyentes, estamos arraigados y fundados en Cristo, pero cuán profundamente crecen nuestras raíces y cuán maravilloso aparece nuestro fruto dependerá en gran medida de nuestro proceso de descubrir y meditar en la maravillosa verdad de Dios. Donde no hay descubrimiento, no habrá meditación. Donde no hay meditación, no habrá adoración.
Cuando tratamos de centrarnos en la adoración, encontraremos un gran obstáculo, el ego. En lugar de permitir tiempo para la oración, la meditación y la adoración somos propensos a cumplir nuestros propios deseos. Nos inclinamos a pensar sobre a nuestros propios proyectos, actividades y necesidades, pero no acerca de Dios. Incluso si lo hemos aprendido de otra persona, debemos meditar en verdades espirituales y apropiarnos de ellas. Al hacer eso, el Señor llenará nuestros corazones con alabanza.
John MacArthur es pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California. Presidente de The Master’s College and Seminary. Es bien conocido como un dinámico expositor de las Escrituras mediante su programa radial “Gracia a vosotros” que se transmite diariamente.
Autor de muchos éxitos de librería entre los que se encuentran: La “Biblia de estudio MacArthur”, la serie “Comentario MacArthur del Nuevo Testamento”, “La verdad para hoy”, “Avergonzados del evangelio” y muchos otros.

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