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LA TRAGEDIA DE LAS RIQUEZAS NO RECLAMADAS, A.W. TOZER



Las Riquezas No Reclamadas

 
         Las bendiciones espirituales en lugares celestiales, las cuales son nuestras por obra de Cristo, pueden dividirse en tres clases:

         La primera clase la forman aquellas bendiciones que nos vienen inmediatamente por medio de la conversión: tales como perdón, justificación, regeneración, el ser hechos hijos de Dios, y ser bautizados en el Cuerpo de Cristo. Las poseemos en Cristo aun antes que sepamos que somos dueños de ellas. Ese conocimiento nos llega más tarde, cuando estudiamos las Sagradas Escrituras.

         La segunda clase son aquellas que poseemos por herencia, pero no las disfrutamos todavía, pues es necesario que el Señor regrese en persona. Estas incluyen la última y completa perfección de la mente y la moral, la glorificación de nuestros cuerpos, la restauración de la imagen divina en nuestra personalidad y la admisión a la presencia de Dios para gozar de Su beatífica contemplación. Estas bendiciones son nuestras como si las poseyéramos ahora, pero seria inútil que nos pusiéramos a orar para recibirlas en esta peregrinación. Dios ha dicho claramente que están reservadas para el tiempo de la manifestación gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:18-25).

         La tercera clase de bendiciones son aquellas que son nuestras por virtud de la sangre expiatoria derramada, pero que debemos apropiárnoslas personalmente por medio de un acto de nuestra voluntad. Estas incluyen liberación de los pecados de la carne, victoria sobre el yo humano, el manar constante del Espíritu Santo a través de nuestra persona, el llevar fruto en el servicio a Cristo, conciencia de la Presencia de Dios, crecimiento en la gracia, y un sentido siempre creciente de comunión con Dios, junto con un constante espíritu de adoración. Estas bendiciones no vienen a nosotros automáticamente y no debemos esperar hasta que Cristo las traiga en su Segunda Venida. Ellas son para nosotros lo que la Tierra Prometida era para Israel: deben ser poseídas a medida que crecen nuestra fe y valor.

         Para hacer esto perfectamente claro, permítanme presentarles cuatro proposiciones tocantes a esta herencia de alegría que Dios ha puesto delante de nosotros:

         1.  Usted no tendrá nada, a menos que vaya detrás de ello. Dios no le fuerza a nada. Así como Josué tuvo que pelear para posesionarse de la tierra prometida usted también debe pelear por llegar a la perfección, haciendo frente y venciendo a cualquier enemigo que se le interponga en su derecho de posesión. La tierra no va a venir a usted; usted tiene que ir a la tierra y entrar en ella por el camino de la auto negación y el desprendimiento del mundo. "Todos los que transitan este camino -dice Juan de la Cruz- encontrarán muchas ocasiones de alegría y sufrimiento, muchas esperanzas y penas; algunas de las cuales serán el resultado del espíritu de perfección; otras, del de imperfección".
         2. Usted tendrá tanto como insiste en tener. "Cada lugar que pisare la planta de vuestro pie, os lo he dado", dijo Dios a Josué. Y este principio espiritual corre por toda la Biblia. La historia de Israel está jalonada de los hechos de aquellos que reclamaron la posesión de su herencia. Tal, por ejemplo, cuando Caleb quien, luego de la conquista de Canaán, demandó de Josué la montaña que Moisés le había dado, y la consiguió. Y otra vez cuando las hijas de Zelofehad se pararon ante Moisés y le dijeron, "Danos nuestra heredad entre los hermanos de nuestro padre", y su pedido les fue concedido. Esas mujeres recibieron su herencia no por indulgencia de Moisés, sino porque estaba envuelta en el asunto una promesa de Dios. Cuando estamos reclamando el cumplimiento de una promesa divina, no tenemos que ser cortos en el pedido. Cuanto más osada la petición, más gloria a Dios damos cuando recibimos.

         3. Usted tendrá tan poco como poco sea lo que lo satisfaga. Dios da a todos los hombres liberalmente, pero es absurdo pensar que la liberalidad de Dios hace a un hombre más santo de lo que él desea. El hombre, por ejemplo, que se satisface con vivir una vida derrotada, nunca se levantará a reclamar una victoria. El creyente que se conforma con seguir a Jesús de lejos, nunca disfrutará del radiante calor y la luz de Su presencia. El hombre que se contenta con una vida opaca y estéril, nunca experimentará el gozo de la plenitud del Espíritu Santo o la profunda satisfacción de la vida llena de frutos.

         Es descorazonador a todos aquellos que se preocupan, y seguramente una gran tristeza para el Espíritu, ver como tantos cristianos se contentan con poseer tan poco pudiendo ser dueños de tanto. Yo he llevado personalmente una carga de tristeza durante muchos años, mientras he andado entre cristianos evangélicos que en cierto momento de sus vidas hicieron un compromiso con los deseos más santos de su corazón, y luego descendieron a una vida cristiana tibia y mediocre, indigna de ellos mismos, y del Señor al cual dicen servir. Y tales cristianos se hallan por todas partes.

         4. Usted tiene tanto ahora como desea tener. Todo hombre está tan cerca de Dios como quiere estar, y es tan santo y lleno del Espíritu como desea ser. Dice nuestro Señor, "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos". Si hubiera un solo hombre sobre la tierra que estuviera hambriento y no fuere satisfecho, entonces toda la Biblia se vendría al suelo.

         Pero debemos hacer una distinción aquí entre desear y querer. Por desear queremos significar el deseo total del corazón. Por cierto que hay muchos que desean ser santos o victoriosos o felices, pero no quieren llenar las condiciones de Dios para serlo.

         Que Dios haya puesto delante de sus hijos redimidos un vasto mundo de tesoros espirituales y que ellos rehúsen o desdeñen reclamarlos, puede resultar fácilmente en la segunda gran tragedia en la historia de la creación moral, siendo la primera y más grande, la caída en el Edén.

A.W. Tozer

¡Jesús es el Señor!

(RECIBIDO POR GENTILEZA DE PILAR MEDRANO) 

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