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NO PODEMOS BORRAR DE LA HISTORIA EL CRISTIANISMO PRIMITIVO ("Cuando el Cristianismo era Nuevo", David W. Bercot)


La mayoría de los evangélicos sencillamente pasamos por alto
a los cristianos primitivos. Rara vez hablamos de ellos en nuestras
iglesias, y no tomamos en cuento sus escritos en lo mínimo.
Nuestra actitud me hace pensar de la actitud de los fariseos
hacia Juan el Bautista. Cuando los fariseos procuraron atrapar a
Jesús haciéndole la pregunta de dónde venía su autoridad, Jesús
respondió: “Yo también os haré una pregunta... El bautismo de
Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces
discutían entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, nos dirá: ¿Por
qué, pues, no le creísteis? Y si decimos, de los hombres, tememos
al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. Y respondiendo
a Jesús, dijeron: No sabemos” (Mateo 21.24-27).
¿No es cierto que nuestra actitud hacia los cristianos primitivos
es muy parecida a esto? No podemos decir que sus creencias son
correctas, porque entonces tendríamos que reconocer que las
nuestras no son correctas. Por otra parte, no queremos acusar a
ellos de ser herejes, porque no podemos negar su fe invencible y
su amor cristiano sobresaliente. Además, si dijéramos que son
herejes, también tendríamos que decir que los distintos libros de
nuestro Nuevo Testamento fueron coleccionados y compilados por
herejes. Por lo tanto, igual que los fariseos, rehusamos responder.
No adoptamos ninguna opinión. Sencillamente pasamos por alto a
los cristianos primitivos, como si el no prestarles nada de atención
los hiciera desaparecer. Pero pasarlos por alto no borra de la 
historia las verdades de las cuales ellos testificaron.

Nos falta la humildad respecto a nuestras creencias
Hagan el favor de entenderme: No estoy diciendo que todos
nosotros debemos desechar de inmediato todas nuestras creencias
y adoptar las de los cristianos primitivos. Sencillamente estoy
diciendo que si vamos a ser honrados, tenemos que admitir que no
siempre hemos sido honrados. Por ejemplo, muchas de nuestras
doctrinas acerca de la salvación se parecen mucho a las de los
gnósticos. Bueno, es posible que los gnósticos tuvieran razón.
¿Pero realmente creemos que sí? Seamos honrados.
Por lo menos, debemos reconocer la posibilidad de que algunas
de nuestras doctrinas no sean correctas, aunque siempre las
hayamos creído de todo corazón. Cuando primero leí los escritos
de los cristianos primitivos, me dio vergüenza darme cuenta de
que los cristianos primitivos no enseñaban mucho de lo que yo
había enseñado a otros por muchos años ya. En verdad, ellos
claramente calificaban de heréticas a algunas de las creencias que
yo tenía. Por no decir más, esta experiencia me hizo más humilde.
Pero tal vez eso mismo es lo que a todos nos falta: una dosis fuerte
de humildad teológica.
Hace poco explicaba a un amigo cristiano lo que los cristianos
primitivos creían y practicaban. La mayoría de lo que yo decía
concordaba con lo que él creía. Se emocionó bastante de lo que yo
le decía, creyendo que el testimonio de los cristianos primitivos
daba testimonio positivo de que las creencias de él eran correctas.
Pero cuando yo comencé a contarle de algunas de las creencias de
ellos que no concordaban con las de él, se vio perplejo y se calló.
Luego moviendo la cabeza negativamente, dijo con toda seriedad:
—Estaban muy equivocados ellos, ¿verdad?
No se le ocurrió la posibilidad de que él mismo pudiera estar
equivocado.
Tal vez no estamos dispuestos a cambiar nuestras creencias a
base del testimonio de los cristianos primitivos. Pero por lo menos
debemos dejar de juzgar con tanta severidad a aquellos que, en
toda honradez, interpretan las Escrituras de manera diferente a la
que las interpretamos nosotros . . . especialmente si sus
interpretaciones concuerdan con las de los cristianos primitivos.
Jesús nos advierte: “No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la
medida con que medís, os será medido” (Mateo 7.1-2).
Parece que muchos de nosotros no creemos en verdad lo que
Jesús dijo. Juzgamos sin misericordia las interpretaciones sinceras
de otros. Y creemos que Jesús se sonreirá y nos alabará en el día
del juicio. Pero tal vez estamos equivocados. Tal vez las
interpretaciones nuestras sean las incorrectas. Tal vez Jesús haga
exactamente lo que dijo. Tal vez nos juzgue precisamente de la
manera que hemos juzgado a otros.

Los escritos de los cristianos primitivos nos dan un 
punto de referencia
Como muchos otros, yo verdaderamente creo que la Biblia es
la única autoridad para los cristianos, un libro inspirado y sin
error. Pero nosotros los cristianos que creemos la Biblia estamos
divididos entre cientos de diferentes denominaciones y sectas. Por
lo general, tales divisiones no resultan porque hay cristianos que
tuercen las Escrituras para motivos egoístas con intención de
engañar. Al contrario, es verdad que muchas enseñanzas en la
Biblia no están muy claras. Muchos pasajes de la Biblia se pueden
entender de diferentes formas.
Como resultado de eso, aun los cristianos que creen la Biblia se
sienten obligados a fijar otra base de autoridad, además de la
Biblia. Por ejemplo, muchos ponen mucha confianza en los
impresos de su denominación o las autoridades eclesiásticas.
Muchos confían en los pastores, en los seminarios, en los
comentarios bíblicos, en los credos, o en las tradiciones de la
iglesia evangélica. Pero, ¿cuánto valor tienen, en realidad, tales
fuentes de autoridad? ¿Puede un seminario tener más
entendimiento que otro? ¿Podemos saber que nuestro pastor sí
tiene razón y el otro pastor no? ¿Cómo podemos estar seguros de
que un autor como Matthew Henry, escribiendo un comentario en
el siglo decimoséptimo, entendió lo que los apóstoles querían
decir.
Aquí nos pueden ayudar los escritos de los cristianos
primitivos. Sí, nos pueden ayudar bastante. Estos escritos no son
inspirados, y nunca pretenden ser inspirados. Los escritores de la
iglesia primitiva no levantaban sus escritos al mismo nivel que las
Escrituras. Tampoco debemos hacerlo nosotros. Sin embargo, de
sus escritos podemos saber lo que creían los cristianos al final de
la época apostólica. Esto nos da un punto de referencia que es
mucho más valioso que cualquier otro punto de referencia que
tenemos en el siglo veinte, sea seminario, comentario o pastor.
Si vamos a usar los escritos de los cristianos primitivos como
punto de referencia, tenemos que ser honrados con ello. Algunas
denominaciones citan los escritos de la iglesia primitiva para
apoyar sus doctrinas eclesiásticas. Cuando eso hacen, se basan en
que el testimonio de los cristianos primitivos es evidencia fuerte
de lo que los apóstoles creían. No obstante, yo he confrontado a
líderes de estas mismas denominaciones con otras creencias de los
cristianos primitivos, creencias que no concuerdan con las de su
denominación. ¡Y todo cambió muy rápido! En este momento, lo
que creían los cristianos primitivos no tenía importancia.
En otras palabras, cuando los escritos de los cristianos
primitivos concuerdan con lo que nosotros creemos, los
apreciamos. Cuando no concuerdan, los despreciamos y no los
tomamos en cuenta. ¿Será honrado esto? Si esto hacemos,
¿estamos buscando en realidad la verdad de Dios?

La unidad sin la uniformidad
Después de estudiar los escritos de los cristianos primitivos,
tengo que concluir que había un núcleo de creencias y prácticas
que ellos habían recibido de los apóstoles. Casi sin excepción, los
cristianos primitivos aceptaban estas creencias y prácticas. Pero a
la vez, evidentemente había muchos puntos que los apóstoles no
habían explicado a la iglesia, ni a nadie. En tales puntos había
mucha diversidad entre los cristianos primitivos. Mas aun así, no
se dividieron en una multitud de diferentes sectas a causa de estos
puntos. En verdad, discutían estas cosas muy poco entre sí.
Por ejemplo, Justino creía que muchas profecías de la Biblia se
cumplirían literalmente durante el milenio. Pero muchos otros
cristianos creían de otra manera. Vean el espíritu apacible de
Justino cuando él habló de sus opiniones milenarias con un grupo
de judíos: “Como dije antes, yo y muchos otros tenemos esta
opinión. Creemos que estas profecías se cumplirán de esta manera.
Pero, por otra parte, les dije también que hay muchos que creen de
otra manera, y son de la fe pura y justa. Son también cristianos.”1
Es muy típico de los cristianos primitivos tal espíritu poco
contencioso, libre de prejuicios. No permitían que su diversidad de
opiniones destruyera su espíritu apacible.
Aunque intransigentes en su obediencia a Cristo, los cristianos
primitivos eran flexibles en los puntos que los apóstoles no habían
fijado con certeza. Debiéramos imitar su espíritu apacible.

Evaluando las iglesias de hoy
Después de estudiar los escritos de los cristianos primitivos, me
hice para atrás y me puse a evaluar mi propia espiritualidad. Como
dije antes, según las normas actuales, soy cristiano con una entrega
más que ordinaria. Pero según las normas de la iglesia primitiva,
soy débil espiritualmente. Entonces, me hice la pregunta: “Cuando
Dios me evalúa, ¿qué ve?”
Tal vez la iglesia de hoy en día debe hacerse esta pregunta.
¿Qué ve Dios en la iglesia actual? ¿Está contento con lo que ve en
nosotros? ¿Nos está derramando sus mejores bendiciones? ¿O será
que nos ve del mismo modo que vio a la iglesia del cuarto siglo,
después de Constantino?
Hago esta pregunta porque me parece que vemos actualmente
las mismas condiciones que existían en el cristianismo de
entonces, el cristianismo del siglo cuarto. Veo hoy la misma
sensación de bienestar que había en el mundo religioso en el siglo
cuarto. En aquel tiempo, los cristianos creían que vivían en una
época nueva de bendición y prosperidad espiritual. Se jactaban de
milagros, de sanidades sobrenaturales, y del gran crecimiento en la
iglesia. Lo mismo veo en la iglesia de hoy. Muchos cristianos
afirman que estamos viviendo en una época nueva, en la cual Dios
está colmando a la iglesia de prosperidad material, milagros, y
muchas bendiciones—bendiciones que él no dio antes a la iglesia
durante los dos mil años de su historia.
Muy bien. Es posible que, por alguna razón, Dios esté
colmando de bendiciones espirituales a la iglesia actual. Pero a
base de lo que veo en la historia de la iglesia, es muy poco
probable que sea así. Es mucho más probable que estamos
engañándonos a nosotros mismos. Pensémoslo bien. ¿Por qué
daría Dios una cruz de aflicción a los cristianos fieles de la iglesia
primitiva, mientras él nos da a nosotros prosperidad material,
salud milagrosa, y además muchos placeres carnales?
Por favor no me entiendan mal. Yo no niego que Dios hace
milagros. He leído de sanidades milagrosas y de otros milagros en
la iglesia primitiva. Pero estas cosas eran poco comunes, y la
iglesia daba poco énfasis a tales cosas. Después de que la madre
de Constantino supuestamente halló la cruz de Jesús, entonces sí
¡qué ola más grande de milagros y sanidades sobrenaturales
inundó a la iglesia!
La iglesia del cuarto siglo también creía que el crecimiento
rápido de la iglesia indicaba que Dios aprobaba su obra y sus
métodos. Lo mismo veo hoy. Las iglesias que destacan las
bendiciones materiales, las sanidades y otros milagros están
creciendo bastante rápidamente. Pero ¿será eso evidencia de la
aprobación de Dios? Recordemos que la iglesia creció diez veces
más rápido después de la conversión de Constantino que antes.
Aun entre los evangélicos tradicionales el crecimiento se ha
convertido en una obsesión. Los métodos que producen el
crecimiento se están adoptando en una iglesia tras otra. Por
ejemplo, la manía actual donde vivo yo es la construcción de
grandes complejos lujosos para la recreación. Las iglesias los
llaman “centros de la vida familiar”. De lo que yo he visto, las
iglesias que tienen tales centros de recreación crecen más rápido
que las que no los tienen. Pero ¿qué importa? La iglesia del cuarto
siglo bien demostró que podemos usar los métodos humanos—
como los templos lujosos y las fiestas religiosas—para hacer
crecer la iglesia. Pero la iglesia del cuarto siglo no pudo demostrar
que podemos usar los métodos humanos para hacer una iglesia
mejor.

No es demasiado tarde para volver
Los cristianos de los primeros siglos produjeron una revolución
espiritual en el mundo porque no temieron desafiar las actitudes, la
vida, los valores del mundo antiguo. Su cristianismo era mucho
más que un credo, un conjunto de doctrinas. Era una manera
distinta y nueva de vivir. Y toda la fuerza del mundo romano—
militar, económico y social—no pudo pararlo. Sin embargo,
después de trescientos años, empezó a fracasar.
¿Por qué? Porque los cristianos perdieron su fe obediente en
Dios. Opinaron que podían mejorar al cristianismo con los
métodos humanos, usando los métodos del mundo. Pero no
mejoraron al cristianismo. Destruyeron su corazón.
Hay un refrán muy práctico en las partes rurales de Texas (E.E.
U.U): “Si no está quebrado, no lo repare”. En otras palabras, no
procure mejorar lo que no está fallando. El supuesto mejoramiento
puede causar daño.
El cristianismo primitivo no estaba fallando. No le faltaba
“mejoramiento”. Pero los cristianos del siglo cuarto se
convencieron de que bien podían mejorar al cristianismo. “Si ser
cristiano trajera bendiciones materiales y prosperidad, pudiéramos
convertir a todo el mundo”, razonaron. Pero a fin de cuentas, la
iglesia no convirtió al mundo. El mundo convirtió a la iglesia.
Pero todavía, de alguna manera los cristianos de hoy en día no
se han convencido ni con las lecciones de la historia. La iglesia de
hoy todavía se goza de su matrimonio con el mundo. Y todavía
creemos que podemos mejorar al cristianismo por medio de los
métodos humanos. Pero en el sentido verdadero, el cristianismo no
mejorará hasta que vuelva a la santidad práctica, el amor no
fingido, y la abnegación verdadera de los cristianos primitivos. Ya
debemos habernos divorciado del mundo—un divorcio que sí
tuviera la bendición inequívoca de Dios.
¿Dónde están la cruz de abnegación y sufrimiento, y el
estandarte de fe y amor, que llevaban los cristianos primitivos?
Quedaron tirados en las calles polvorientas de Nicea. Pero no es
demasiado tarde. La iglesia puede volver, recogerlas, levantarlas y
llevarlas otra vez.

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