¿DÓNDE LO PERDIMOS?, Sebastián Liendo

 



En este día, es fundamental reconocer que la oportunidad de salvación es una realidad presente y constante; no depende de festividades específicas, sino de la decisión consciente de aceptar el abrazo redentor de Cristo en el ahora. Hoy es el momento propicio para determinar, más allá de las emociones o percepciones sensoriales, que tomaremos nuestra cruz para seguir sus pasos. Este mensaje, titulado ¿Dónde lo perdimos?, busca despertar la fe mediante la operación del Espíritu Santo, permitiéndonos transitar desde una postura de control externo —muchas veces una coraza que oculta vulnerabilidad y desamparo— hacia una auténtica liberación interior.

Deseo dedicar esta reflexión, en un sentido espiritual, a quienes atraviesan momentos de profunda necesidad física o emocional, recordando que la Palabra de Dios es como una espada de doble filo que penetra hasta lo más íntimo del ser. No es un mensaje para terceros, sino una interpelación directa para cada uno de nosotros. Como señala Proverbios 20:24: «Del Señor son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?». Si aceptamos que nuestra ruta es trazada por la soberanía divina, debemos preguntarnos cómo interpretamos nuestros procesos actuales: ¿los vemos como simples temporadas de dificultad o como parte de nuestra formación integral en Cristo?

Es imperativo analizar nuestra reacción ante la incertidumbre, la ansiedad o la depresión. A menudo, incluso dentro de la vida congregacional, corremos el riesgo de «perder a Jesús», tal como les ocurrió a María y José. Al hallarlo, su respuesta fue contundente: «En los negocios de mi Padre me es necesario estar». El propósito eterno de Dios es nuestra dirección y guía. Por ello, debemos someter todo pensamiento cautivo a la obediencia a Cristo, silenciando las voces que promueven el mal y ajustando nuestras expectativas humanas a la voluntad divina. El pueblo judío, cegado por expectativas políticas y militares, no pudo reconocer en Jesús al Salvador, llegando incluso a sacrificarlo. Del mismo modo, nuestras falsas expectativas sobre los demás [o sobre nosotros mismos], sobre las crisis o sobre la enfermedad pueden impedirnos contemplar la gloria de Dios en medio de nuestras circunstancias.

La historia de Juan el Bautista resulta sumamente ilustrativa. Su origen fue sobrenatural, anunciado por el ángel Gabriel a un Zacarías incrédulo que, debido a su limitación humana, fue silenciado hasta que la promesa se encarnó. Ese silencio no fue un castigo, sino un acto de misericordia para que la Palabra se gestara sin la interferencia de argumentos humanos. Juan creció para ser la voz que señalaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; sin embargo, meses después, desde la oscuridad de una prisión, Juan experimentó la duda y envió a preguntar si Jesús era realmente el esperado.

Esta fluctuación entre la revelación gloriosa y la incertidumbre de la crisis es una experiencia común. A menudo, cuando el contexto no coincide con nuestra interpretación de la promesa, surge la frustración. Jesús respondió a Juan no con conceptos teóricos, sino con evidencias de vida: los ciegos ven, los cojos andan y el Evangelio es anunciado. Añadió, además, una bienaventuranza clave: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en Mí». Tropezar, en este contexto, significa escandalizarse porque Dios no actúa según nuestros esquemas o tiempos.

Debemos identificar en qué punto permitimos que la urgencia y la impaciencia gobernarán nuestra casa, desplazando al Príncipe de Paz que habita en nosotros. Al igual que Marta, podemos caer en el error de elevar nuestro servicio por encima del Dios a quien servimos, perdiendo de vista «la mejor parte». El llamado de la Escritura es a despojarnos de toda vanidad y egoísmo, asumiendo la actitud de Cristo, quien se humilló hasta la muerte de cruz para ser exaltado por el Padre.

Si logramos entender que cada etapa de nuestra vida, incluidos los desiertos, tiene como objetivo central formarnos y dirigirnos hacia su Gloria, dejaremos de ver los procesos como castigos y empezaremos a verlos como el escenario donde la Palabra se hace carne en nosotros

No permitamos[, pues,] que los señuelos del desánimo nos atrapen; recordemos que la libertad otorgada por gracia es el fundamento que nos sostiene firmes en el camino.


SEBASTIAN LIENDO

(Gentileza de Esdras Josué ZAMBRANO TAPIAS)

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