[26/03/2026 15:12] Esdras Josué ZAMBRANO TAPIAS: A QUÉ DIOS LLAMA AVIVAMIENTO
Es fundamental reflexionar sobre conceptos que, por la madurez y el entendimiento que el Espíritu de Dios produce en nosotros, requieren ser redefinidos. Uno de ellos es el término avivamiento.
A menudo, operamos bajo paradigmas heredados que no cuestionamos, pero cuando Dios desea establecer su verdad, debe romper estas estructuras previas. Esta ruptura no es una pérdida, sino una celebración, pues implica la remoción de aquello que pretende erigirse sobre el único fundamento válido: Jesucristo. Como señala el apóstol, no es posible establecer un cimiento distinto al que ya ha sido puesto.
En la modernidad, se suele interpretar el avivamiento como un despertar espiritual colectivo, caracterizado por conversiones masivas, renovación moral o un incremento del fervor emocional y la actividad eclesiástica. Si bien el aumento de la vida de Cristo en el creyente puede manifestar estos frutos, es imperativo comprender que Dios no define el avivamiento bajo esos parámetros externos. Para discernir su verdadero significado —aunque el término no figure explícitamente en las Escrituras—, debemos realizar un recorrido por los conceptos bíblicos de salvación, vida y propósito.
El Éxodo constituye la descripción divina de nuestra salvación; es el mapa de nuestra experiencia en Cristo. Egipto simboliza el estado de esclavitud y muerte en el que nacemos bajo la naturaleza adámica. Dios, al escuchar el clamor de su pueblo, envió su salvación a través de la figura del cordero pascual. Cristo es esa puerta marcada con sangre; una vez atravesada, la muerte pierde su dominio sobre nosotros. Lo que emerge de Egipto no es un conjunto de individuos aislados, sino un hijo corporativo, el primogénito de Dios que hoy reconocemos como la Iglesia.
No obstante, la historia de Israel en el desierto es, en rigor, un espejo de la historia de la Iglesia. A pesar de haber experimentado una liberación gloriosa, el pueblo no tardó en murmurar (QUEJARSE). Esta actitud revela una tensión espiritual: aunque Israel había salido de Egipto, Egipto aún permanecía en sus corazones. La tragedia del desierto no fue la falta de provisión —pues Dios sustentó cada una de sus necesidades con maná y agua—, sino la negativa a crecer y entrar en el propósito: la Tierra Prometida (Cristo formado en nosotros).
Es vital comprender que la provisión en el desierto era un medio, no el fin. Un infante comunica sus necesidades a través del llanto, y Dios, en su pedagogía, atiende al creyente inmaduro de forma similar. Sin embargo, permanecer en ese estado de dependencia de señales y milagros temporales constituye una anomalía espiritual. La madurez consiste en transitar de un lenguaje de necesidades a uno de herencia y plenitud en Cristo.
La salvación es una obra consumada por los méritos de Cristo; no depende de nuestro esfuerzo y, por tanto, es segura en Él. Sin embargo, es posible "morir en el desierto" de nuestra propia inmadurez, girando en torno a imaginaciones y deseos carnales sin llegar a experimentar la realidad de la Tierra Prometida, donde Cristo es nuestra fuente de agua viva y suficiencia total.
El llamado apostólico es de carácter urgente: es imperativo que Cristo sea formado en nosotros. El término griego morpho implica que aquello que ya poseemos de forma latente tome una forma visible y concreta en nuestro carácter (que el engendramiento que recibimos, sea gestado y de a luz al nacimiento). El verdadero avivamiento no es una euforia pasajera, sino la revelación del Hijo en nuestras almas y la formación de su vida en nuestra experiencia cotidiana.
Para poseer esta herencia, es necesario cruzar el Jordán, lo cual simboliza la circuncisión del corazón: el corte definitivo (dividir o separar el alma del espíritu) Heb. 4:12) con la confianza en la carne y las proyecciones humanas sobre quién es Dios. Sin esta separación de nuestras propias "imaginaciones" —que a menudo construyen becerros de oro con nombres sagrados—, quedaremos confinados a una religiosidad vacía.
Dios nos ha extraído de la muerte no sólo para resolver nuestras dificultades temporales, sino para introducirnos en su propósito eterno. La invitación hoy es a trascender la búsqueda de milagros externos para conocer a Aquel que es el milagro mismo, permitiendo que su vida redima nuestro tiempo y transforme nuestra existencia en una expresión de su gloria.
FABIAN LIENDO
(Gentileza de ESDRAS JOSUÉ ZAMBRANO TAPIAS)
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