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LA MUERTE DE UN REBELDE Y LIBERTAD AL FIN - Parte 2 de 2 (Testimonio de Mary Irwin)



LA MUERTE DE UN REBELDE
Y
LIBERTAD AL FIN
(Del libro “La Luna no es Suficiente”, de Mary Irwin, esposa del astronauta Jim Irwin)

II)— LIBERTAD AL FIN


Hasta la tercera y cuarta generación”. La Biblia advierte que los pecados de los padres visitarán a los hijos. ¿Dónde estoy yo en esta cadena de rebelión?, me preguntaba. Comprendía que tenía que hablar con mi madre, así que oré para que pudiera tener pronto la oportunidad.

Dos semanas más tarde me hallaba sentada en Oregón al otro lado de la mesa de mi madre. Un inesperado viaje a la West Coust se presentó, y Jim estuvo de acuerdo en llevarme con él y dejarme un día con mis ancianos padres. Mi madre estaba sentada en su mecedora favorita cuando comencé.

Madre, Dios ha comenzado a obrar en mi corazón y me está revelando algunas cosas feas que tengo que cambiar. Nunca me había dado cuenta de que uno de mis problemas era la rebeldía, pero no puedo llegar hasta el fondo si tú no me dices cómo empecé. ¿Qué me hizo tan desafiante y determinada a no someterme a la autoridad? Si alguien me dice que no puedo hacer algo, muevo Cielo y Tierra para demostrar que puedo y quiero. Siempre he deseado mi propia voluntad, terca, egoísta, y parece que siempre estoy procurando que la gente no pueda ganarme, y me paso toda la vida intentando demostrar a todo el mundo que soy mejor que nadie (rivalidad, competir).

Después de algunos intentos mi madre empezó a contarme una historia que nunca había oído; cómo mi abuelo había emigrado de Norka, Rusia, llegando finalmente en bote a América con su joven esposa, su suegra y algunos familiares. Se instalaron en Oregón, construyeron una granja en una pequeña parcela y comenzaron a trabajar como granjeros. El hombre deseaba ardientemente tener hijos que le ayudasen a llevar la granja, pero sus tres primeros hijos fueron niñas, y su esposa murió al dar a luz el cuarto niño y tan esperado hijo, quien también murió. En muy poco tiempo volvió a casarse y el siguiente hijo fue mi madre. Otra hermana vino poco después. Nunca llegaron más hijos.

Mi abuelo, según parece, se amargó por la pérdida de su único hijo, y durante los meses antes del nacimiento de mi madre se empeñó en que este sería un chico. Se desilusionó de tal manera que comenzó a odiar a las niñas y determinó vengar su rabia sobre el objeto de su disgusto. Culpó a Dios y nunca le perdonó, llevando su venganza sobre mi madre, a la que maltrataba a la menor provocación. La simiente del odio y la rebeldía comenzó a extenderse por el corazón de mi madre, quien se casó a una edad extremadamente temprana, para escapar de los malos tratos de su padre.

Determiné, Mary, que se enfriaría el infierno antes que otro hombre me tratara como lo había hecho mi padre —me dijo con los ojos brillantes y el mentón temblando—.

¡Madre!, exclamé impresionada, entonces tú nunca perdonaste a tu padre por lo que te hizo. Todavía le odias, ¿no es así?

¡Qué revelación! Yo nunca había tratado con mis padres como gente adulta. Nunca tuve una relación íntima con ellos, ni pensé en ellos como seres humanos con las mismas luchas, las mismas tentaciones y los mismos fallos que otros experimentaban, ya que salí tan joven de mi casa después de conocer a Jim.

Al instante el completo cuadro se iluminó. Mi madre, tan buena como cualquier otra madre de las que andan por la Tierra, había vivido toda su vida con amargo odio hirviendo en su interior, envenenando su espíritu, haciéndola incapaz de mantener relaciones cálidas y amantes, y lo que era más trágico, produciendo el desafío y la rebeldía en su espíritu. Comenzó con su padre, lo transfirió a su marido, cegó a sus hijos y extendió los infecciosos tentáculos a todo lo que la rodeaba. Podía seguir ahora el desarrollo de esta cadena y ver que la fuente de la rebelión es un espíritu herido, que progresa en el rechazo a la autoridad; se convierte en amargura y finalmente en pseudodestrucción, de una forma u otra.

Era verdad, mi madre era una víctima inocente. Pero yo veía más claramente que nunca que somos absolutamente responsables de nuestras reacciones al pecado de los demás contra nosotros. No puedo evitar que la gente peque contra mí, pero sí puedo, con la fuerza de Dios, impedir un espíritu vengativo en respuesta a su pecado; la Biblia dice: “el pecado, una vez consumado, trae muerte”. Me estaba enfrentando con unos hechos que hacían patente esta verdad.

Mientras hablábamos, mi madre se daba cuenta de que nunca se había identificado ni se había preocupado de sus amargos sentimientos. Se había sentido justificada, depositando toda la culpa donde, de acuerdo al razonamiento humano, pertenecía. Cuando yo la desarrollé el plan de Dios para hacernos libres de la amargura y la rebelión, comenzó a llorar. Luego oramos juntas y mi madre confesó su pecado de odio, le pidió a Dios que la librase de él y perdonó a su padre por los años de malos tratos que había recibido. Mi madre y yo comenzamos una nueva relación aquel día.

Esta rebelión está empezando a detenerse en nuestra familia, empezando por mí— les dije a los niños a mi vuelta, cuando les expliqué detalladamente mi desobediencia, donde había comenzado, y el paso a la libertad. Los niños estaban quietos, introvertidos, y parecieron entender. A pesar de que nos quedaba un largo camino por recorrer, esto demostró ser un buen principio. Y los siete que éramos comenzamos a movernos hacia la unión de la familia y la armonía en este nuevo camino.

Ahora sabía que estábamos preparados para comenzar el libro. También sabía que Magdalena Harris consentiría en escribirlo. Cuando la llamé ella confirmó que Dios había estado obrando en su corazón y estaba dispuesta a empezar. Nos comprometimos a todo lo que hiciera falta; trabajo duro por largas horas, imprevisibles problemas y obstáculos. Y los tuvimos de todo tipo.

Aquel mismo verano, un acariciado deseo se hizo realidad. Por dos años había deseado acudir a la clínica seminario de Clyde Narramore. No conocía nada de este ministerio hasta que Teddy Heard, un amigo mío especial (que se fue a estar con el Señor este año), y la esposa del juez Wyatt Heard, me preguntaron:

Mary, ¿Has oído hablar alguna vez de Clyde Narramore?

Quizás a causa del orgullo no había compartido con Teddy o cualquier otro los problemas existentes en el seno de nuestra familia y la frialdad de las relaciones entre Jim y yo, a pesar de que fuesen empeorando con los años. Sin embargo, él afirmó:

—“Concurrir a este seminario mejora aún los buenos matrimonios”.

Plantada esta semilla del deseo, a pesar de que nunca jamás habría soñado que fuese posible asistir, con cinco niños, un esposo y un programa de actividades tan apretado, él me había dicho:

—“No gastes tus energías, querida, en estudios teóricos. Resérvalas para el reino de la realidad”.

De pronto, casi sin planearlo, me encontré yendo allí, y con Jim. Nos las arreglamos para encontrar quien se ocupase de los niños, llamamos a la clínica Narramore, hicimos las reservas y partimos.

Me parece que todo lo que hicimos durante el primer día fueron pruebas y tests. El resto del tiempo lo pasamos en conferencias, pero a cada persona que asistía al seminario, se le permitía una sesión voluntaria con el entrenador psicológico, para interpretar el resultado de los tests. Wayne Colwell, mi consejero, era muy hábil en el arte de hacer preguntas: yo tenía un problema en cuanto a mi identidad.

PREGUNTA: ¿Quién es usted?

RESPUESTA: La esposa de Irwin.

Ahí está. No sabía quién era, aparte de una extensión de mi marido. No me veía como una persona con derechos propios. Por eso el doctor Colwell comenzó a preguntarme y a enumerar las cosas que podría hacer por mí misma, si mi esposo hubiera fallecido. Para sorpresa mía, podía pensar en varias cosas. Sonrió y dijo:

Vea usted cómo sabe muy bien quién es. Sólo que se ha olvidado, eclipsada por la fama de su marido.

Cuando me di cuenta de que yo era importante para Dios como Mary, y que poseía diferentes talentos y habilidades, dejé de sentirme sin valor y permití a mi verdadera identidad emerger. Yo no era la extensión de nadie. Yo era YO, Mary Irwin, completamente capaz de realizar cosas por mí misma y permitir que mis fallos me hiciesen crecer, en lugar de producirme sentimientos de derrota. Era una importante cita para el progreso de mi personalidad.

Mi relación con Jim mejoró inmediatamente, conforme iba fortaleciéndose mi propia imagen y comenzaba a verme como una persona de valor. De ahí salió el valor para enfrentarme con las emociones dañinas que no me había atrevido a afrontar; el temor al rechazo. Ya había comenzado cuando era niña al sentirme rechazada por unos padres demasiado ocupados, sentimiento que fue reforzado al marcharse a la guerra mi hermano mayor, a quien adoraba; por la carrera de Jim, que siempre le mantenía alejado de casa; por su casi muerte por accidente, su ataque cardíaco, su cirugía de corazón abierto, y ahora, por sus constantes viajes con High Flight. Todo ello me había sumergido cada vez más profundamente en la desesperación y autocompasión, porque interpretaba todos estos hechos como rechazo.

Mi sentido de valor propio disminuía mientras nutría el “síndrome de 'pobrecita de mí, nadie me quiere'”. Había pasado la vida intentando conseguir estimación y aceptación, siendo lo que los demás pensaban que tenía que ser, confundiéndome a mi misma, escondiéndome tras la fachada y perdiendo mi identidad en el proceso. Ahora que me estaba convirtiendo en “alguien” a mis propios ojos, ahora podía controlar el más común de los temores: el rechazo, y la íntima soledad que lo acompaña.

Cuando vi todo esto con claridad, puse toda mi voluntad en perdonar a todo el mundo que pensaba me hubiera rechazado, comenzando con mis padres y acabando con Jim. Luego abandoné la amargura, el resentimiento y el odio. Finalmente, acepté por completo el hecho de que Dios me recibía sólo por lo que soy. No es que me tolere; sino que me ama incondicionalmente.

Cuando Magdalena y yo nos pusimos a trabajar honestamente en el libro, pasamos horas, días y semanas sentando las bases, investigando cada faceta de cada experiencia, una a una. Resultó fácil citar hechos y sucesos, pero Magdalena nunca estaba contenta con lo superficial. Me obligaba a buscar la máxima exactitud en lo profundo de mis emociones y reacciones, y a evaluar mis pasados incidentes y mis temores. La mayor parte del tiempo salía de las sesiones seca y escurrida como una pieza de ropa lavada, en otras palabras, extenuada.

Durante uno de esos duros encuentros me di cuenta por primera vez en mi vida, de que a pesar de que le había pedido a Dios que perdonara mis pecados pasados, particularmente el de haberme quedado encinta antes del matrimonio, nunca me había perdonado a mí misma. De alguna forma me había seguido maltratando a mí misma por esto, y no me sentía espiritualmente como los demás. ¿Cómo había podido cometer semejante pecado?

¿Pero cómo se perdona uno a sí mismo? Estuve luchando con esta idea por bastante tiempo, y decidí consultar a una amiga cristiana.

Lo que tú dices Mary, es esto —me dijo con mucha inteligencia-: “Jesús, lo que Tú hiciste en el Calvario no fue suficiente. Este pecado es demasiado malo, necesito continuar castigándome a mí misma una y otra vez”. ¿Sabes en qué forma te estás castigando a ti misma? —continuó— negándote a auto-estimarte y auto-valorarte. Tienes que aceptar el perdón total de Dios y agradecerle el privilegio de poder perdonarte a ti misma.

Pero lo he intentado y sigo sintiéndome igual: sin valor, le confesé.

En primer lugar, Mary, no puedes depender de los sentimientos. Nunca son muy precisos. El hecho que vale es que Dios te ha perdonado por completo. No importa como te sientas acerca de ese hecho. Segundo, es una transición de una vez y para siempre. Por parte de Dios lo es, pero nosotros somos tan humanos que quitamos los ojos de la provisión de Dios y los ponemos en nuestros fallos. Así que cada vez que piensas en el error que cometiste hace años, simplemente dale a Dios gracias por su perfecto perdón y por el privilegio de perdonarte a ti misma.

A la par que la escritura del libro iba progresando lenta y concienzudamente, porque no siempre era fácil recordar los detalles necesarios, comenzamos a orar de corazón para que Dios hallase a un editor según su voluntad. Claramente, estábamos decididas a no buscar a cualquier editor. “Enviaré al editor que Yo elija en el momento preciso”, fueron las instrucciones, sin lugar a error, que recibí de Dios en lo íntimo de mi conciencia. Después de varios meses, y de la forma más inaudita, recibimos una llamada desde Grand Rapids, Michigan, para una entrevista con un inteligente editor conocido internacionalmente, con posibilidades de contrato.

El mismo día de la cita, 7 de enero de 1977, Jim tuvo que ser sometido a una urgente operación a corazón abierto, en Houston, así que tuve que emprender el vuelo sin poder ponerme en contacto con el editor. A pesar de que era un marcado disgusto no acudir a la cita, encomendé el asunto a Dios y tomé el avión. Magdalena tuvo la entrevista con Robert DeVries, y para cuando yo volví, la promesa de contrato estaba asegurada.

De nuevo tenía que enfrentarme con la triste posibilidad de quedarme viuda. Esta vez, sin embargo, fui capaz de confiar en el Señor, y no solamente por la vida de Jim. Por fin pude decir:

Señor, sea cual fuere Tu voluntad para mí, la acepto con acción de gracias. Si eliges restablecer a Jim, alabo tu nombre. Si eliges llevártelo contigo, también alabo tu nombre”.

Jim parecía recuperarse muy bien de la operación del corazón. Comenzó a andar cada día, alargando las distancias de sus paseos y poniéndose nuevas metas de ejercicio regularmente. Pronto estuvo pasando las mañanas en la oficina de High Flight, y comenzó a reasumir su programa de trabajo. El doctor le dijo que podía hacer lo que quisiera.

Esto no es conveniente decírselo a Jim. Nunca ha conocido limitaciones, ni físicas ni de ninguna especie, y a sus cuarenta y siete años le resultaba difícil cambiar de normas de conducta y rasgos de carácter. Así que no resultó sorprendente que diez semanas después de la intervención quirúrgica “quisiera” esquiar. Los meses estivales dieron a los niños una semana de vacaciones, así que nos dirigimos a una de nuestras zonas favoritas para practicar el esquí: a Vail.

Jim, espero que tú no irás a esquiar tan pronto después de la operación, ¿verdad? —le pregunté antes de partir.

El doctor me dijo que podría hacer todo lo que quisiera, y lo que quiero es esquiar —fue su confiada respuesta.

    No crees que tendrías que consultarlo primero con él? —le sugerí con cautela—. Quizás él no se refirió a algo tan fatigoso como el esquí.

No hace falta molestarse —me aseguró—. Iré con cuidado y no me excederé. No te preocupes, me irá bien.

Reprendiéndome a mí misma por mi temperamento protector, seguí adelante y no volví a preocuparme. No, hasta el viernes, esto es, cuando una voz de alarma, esto es, cuando una voz de alarma del equipo de patrulla de esquí en la cima de la montaña, llamó para decirme que bajaban a Jim en una litera y que me reuniese con ellos al pie de Vail Mountain.

¿Qué es lo que pasa mamá? —preguntó Jimmy, que se había quedado conmigo todo el día-

Oh, nada, Jimmy, ¡estoy tan cansada de los sustos de tu padre! —fue mi respuesta—. Vamos, vayamos a ver que pasa.

Era un día hermoso, claro, soleado… perfecto para esquiar. La nieve, ligera, que recortaba las plumas, crujía bajo los pies mientras me paseaba de un lado a otro nerviosamente en el lugar donde esperaba que bajase la patrulla. Cuando por fin aparecieron y vi a Jim tendido en una litera, noté, por su falta de color y su expresión cansada que algo serio andaba muy mal… Cuando le desataron y le ayudaron a ponerse en pie, se tambaleó y le costó trabajo mantener el equilibrio.

    Mary —dijo con voz entrecortada mientras se derrumbaba en el asiento del coche—, sólo necesito descansar. Llévame a la habitación y déjame descansar. Estaré bien después de un descanso.

Sin una palabra, le llevé a la sala de urgencias del hospital Vail, pedí a toda prisa un tanque de oxígeno y rogué a la enfermera de servicio que enviase una camilla inmediatamente.

Mientras esperábamos al doctor, salió Jan excitadamente y explicó todo lo que había sucedido en la cima.

    Mamá, yo estoy asustada. ¡Oh, estaba tan asustada…! Joy y Jill hacían carreras de esquí y yo quería ir con ellos, pero sabía que alguien tenía que quedarse con papá. Él iba muy despacio. Tenía que girarme a menudo para ver si seguía detrás. A veces se paraba y yo volvía por si le pasaba algo. Estaba tan sin aliento y tan cansado que tuvimos que pararnos varias veces. Finalmente, le puse en el trineo-litera para poder llegar a toda prisa a donde estaba la estación de la patrulla de vigilancia, y papá apenas podía respirar cuando llegamos allí. Le dieron oxígeno. Luego te llamamos a ti y comenzamos a bajar la montaña. No sabía si conseguiríamos bajarle a salvo, mamá.

Comencé a comentar, pero en aquel momento salía el médico por la puerta de la sala de urgencias.

    Señora Irwin, su esposo tiene un ataque cardíaco. No conoceremos la gravedad del mismo hasta dentro de unos días. Le mantendremos aquí hasta que su estado se estabilice; luego le trasladaremos a Fitzsimons, para que su propio especialista de corazón pueda ocuparse de él.

No estaba sorprendida en absoluto. De hecho, ya había comprendido que Jim tenía otro ataque, a pesar de que nos había alentado a creer que la intervención quirúrgica alejaría la posibilidad de ataque por varios años. Lo que si me sorprendió fue mi compostura y calma interior durante toda la prueba. No era inconsciente de la seriedad de su condición. Un segundo ataque, sólo diez semanas después de la operación más delicada de la cirugía moderna… ¿Quién podría imaginar las casi evidentes implicaciones?

Tres días más tarde, cuando escuché el helicóptero del ejército sobrevolar nuestras cabezas, corrí hacia afuera. Mientras contemplaba al helicóptero que buscaba un lugar donde posarse, comencé a orar un poco. Recordé de nuevo que todas las cosas ayudan a bien.

El sol brillaba con intensidad mientras despegábamos. Miré a Jim. Le estaban administrando Lidocaine y Dextrose por vía intravenosa, mientras un tubo unido a la bombona de oxígeno estaba sujeto a su mejilla. El doctor Harry Thomas, cardiólogo del Hospital Fitzsimons, estaba sentado al lado de Jim, manipulando el monitor continuamente. Echando una última mirada por la ventana, pude ver un impenetrable banco de nubes moviéndose con rapidez. Una tempestad de tormenta se anunciaba para la noche.

Muchas veces en años pasados mi futuro había sido oscuro, y lleno de malos presagios, como el horizonte distante, pero jamás había parecido tan incierto como en estos momentos. Mientras veía la tormenta que se aproximaba, recordaba estas palabras que me habían sostenido en otras muchas crisis: “Sí, aunque ande por valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno”.

[Parte 1 aquí:  

https://josemariaarmesto.blogspot.com/2016/04/la-muerte-de-un-rebelde-y-libertad-al.html]

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