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Libro: SALID DE ELLA PUEBLO MÍO, Peter White (PDF)


60 Páginas


(E-Book) Este impresionante libro orienta a aquellas personas que por varios motivos han sido llamadas por el Señor Jesucristo para salir del sistema religioso donde se encuentran. Tambíen está dirigido a aquellos quienes interiormente saben que pueden tener una relación directa y personal con Cristo sin la necesidad de un grupo religioso o religión que intermedie.

C O N T E N I D O


Prefacio

Introducción

Capítulo 1: Babilonia la Grande

Capítulo 2: Organización y Estructura 

Capítulo 3: Autoridad y Sumisión en el Reino de Dios

Capítulo 4: Escape de Babilonia

Capítulo 5: La Experiencia del Desierto

Capítulo 6: Jesucristo Tendrá el Primer Lugar en Todo

Capítulo 7: La Palabra de Dios

Capítulo 8: La Nueva Jerusalén

Capítulo 9: Entrar a la Nueva Jerusalén

P R E F A C I O

La Cristiandad, como la hemos conocido, está en un proceso de división y desmoronamiento. La Iglesia se divide multiplicadamente a diario. Los miembros dejan una iglesia, se unen a otro grupo, y poco tiempo después encuentran que, dentro de sí mismos, se sienten tan insatisfechos y con tanta infelicidad como cuando estaban en su antigua iglesia. Otros abandonan la iglesia, no se unen a ninguna parte, y se dan cuenta que se les comprendió mal, que los rechazaron o los hicieron a un lado, por no conformarse a los sistemas aceptados por la tradición.

Los ministros renuncian a su ministerio y toman empleos seculares. Y dondequiera que vayamos, hay creyentes firmes en Cristo y en las Escrituras como la Palabra de Dios, que ya no están satisfechos con "asistir a la iglesia" y comportarse como si fueran buenos miembros de un club.
Las fallas humanas quizás tengan que ver con mucho de esto, pero hoy la gran mayoría de creyentes que no encuentran satisfacción en el "iglesismo" de hecho reciben la guía del Espíritu Santo, porque DIOS SÍ ESTÁ EN SU OBRA.

Los caminos del Señor no son nuestros caminos” (Isaías 55:8-9), y nos asombraremos al descubrir que Jesús se puede multiplicar, inclusive por medio de la división.

Para muchos de nosotros esta es una experiencia traumática, pues el anhelo de nuestros corazones está en conflicto con mucho de lo que se acepta como un cristianismo "adecuado." Con toda humildad examinamos ansiosa­mente nuestros corazones delante del Señor, porque nos preocupa que en nuestro interior haya algo equivocado y malo. Después de años de estar a gusto con los conceptos tradicionales de la "religión" y de las iglesias cristianas, estamos confusos porque ya no nos podemos identificar más con los caminos antiguos y, al mismo tiempo, mantener una buena conciencia. Nuestro hombre interior se rebela contra el sistema y sus estructuras, y en muchos de nosotros falta la seguridad de si es el Espíritu Santo quien nos dirige o si estamos en pleno engaño.

Pero, ¡tengamos ánimo! No nos encontramos solos. Por todo el mundo el Espíritu Santo mueve los corazones para sacarlos de Babilonia y llevarlos a la Nueva Jerusalén. En todas partes vemos miles de cristianos confundidos, o infelices por alguna situación de sus iglesias, o por haber salido de la iglesia y preguntarse qué hacer después. Mi viaje personal a lo largo de esta extraña ruta, comenzó hace casi veinte años, pero antes había pasado treinta años en el cristianismo tradicional. Este libro es un intento de ayuda a quienes están en el comienzo de ese camino y se ha escrito con la esperanza de ayudarles a encontrar un Jesús más fresco, muchísimo más vivo, como la única autoridad sobre el ser y función de su Cuerpo y de su Novia.

Si estás perfectamente contento con "tu iglesia" y te preguntas de qué trata todo esto, entonces, POR FAVOR, NO LEAS ESTE LIBRO... PORQUE NO SE ESCRIBIÓ PARA TI.

Peter Whyte
25 Victoria Drive, Highlands
Harare, Zimbabwe


INTRODUCCION

La iglesia a la que pertenecemos puede ser aquella a la que asistieron nuestros padres, o aquella donde nacimos de nuevo, o una a la que fuimos atraídos por su predicador carismático, su doctrina, o quizás por sus cánticos y su alabanza. Cualesquiera sean las razones, al final sostendremos las creencias del grupo al que nos hemos unido. Si asistimos a un instituto bíblico o a un seminario, nuestros conceptos, filosofías y ritos, se forman según los de esa escuela particular de pensamiento.

Pero, muy pronto, nos encontraremos incapaces de estar de acuerdo con millones de otros cristianos tan sólo porque su "indoctrinación" ha sido distinta de la nuestra. Aunque todos los creyentes han pasado del reino de las tinieblas al reino del amado Hijo de Dios, permanecemos divididos en miles de denominaciones y de grupos en desacuerdo. Estas son las consecuencias de nuestros conceptos, ideas, y tradiciones. Necesitamos sostenerlos más ligeramente, es decir, con menos firmeza, y estar preparados para, cuando sea el caso, descartarlos por completo del todo, si queremos movernos con Dios.

Nuestros antecedentes ambientales, sean las normas de nuestra sociedad, las enseñanzas de otros, o nuestros estudios y lecturas de la Palabra, afectan toda nuestra vida y nuestro ministerio. De hecho, influyen en todas y cada una de nuestras decisiones y acciones.

En general, en nosotros hay la tendencia a tener sobre todas las cosas un punto de vista "popular." Esta posición es compartida por la mayoría de los cristianos en nuestro círculo. Sin embargo, eso no garantiza que sea el punto de vista de Dios. Pertenecer a una "iglesia" reconocida, con un edificio, un ministro "ordenado," ancianos, diáconos, y estar comprometidos con todas las actividades que se asocian con el concepto popular de ser buenos cristianos, puede ser un engaño muy sutil. Podemos ser engañados por esas actividades y pensar que son un comportamiento que agrada a Dios, cuando en realidad para Dios son de muy poca importancia, a menos que obedezcamos a su Hijo.

En el monte de la transfiguración Dios habló audiblemente: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd" (Mat. 17:5).

Cuando Dios ordenó a los discípulos "OIR" a Jesús, en realidad les mandó: "OBEDECER A JESUS." Sin obediencia al Rey Jesús siempre estaremos impedidos y obstaculizados en nuestro crecimiento espiritual. Permaneceremos siempre carnales, como hombres-bebés. Ninguna cantidad de conocimiento bíblico, ni de actividades religiosas, o de buenas obras, tiene importancia en el Reino de Dios si no obedecemos al Rey.

La observancia religiosa, es decir, la práctica rutinaria de la religión, no es la prioridad de los discípulos del Rey y su Reino. Jesús y sus primeros discípulos constantemente chocaron con los líderes religiosos, por no conformarse a sus tradiciones y a los patrones aceptados del comportamiento religioso.

Cuando Jesús vino a anunciar las Buenas Nuevas del Reino de Dios, la Biblia afirma en forma clara:

"....Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio" (Mar. 1:14-15).

El evangelio del Reino consiste simplemente en que se restaure el Gobierno de Dios, de manera que quienes creemos que hemos sido llamados, dejemos que el Rey reine sobre nuestras voluntades individuales libres. En todos y cada uno de los hijos de Dios existe el llamamiento a ser como Cristo en compañerismo amoroso y en sumisión a Dios, y a convertirse en "vencedor," para participar en el Gobierno de Dios sobre la tierra.

Durante siglos satanás ha estado trabajando como ángel de luz para engañar a la Iglesia de Jesucristo. El engaño es su mayor arma, porque por medio del engaño nos mantiene en su ciudad espiritual de Babilonia, aunque seamos creyentes llenos del Espíritu que "ganamos almas" para nuestras iglesias.

Babilonia representa el gobierno de satanás y es el nombre que Dios da en Apocalipsis para describir el reino de satanás sobre todo el sistema mundial, inclusive el sistema de las iglesias. El Espíritu Santo nos llama a salir de Babilonia y a entrar en la Nueva Jerusalén. Este es el motivo para el gran "revolcón" en el Cuerpo de Cristo y la incapacidad en millones de nosotros para continuar con la "iglesia de costumbre." Hay un gran sacudi­miento que tiene lugar una vez más a medida que Dios sacude la tierra. Y todo lo que hemos construido se quitará y se reducirá a escombros, hasta cuando lo único que permanezca sea el Reino de Dios.
Jesús enseñó que los terremotos, guerras, rumores de guerras, pestes, hambres, no son señales del fin, en cambio:

"...será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mat. 24:14).

El evangelio del Reino sólo se está comenzando a entender en la segunda mitad del siglo 20. Aún estamos a un largo camino de ver que lo que Jesús llamó "este evangelio del reino" se predique para testimonio "en todo el mundo." Casi todos los predicadores entienden muy poco de esto; por esto vemos a algunos de ellos con sus mentes sin renovar que discuten y pelean sobre su comprensión carnal del Reino de Dios.

Sin embargo, se oye "venir un estruendo por las copas de las balsame­ras" (1 Cró. 14:15). El Espíritu Santo está sacando de los sistemas eclesiales a millones de cristianos y en todas partes se levanta callada y misteriosamente una Iglesia gloriosa. Cantidades innumerables de pequeños grupos de cristianos que indudablemente son guiados por el Espíritu de Dios se reúnen sin necesidad de edificios, templos, bancas, declaraciones de fe, ministros profesionales, coros, compañías de danza, servicios fijos, equipos de sonido, ni comités de todas las cosas que son tan necesarias para perpetuar las iglesias en Babilonia. En lugar de las prácticas de la "religión cristiana," una vez más el Señor nos enseña a entender EL CAMINO DE ESTA VIDA.

La Iglesia del Reino, la Iglesia que Jesús construye, es UNA IGLESIA, UNA CON EL SEÑOR Y ÚNICA EN CADA UNO. No guarda ninguna semejanza ni tiene ningún parecido con las iglesias, estructuras y organizacio­nes que los seres humanos hemos construido en todos los siglos pasados.

La Iglesia del Reino es la Iglesia de los Vencedores.

Generalmente fracasamos en ser vencedores porque de manera muy sutil nos han engañado al hacernos pensar que la base para pertenecer a una iglesia se encuentra en estar de acuerdo sobre las doctrinas. Esta es justamente una de las más exitosas mentiras de satanás. Debemos detener su perpetuación si la rehusamos y decidimos no volverla a aceptar más.
La Iglesia de Jesucristo existe porque es una familia con un mismo Padre. Existe de la misma manera que lo hace una familia natural, no porque todos sus miembros estén de acuerdo entre sí, sino porque tienen un mismo padre. El único criterio para ser miembro de la Iglesia de Jesucristo es ser uno de los hijos de Dios. Si Dios es nuestro Padre, entonces somos miembros de su Iglesia.

Todos estamos de acuerdo en que Jesucristo es Señor y creemos en Él, pero creer EN Él no es suficiente. DEBEMOS CREERLE A ÉL. Debemos creer TODO CUANTO DIJO Y OBEDECERLE A ÉL. Antes que podamos entrar a la Nueva Jerusalén debemos regresar a esa simplicidad infantil que afirma: "SI JESUS LO DIJO, ENTONCES NO HAY DISCUSION Y PUNTO." Sólo entonces podremos ser libres de las redes de las diversas doctrinas y tradiciones que nos mantienen en Babilonia y comenzar nuestro viaje a la Ciudad cuyo arquitecto, constructor y hacedor es Dios.

La Iglesia primitiva estaba formada por personas a quienes se había enseñado LA PALABRA DE CRISTO, es decir, todo cuanto Jesús dijo a sus discípulos que enseñaran.

Debemos enfrentar la realidad que Jesús nunca ha cambiado sus instrucciones. La vía que tenemos por delante es arrepentirnos de nuestros antiguos conceptos, doctrinas, tradiciones, y prácticas, si son contrarios a las palabras del Rey y, de una vez por todas, DAR A JESUCRISTO EL PRIMER LUGAR EN TODO.

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