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CARNE Y VINO NUEVO


El cristiano carnal presenta dos actitudes emocionales ante el vino nuevo:

O cerrazón obstinada a todo lo que supone atenta contra su sistema de creencias “perfectas” para no tener que considerarlo. O entusiasmo desmedido y aceptación inmediata de quién o qué apriorísticamente le gusta  y cree ajustado bíblicamente. Abandona rápidamente sus viejos postulados, solo porque quien se los presenta argumenta unos cuantos versículos bíblicos, sin querer tomarse el tiempo para considerarlo a fondo frente a toda la Escritura. Al cristiano carnal nunca le gusta esperar y considerar.

Con la primera de las actitudes conserva el odre viejo, pero al desechar el buen vino nuevo se cierra al crecimiento, pues al que cree que todo lo sabe nadie le puede enseñar. Prefiere arriesgarse a vivir en el error, con tal de no tener que reconocer que ha estado equivocado. Así resiste al Espíritu Santo. Con la segunda se abre a espíritus extraños, embarcándose en aventuras doctrinales erráticas o en grupos equivocados, de los que luego tendrá que mal desembarcar, y esto si puede. Vive en la esclavitud del doble ánimo emocional de me gusta o no me gusta y no por la voluntad o gusto de Dios.


El creyente espiritual por el contrario tiene una actitud abierta, pero no emocional, ante todo lo que el Señor quiera mostrarle, pues su corazón ha sido ensanchado a través de sus muchas angustias. Él lo escudriña todo para poder retener lo bueno. Está dispuesto a esperar cuanto sea necesario, antes de quitar o añadir algo a su “canon” personal, sin considerarlo previamente afondo y contar ciertamente con la aprobación o rechazo del Señor. El espiritual no es movido fácilmente por todo viento de doctrina, pero está abierto a la voluntad de Dios, prefiriendo la verdad cueste lo que cueste. 

Gracia y paz en nuestro precioso Señor Jesucristo.

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